• Saltar al contenido principal
  • Skip to secondary navigation

En la Fontana

A reconstruir la centroizquierda

  • Noticias
  • Política
    • Congreso
    • Ejecutivo
    • Municipio
    • Otros
  • Entrevistas
  • Opinión
    • Editorial
    • Columnas
  • Clipping Noticioso
  • Archivos con Historia
  • En La Fontana TV
  • Quienes Somos
  • Noticias
  • Política
    • Congreso
    • Ejecutivo
    • Municipio
    • Otros
  • Entrevistas
  • Opinión
    • Editorial
    • Columnas
  • Clipping Noticioso
  • Archivos con Historia
  • En La Fontana TV
  • Quienes Somos

Columnista

Rechazar el rechazo

febrero 19, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

“Rechazar para reformar” dice el slogan oficialista que se opone a una nueva Constitución. Una tesis que, a simple vista, parece ser atractiva, pero que en el fondo carece de veracidad y contenido.

Por Joaquín Orellana

Subsecretario nacional de la JDC

Este 26 de abril, nos someteremos a un plebiscito ciudadano que podrá dislocar la dependencia de la trayectoria de nuestra República. Por primera vez en nuestra historia, la ciudadanía podrá escoger si aprueba o rechaza una nueva Constitución para Chile.

Los sectores políticos y sociales que llaman a votar por la opción “Rechazo”, no solo están imbuidos de una determinada ideología que tributa la Constitución heredera de la dictadura, sino también esgrimen un tipo de discurso que va de la mano con al menos dos elementos que en política tienden a ser claves, sobretodo en los tiempos de apogeo de los nacional-populismos, a saber, el miedo y la decisión racional del “no hacer”.

El miedo en ciencia política es un recurso que ha sido minuciosamente analizado, desde la lectura de Maquiavelo, pasando por Carl Schmitt y Michel Foucault, hasta Martha Nussbaum, por ejemplo.

Este sentimiento es un recurso antiguo que puede verse amañado a distintas conductas y se estriba en la necesidad del soberano de someter a control a un determinado grupo de personas, para que estos terminen subyugados a la voluntad de quien gobierna.

De este modo, el miedo se vincula directamente con el poder. ¿Historia conocida? Claro que sí. Donald Trump, Jair Bolsonaro, Marine Le Pen, Matteo Salvini, Boris Johnson, entre otros.

En segundo lugar, la fisonomía del “Rechazo” está fundada en dotar de incertidumbre a la población, sin embargo, el discurso sería estéril sin respaldo en el terreno de la toma de decisiones.

La Moneda deliberadamente ha decidido no hacer, la agenda social no avanza y las iniciativas de carácter presidencial parecen no ser exhaustivas en la línea de canalizar el estallido social del pasado 18 de octubre. No solo tranquilos con eso, se ha decidido no actuar respecto al orden público y seguridad.

Así, el ejecutivo entiende que, al tensionar la violencia, el “Rechazo” suma preferencias.

El oficialismo tendrá que lidiar con que la negativa a la nueva Constitución carece de profundidad, al constituirse como el sector político que está a las antípodas de ser reformista. La historia no se repite, pero rima y el “Rechazo para Reformar” es de los mismos creadores de “Los Tiempos Mejores” y del “Chilezuela”.

El 26 de abril la opción “Apruebo” tendrá que imponerse con el objetivo de construir entre todos y todas, la casa de todos.

Rechazar el rechazo es una oportunidad para dar un salto adelante, ejercitar la musculatura de una mejor democracia y de un Estado que garantice una plataforma que derribe las desigualdades de un Chile que carece de dignidad.

Publicado en: Columnas, Politica Etiquetado como: columna, Columnista, JDC, Joaquín Orellana, Juventud Demócrata Cristiana

¿Cómo salimos de la actual crisis política?

febrero 19, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Jaime Abedrapo

Director Escuela de Gobierno de la USS

Primeramente, hay que comprender las causas que nos han llevado al estallido de violencia. Sin ello no hay comprensión del fenómeno y las respuestas serán más bien mediáticas y de corto plazo. Hay quienes se han empantanado en qué es primero: el orden público o el pacto social que permita salir de la crisis. Recuerdan aquel dilema de qué es primero, ¿el huevo o la gallina? Comprender lo que nos ha sucedido como pueblo es necesario para renovar la confianza en las instituciones de la República. Al respecto, la estrategia de desarrollo actual recogida desde la gobernanza mundial ha permitido la concentración de capital producto del sistema financiero y comercial, el cual fue instaurado voluntariamente por las élites políticas y empresariales del país, por lo que en el trasfondo de la violencia política y social estaría la percepción de injusticia que conlleva las fuerzas de la globalización.

Hace que las personas estén supeditadas a las necesidades del capital financiero.

Las respuestas del paradigma moderno (racional) no satisfacen a muchos actores sociales.

Parecieran caer en el vacío los contrargumentos tales como que el sistema ha sido beneficioso porque ha conseguido ‘objetivamente’ mejorar la calidad de vida de todos, ya que el país se ha capitalizado, la pobreza reducido, la cobertura educacional ampliado, el ingreso a las universidades se ha multiplicado por cuatro o cinco, entre otros muchos datos o realidades que parecieran incontestables desde la perspectiva ‘progresista’- racionalista. Sin embargo, no consigna el proceso que muy posiblemente explica la irrupción de la violencia, que es la constante y gradual pulverización del tejido social, es decir, el alma del pueblo.

La causa primera de aquello estaría en el individualismo, el cual ha caracterizado el diseño de las políticas públicas en particular en un contexto general de pérdida de sentido de pertenencia entre los miembros del pueblo, situación que nubla el pasado común y no proyecta un futuro unido, relegando al presente a un campo de batