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En la Fontana

A reconstruir la centroizquierda

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columna

COLUMNA: La DC ayer y hoy: “Cuando se pacta con la derecha, es la derecha la que gana” (Radomiro Tomic)

mayo 22, 2019 by Admin Istrador 2 comentarios

Cuando niño, mi padre me llevaba a concentraciones de la Falange Nacional, actividades que tenían lugar en teatros con olor a orines y a humedad. Los líderes y oradores de La Falange correspondían a tres personalidades muy disímiles. Eduardo Frei Montalva, muy inteligente, preparado, gran lector y escritor, que planteada, cada vez, temas novedosos; aún recuerdo de sus discursos de sobre la importancia de la petro química en la economía nacional.

Por Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

Radomiro Tomic, el segundo en la lista de los que comandaban este pequeño Partido, era una especie de profeta desarmado y que siempre hablaba en tercera persona: sus discursos comenzaban con frases inaudibles e iban subiendo de tono cuando citaba una oración impactante del evangelio de San Juan, y su discurso terminaba con una conclusión clara y categórica; en el “Congreso de los peluqueros” Tomic triunfó con la propuesta de alianza con los conservadores, que llevaban como candidato al progresista médico, Eduardo Cruz-Coke, enfrentándose a Bernardo Leighton, Eduardo Frei y Rafael Agustín Gumucio, que eran partidarios de apoyar a Gabriel González Videla.

Bernardo Leighton, el tercero, personaje político de alto calibre intelectual y moral, un cristiano integral, que siempre fue el hijo político predilecto de mi abuelo, Rafael Luis Gumucio, (padre intelectual de La Falange). Este político estuvo siempre muy cercano a la izquierda, (según Bosco Parra, otro profeta de La Falange, Leighton planteó, en el primer Congreso la idea de una democracia proletaria.

Los niños, en general, son siempre conservadores, (yo, como nieto predilecto de mi abuelo Gumucio, era partidario del Dr. Cruz-Coke, contrariando la posición de mi padre, por seguir la idea de mi abuelo).

En La Falange siempre hubo dos grandes tendencias: el vanguardismo, expresión mesiánica del camino propio, seguido por la juventud, y la alianza – especialmente con los radicales – cuyos líderes eran Frei Montalva, Leighton y otros fundadores de La Falange.

Estas dos tendencias persistirán en toda la historia de La Falange y, posteriormente, en la Democracia Cristiana. Cuando este último Partido se convirtió en la fuerza política hegemónica, a raíz del apoteósico triunfo de Eduardo Frei Montalva, en las elecciones presidenciales de 1964, la Democracia Cristiana demostró su incapacidad política para formar alianza, tanto con la izquierda como con la derecha: difícilmente, un partido único puede sostenerse en una democracia pluralista; en el caso de la Democracia Cristina, el debate se trasladó al interior del Partido lo que ocasionó la división entre rebeldes, terceristas y oficialistas; unos privilegiaban la alianza con la izquierda y otros, el camino propio muy proclives a la derecha.

Se veía claro, que en 1970, el candidato de la Democracia Cristiana sería Radomiro Tomic, que pretendía superar los tres tercios sobre la base de la unión social y política del pueblo, es decir, una candidatura DC aliada con la izquierda. Luis Corbalán, un político muy atinado, esta vez lanzó la torpe frase “con Tomic, ni a misa”.

En lo sucesivo, la Democracia Cristiana estaba condenada a dividirse como las amebas: primero surgió el MAPU, (1969), lo cual le significó la sangría de algunos de sus líderes históricos y de la juventud; después, (1971), se fundó la Izquierda Cristiana, que le costó a la DC la renuncia a sus filas de nueve diputados.

En 1973 nuevamente los democratacristianos estuvieron divididos: los líderes Frei y Aylwin apoyando el golpe militar, y los dirigentes DC, dirigidos por Leighton, defendían consecuentemente la democracia.

Hasta 1973 los partidarios al camino propio no se atrevían a decir claramente que querían aliarse con la derecha, (la frase que encabeza este artículo pesada muy fuerte dentro de los democratacristianos), por consiguiente, el amor por la derecha había que disimularlo con candidaturas, como la de Edmundo Pérez Zucovic o de otro líder, seguidor de Frei Montalva.

La dictadura fue una pésima experiencia para las ambiciones de la Democracia Cristiana: los militares no pensaron jamás en entregarle el poder a los democratacristianos, y a los DC no les quedó otro camino que aceptar la alianza con la izquierda. Al comienzo, con los socialistas de Carlos Briones y, finalmente – con remilgos – con los demás partidos políticos de izquierda.

A la vuelta a la democracia estaba claro que la Democracia Cristiana debería encabezar el gobierno de la transición, (primero con Patricio Aylwin y, luego, con Eduardo Frei Ruiz-Tagle). Al interior del Partido, aunque privilegiaban el eje con los socialistas, quienes hegemonizaban la dirección de los DC eran los derechistas.

Edgardo Boeninger, como el principal consejero del gobierno de Aylwin, impuso la postergación de la recuperación de las empresas estatales regaladas por Pinochet a sus más cercanos, entre familiares y amigos, pretextando que la tarea central en este período era asegurar la democracia comprando a los militares, además de mantener contentos a los empresarios, en su mayoría pinochetistas.

El segundo Presidente de la Democracia Cristiana, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, era (lo es aún) un neoliberal de tomo lomo: con los socialistas ya domesticados, no había piedras en el camino para disimular el amor por la derecha.

Ideas como la redención del proletariado, la unión social y política del pueblo, el socialismo comunitario…carecían de sentido en una política dominada por el neoliberalismo, el individualismo y el total divorcio con la ética; en estado de cosas, a la Democracia Cristiana sólo lo cabía tomar el camino del “partido escoba”, es decir, conquistar apoyo a donde fuera, sin importar las convicciones.

Los partidos políticos se habían convertido en una especie de mafias y feudos en que, (como en la época de la república plutocrática, 1891-1925), se repartían el poder, y a la Democracia Cristiana le correspondía la mayor parte de la torta: casi siempre, los ministros del Interior y las jefaturas de las principales empresas del Estado.

El dinero tiene una enorme capacidad para corromper, especialmente a los dirigentes de clase media, y una vez convertidos en nuevos ricos los líderes de la Democracia Cristiana no tenían necesidad de visitar a los militantes modestos, salvo cada cuatro años, para la campaña de la reelección que, por lo d4emàs, estaba asegurada por el binominal.

Para la Democracia Cristiana la renuncia de Soledad Alvear a la candidatura en favor de Michelle Bachelet le fue fatal, pues aunque conservaban algunas posiciones de poder, el viejo debate y el camino propio y las alianzas reapareció con mes fuerza, esta vez el camino propio encarnado por el fallecido Adolfo Zaldívar, (expulsado del Partido al negarse a votar a favor del financiamiento del Transantiago, un pretexto banal, pues, en el fondo, la hegemonía de los “colorines” hubiera llevado al Partido a quebrar con la Concertación).

En el segundo gobierno de Michelle Bachelet la Democracia Cristiana se sentía prácticamente excluida; aun, salvo el caso de Peñailillo cuando los ministros del Interior pertenecieran a ese Partido. Con Jorge Burgos se inició la regresión reaccionaria dentro del gobierno de la nueva mayoría (Ignacio Walker, por ejemplo, declaraba sin tapujos que no había leído el programa de gobierno; Gutenberg Martínez expresaba que no votaría por Bachelet 2).

En las últimas elecciones presidenciales los seguidores del camino propio – versión “Partido escoba” – se pudieron dar el lujo de quebrar la Nueva Mayoría y llevar su candidata propia, con el agravante de presentarse solos en las listas parlamentarias; Carolina Goic sólo obtuvo el 5% de los votos y, además, en las parlamentarias perdieron los principales líderes del Partido.

La autocrítica es impensable en personas y conglomerados dominados por la autocomplacencia y la soberbia; la Democracia Cristiana no habría perdido, ni tampoco el camino propio la habría conducido, prácticamente, a la agonía, sino que la culpa de su derrota era achacable a su alianza con los comunistas, como si este Partido fuera portador de la peste.

La Democracia Cristiana, aunque en fase terminal, aún no se decide a morir: en la última Junta Nacional se ha elegido al ex “colorín” Faud Chaín, y los partidarios del camino propio insisten en que nunca más formarán gobierno con los comunistas, y sólo se limitarán a establecer alianzas administrativas con la izquierda. Con estas condiciones, una oposición mayoritaria en el Congreso no tiene ninguna viabilidad: por un lado, el Frente Amplio muy dividido, por otro, comunista, socialistas y PPD, cada uno para su santo, y por último, la Democracia Cristiana, cada vez más tentada de hacer alianzas con el gobierno, especialmente en proyectos que afectan a los ciudadanos, sobre todo, el de Pensiones, que consolidar el robo de las AFPs.

En la Democracia Cristiana sólo se salvan parlamentarios como Francisco Huenchumilla y Yasna Provoste, que mantienen posiciones progresistas, el resto haría un bien ocupando cargos en el gobierno de Sebastián Piñera, (lo hace, y con mucho éxito, “Eduardito” Frei Ruiz-Tagle), y al fin y al cabo, Piñera es hijo de un falangista y no es mes momio que los directivos CIEPLAN, Soledad Alvear, Mariana Alywin y Eduardo Aninat.

La Democracia Cristiana debiera convertirse en algo similar a la de sus congéneres ecuatorianos, venezolanos, salvadoreños y hondureños, es decir, estar siempre ubicada en la derecha cristiana.

Publicado en: Columnas, Notas Etiquetado como: columna

Gaza otra vez

mayo 10, 2019 by Admin Istrador Deja un comentario

«Palestina requiere de una solución que pasa porque se ‘imponga’ el derecho internacional, es decir, se acaten las resoluciones emanadas desde el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y se acepten las convenciones de Ginebra y los derechos humanos», dice Abedrapo.
Por Jaime Abedrapo
Dr. en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales.
Académico de la Universidad San Sebastián.

“Hamas tiene la responsabilidad no solo de sus ataques y acciones, sino también de las acciones de la Yihad Islámica, y está pagando un precio muy alto por ello”, dijo el Primer Ministro israelí Beniamín Netanyahu. Con esas palabras vertidas ante los medios de comunicación se da a conocer públicamente, y descaradamente, que se desarrollará una acción militar.

Por su parte, la comunidad internacional, quien sabe por múltiples experiencias anteriores, que se ha dado autorización para matar Gazatíes, o palestinos en general, no hará nada por impedirlo. ¿Cuándo habrá sido el momento en que los palestinos perdieron su condición de persona humana?, ¿se habrá firmado algún tratado Erga Omnes (normas reconocidas por todos) a espaldas de la opinión pública mundial?, ya que de otro modo no se comprende, ni justifica el silencio del mundo ante una acción anunciada por Israel absolutamente ilegal e inaceptable desde la perspectiva del derecho internacional de los derechos humanos.

Ciertamente estos temas en la era Trump son irrelevantes. Lo hemos visto en Siria, Yemen y Palestina, sólo por mencionar algunos ejemplos. Sabemos hasta el momento que a la Casa Blanca sólo le interesan los derechos humanos de los venezolanos, al igual que otros gobiernos, aunque en ese sufrimiento tampoco hay avances porque el Presidente Putin lo mantiene en jaque.

Más allá de la dupla Trump – Netanyahu, los demás Mandatarios no son menos responsables ya que guardan silencio. Sabemos que esperarán que la furia de Israel se vierta sobre Franja de Gaza, para que después de la agresión de una población que vive bajo ocupación y, sobre todo, de la circulación de videos que movilicen la vergüenza ante la actitud servil del silencio, posiblemente algunos presidentes señalarán que Israel usó desproporcionadamente la fuerza.

Ese es el guion de siempre y nada permite prever en esta ocasión algo diferente. No habrá investigación de la Corte Penal Internacional, tampoco sanciones, e incluso los militares que participen de esta operación serán ascendidos en Israel. Esto es lo que sucede una y otra vez.

En consecuencia, de manera tácita se acepta o se le concede la “legítima defensa” a Israel fuera del marco jurídico, ya la realidad es que Tel Aviv es la potencia que mantiene la ocupación a través de distintos mecanismos, desde el constante y asfixiante bloqueo sobre las personas que habitan Franja de Gaza, hasta los sistemáticos castigos colectivos que ejerce sobre una población de dos millones de habitantes que no cuenta con un ejército regular y cuya población en más de un 80% ha llegado allí desplazada desde otros lugares.

Esta columna, Gaza Otra Vez, recuerda que estás acciones israelíes no son una reacción legal al lanzamiento de unos cohetes sobre su territorio, ya que nada justifica el bombardeo al cual hoy se somete a una población civil. Palestina requiere de una solución que pasa porque se “imponga” el derecho internacional, es decir, se acaten las resoluciones emanadas desde el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y se acepten las convenciones de Ginebra y los derechos humanos. Sabemos que ello no se respeta en Palestina, pero parece que cada vez importa menos a la nueva generación de mandatarios más asiduos a las encuestas que a las convicciones.

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¿Cuándo se jodió Chile?

abril 22, 2019 by Admin Istrador Deja un comentario

 

 

 

 

Por Daniel Matamala

Medio siglo cumple este año la novela de Mario Vargas Llosa “Conversación en la Catedral”, y con ella, su célebre pregunta: “¿En qué momento se había jodido el Perú?” Una frase que estos días se repite: preso Fujimori, prófugo Toledo, procesado Humala, arrestado Kuczynski, muerto Alan García, todos los presidentes democráticamente electos de Perú están manchados por la corrupción.

El contraste, argumentan políticos y líderes de opinión en Chile, es claro: no hay evidencia de que el pulpo de Odebrecht haya extendido sus tentáculos corruptos hasta acá.

Eso habla bien de nuestro país, por cierto. Pero ese análisis autocomplaciente se queda corto. Porque hay solo algo más preocupante que tener a muchos políticos presos: no tener a ninguno.

Lo primero es señal de corrupción, pero también de instituciones judiciales que pueden perseguirla. Lo segundo, excepto que creamos tener la clase política más honesta del planeta, nos dice que el poder compra impunidad.

En Chile tuvimos nuestro propio Odebrecht. Aquí se llamó Penta-SQM y fue blanqueado bajo un eufemismo. “El financiamiento irregular de la política no es corrupción”, dictaminó el lobista en jefe Enrique Correa. El Tribunal Supremo de la UDI resolvió que “no le cabe formular reproches a sus dirigentes o militantes que, para financiar la actividad política, se limitaron a actuar de esa forma que, hasta ahora, fue práctica generalizada, conocida y aceptada”.

Esa muy chilena distinción entre corruptos que se compran un auto último modelo con su botín, versus políticos honestos que apenas se pagan las campañas con esa misma plata sucia, es ridícula. Ganar una elección senatorial supone asegurar, solo en dietas, $897.585.696 para el bolsillo del beneficiado, sin contar millones de dólares en supuestas “asesorías”, y un poder que vale muchísimo para quien lo quiera poner en subasta, como ocurrió en la ley de pesca.

Eso, además de la podredumbre que supone violar las leyes electorales para ganar una elección con trampa, siendo cómplice en un delito de poderes económicos sobre los cuales se legislará.

La diferencia con Perú no es ese sofismo. Es que, cuando se abrió la caja de pandora, la clase política chilena actuó como un solo cuerpo para sabotear la investigación.

No se trata de un asunto moral, sino de equilibrios de poder. Por supuesto que los políticos peruanos también intentaron quedar impunes, pero no lo lograron. ¿Por qué? Perú no tiene partidos políticos estables y la rotación es constante: gobernadores y alcaldes no pueden reelegirse, y tampoco podrán desde la próxima elección los parlamentarios, cuyas tasas de reelección ya eran bajísimas (no más del 25%).

No existe, por lo tanto, una clase política homogénea, permanente y cohesionada. Los presidentes dejan el poder sin redes de protección. Esto provoca muchos problemas, por cierto, pero también dificulta la defensa corporativa.

Chile, con una elite uniforme, estable y de fuertes lazos personales, es otra historia. Cuando compañeros de colegio y de iglesia, primos y cuñados, correligionarios y amigos, copan puestos de poder, y cuando izquierda y derecha comparten lobistas, abogados y asesores comunicacionales, la coordinación es mucho más efectiva.

Izquierda y derecha, unidas, jamás serán perseguidas.

Otro factor es la sociedad civil. La tarde del 31 de diciembre pasado, el Fiscal Nacional de Perú destituyó a los persecutores Pérez y Vela, a cargo del caso Odebrecht. Entonces, los peruanos se olvidaron del cotillón y los fuegos artificiales, y esa noche de Año Nuevo se volcaron a las calles a protestar.

El Presidente Martín Vizcarra regresó de emergencia de una visita a Brasil, antes de 48 horas el Fiscal Nacional debió renunciar, y Pérez y Vela volvieron fortalecidos al caso. Desde entonces, han pedido los arrestos de Pedro Pablo Kuczynski, Keiko Fujimori y, esta semana, Alan García. Sin esa reacción popular, probablemente la policía jamás hubiera llegado a golpear la puerta del expresidente.

En Chile, sacar a fiscales cuando sus indagaciones apuntan demasiado alto ya es parte del paisaje. ¿Reacción social? A lo más, algunos tuits indignados. Nuestra sociedad civil es un perro que ladra pero no muerde.

La clase política chilena tiene un prontuario más limpio que el de algunos vecinos, y es justo destacarlo. Pero las alertas son públicas y evidentes. Tal vez, en algún momento del futuro, alguien se haga la pregunta de cuándo se jodió Chile. Y la respuesta sea que fue en la segunda década del siglo 21, cuando dejamos que los corruptos se salieran con la suya.

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Integración y democracia en Suramérica

abril 18, 2019 by Admin Istrador Deja un comentario

 

 

 

 

Por Henry Saldivar

La globalización – el principal proceso de mundialización – no se ha detenido a pesar de las guerras o los sabotajes, los conflictos o desacuerdos entre los Estados, e incluso por la falta de consenso en la OMC. La llamada pequeña burguesía, domiciliada en los territorios digitales, ha hecho suya la bandera del libre comercio, a través de millones de transacciones al año que desafían el comercio mundial institucional. Al contrario, los Estados restringen el comercio con terceros cuando se incorporan a bloques comerciales, que se han extendido a la mayor parte de las economías.

Sin embargo, las grandes potencias se reservan el derecho de cambiar incluso los acuerdos de esos mismos bloques, como lo ha hecho recientemente EEUU con el NAFTA.

Los grandes Estados siguen marcando las reglas de un nuevo mundo donde algunos se han reinventado como Estados matones. Con ello se ha demostrado que no sólo es importante el comercio, sino también la seguridad de las medianas y pequeñas soberanías y sus entornos.

Nuestra América Latina ya no es lo que creíamos que era. Las realidades políticas se han apegado al libreto de la geografía y han abandonado la narrativa común con que nos ha provisto su vasta literatura. Se han impuesto alianzas comerciales que se corresponden con América del Norte, Centro América o el Caribe, salvo en América del Sur donde no se han resuelto aún sus desafíos de integración.

Con el cambio de milenio, un primer intento provino de presidentes socialdemócratas como Cardoso y Lagos, que propugnaron una comunidad de países democráticos de América del Sur, buscando la integración física y de infraestructura que pudiesen acrecentar los intercambios de sus habitantes, especialmente de los del interior y en dirección Asia-Pacífico.

Un segundo intento vino desde la izquierda populista de Chávez, apoyado por Lula y Kirchner, que llevó al conglomerado a denominarse Unasur, émulo de la Unión Europea, aunque sin sus atributos.

Sus ambiciosos propósitos combinados con una alta carga ideológica nunca encontraron consenso en la naciente comunidad. El enfrentamiento entre Colombia y Venezuela, los últimos países gestores de la organización, terminaron por dinamitar la grandilocuencia bolivariana sobre la integración.

El Gobierno pasado careció de una política clara frente al organismo. Esa misma ambivalencia llevó al ex Canciller Heraldo Muñoz a proponer una alianza entre Mercosur y la Alianza del Pacífico, que carecía de realismo político y económico.

Un tercer intento ha surgido a partir de la derecha. Chile y Colombia han convocado a ochos países a una nueva refundación, donde la presencia de Brasil y Argentina ha sido decisiva.

El Foro para el Progreso de América del Sur (Prosur) se ha presentado como un organismo internacional, que busca favorecer la integración suramericana en reemplazo de Unasur: una derecha dispuesta a tratar con pragmatismo los intereses comunes en Suramérica.

Todo esto es posible por la amplia y profunda derrota que han sufrido las izquierdas en América del Sur. Tanto las populistas como las democráticas. Muy atrás ha quedado la discusión sobre el probable mundo pos liberal, anunciado por algunos hace cinco años.

Al contrario se ha reafirmado formas no democráticas del ejercicio de gobierno. Las dictaduras de izquierda que aún sobreviven – Venezuela y Cuba -, las democracias populistas de derecha como EEUU y Brasil, o de izquierda como Nicaragua y Bolivia, son parte de estas formas revenidas de ejercer el poder público.

La izquierda latinoamericana siempre fue partidaria de otorgar a los pueblos formas más humanas de convivencia y ejercicios más ilustrados de sus gobiernos. Esto debiera corresponderse con una valoración profunda de la democracia como un espacio de todos, superior incluso a las ideologías de derecha e izquierda.

Esta misma idea es la que debiese animar la construcción nunca acabada de un espacio común suramericano.

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Las leyes de Murphy o como las cosas son

abril 17, 2019 by Admin Istrador Deja un comentario

-La famosa ley de Murphy es un enunciado basado en un principio empírico que trata de explicar hechos acontecidos en todo tipo de ámbitos.​ A grandes rasgos, se basa en el adagio siguiente: «Si algo malo puede pasar, pasará».​ Acá una aplicación a la realidad política de Chile y la DC.

 

 

 

 

Por Don Délano

1. Si algo puede salir mal, saldrá mal

Que esperaba usted después de un año de nada de nada, de intentonas a medio morir saltando, de egos desatados, de niños revolucionarios que creen que la historia comienza con ellos y de partidos que buscan identidad a costa de separarse de con quienes han caminado por mas de 30 años. Salió mal y muy mal. No había otra posibilidad. Porque, a decir verdad, las cosas ya venían bastante podridas y jodidas.

2. La tostada siempre cae en el lado de la mantequilla

Las cosas son lo que son y caen donde tienen que caer. Así debería ser siempre, pero pretender un día ser oposición y al otro día querer actuar con independencia de lo que uno es y ha sido, apareciendo como paladín de los acuerdos y consensos puede hacer pensar al resto que uno finalmente “no es chicha ni limoná”.

3. La información más importante de cualquier mapa está en el doblez o en el borde

Esto de la letra chica viene como anillo al dedo. No importa tanto los lenguajes rimbombantes ni las laminas de PPT que nos muestren. Donde tenemos que colocar la atención es en aquellos pequeños detalles que están fuera del mapa o del espacio que vemos y que determinan y pesan en la realidad, más si uno se mueve por el borde izquierdo y derecho al mismo tiempo e intenta que a lo menos uno de los dos lados no sea visible para quienes buscan establecer la ruta del recorrido o la cartografía existente.

4. Los pares de calcetines siempre van de dos en dos antes de entrar a la lavadora y de uno en uno al salir de ella.

A veces, uno cree que tiene todo bajo control, los mecanismos autoritarios tienden a esa lógica de acción. Mira el espacio y cree ser capaz de observar todos y cada uno de los actores y fuerzas que actúan, pero la verdad no siempre es así. O, mejor dicho, la gran mayoría de las veces no es así. Y entonces, emulando a ese gran pensador de la policía uniformada, “el choclo se empieza a desgranar”. No todos los diputados están en esta, los senadores juegan a no hacer caso, la reforma de estatutos se cae y aunque en el espacio de formalidad de poder se instala la lógica del triunfo, este queda a media tinta, un poco ensombrecido, cuestionado.

5. No importa cuántas veces se demuestre una mentira, siempre quedará un porcentaje de personas que creerá que es verdad

Verdad inmutable desde que el tiempo es tiempo. Más aun todavía en tiempos de post verdad y tanta palabra en inglés que busca describir estos días que nos consumen las redes sociales. La verdad no es, solo depende de quien la diga, de como la comunique y de donde la comunique. Y eso es lo que ha ocurrido, se instala una sola verdad, una sola dimensión de las cosas, sin permitir que las otras verdades afloren y movilicen reflexión y crítica. Y así nadie puede.

Que alguien le diga por favor que las leyes de Murphi si funcionan.

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Democracia Cristiana, Humanismo y Participación

abril 15, 2019 by Admin Istrador Deja un comentario

Parece que finalmente se está implementando el VI Congreso del PDC. Esperemos que esta vez sea la definitiva de varios intentos fallidos desde agosto de 2013 y tengamos efectivamente un Congreso partidario participativo desde las bases y las comunas y no desde ciertos círculos pequeños y cerrados.

Por Leonel Sánchez Jorquera

Una de las preguntas que debe responder este VI Congreso del PDC es ¿cuál es el relato o la impronta que define a un partido político de inspiración cristiana para el siglo XXI? Algo se ha esbozado en torno a centrarse en la persona humana, como una definición filosófica que muchos humanistas cristianos compartimos, pero que tiene una serie de consecuencias que debemos asumir.

Pero, como instrumento de transformación social, ¿cuál es la esencia del proyecto político que presenta un partido humanista cristiano? Permítanme esbozar un concepto, la Participación.

En efecto, la Democracia Cristiana chilena se tiene que transformar en el partido de la participación del Chile del siglo XXI, partiendo precisamente de su definición de centrarse en la persona humana.

La participación recoge la tradición del devenir político del PDC durante todo el siglo XX, desde la época de la Falange Nacional. Fue lo que inspiró su programa de gobierno en la década de los 60 con políticas de promoción popular, reforma agraria (que no era solo un tema de economía) o recuperación de nuestros recursos naturales.

También fue lo que motivó a que miles de jóvenes entráramos a militar en la DC de los 80 para recuperar la democracia y nos movilizáramos junto con otros y otras en ese proceso.

Pero entrando en una mirada de futuro, es precisamente la participación lo que transciende en diversas políticas públicas o transformaciones que debemos implementar, como en regionalización, en temas de equidad de género, en reformas laborales y previsionales, en inclusión, en respeto a los pueblos originarios, en incorporación de emprendimientos al desarrollo nacional, en recuperar nuestros recursos naturales, solo por mencionar algunas temáticas. En todas y cada una, la clave que las une es la participación.

Es así, que entendemos la participación no tan solo como un ejercicio de derechos en un sistema democrático, relacionado con la participación ciudadana, también como ser parte de la vida activa de cada persona que en forma integral se relaciona con la sociedad toda, a partir de sus intereses, sueños y anhelos, donde la participación comunitaria se transforma en un paradigma que incorpora a la persona humana en el desarrollo del bien común.

Pero en todas las áreas de trabajo que debe abordar el VI Congreso partidario hay una que es fundamental y que dice relación con la construcción y definición de una Nueva Constitución Política. La necesidad de un nuevo estatuto constitucional es un tema que se tiene que debatir a partir, no solo de la ilegitimidad de origen de la actual constitución, sino que a partir de la necesidad de contar con un moderno cuerpo constitucional que recoja la doctrina de los derechos humanos en sus tres generaciones.

Pero ¿cómo canalizar un debate de un proceso constituyente profundo y amplio? Es ahí el principal aporte de una Democracia Cristiana comprometida con la participación, encauzando y promoviendo un proceso de Asamblea Constituyente o similar, que debata y defina una Nueva Constitución.

La necesidad de un proceso constituyente participativo no es sólo un problema de método, es también una necesidad de construcción legítima de la casa de todos y todas.

En el VI Congreso Nacional tenemos que transformar al PDC en el partido de la participación, con la paradoja que solo se puede hacer desde la misma participación.

Si la Democracia Cristiana se centra en la persona humana, entonces debemos reconocer a la persona humana en forma integral, incluyendo su capacidad creadora, libre y participativa en cuanto sujeto movilizador del devenir histórico, de su propio destino y conciente de ser un actor social.

(Columna en homenaje a Fabiola Alejandra Yanquez (QEPD), mujer luchadora de causas nobles).

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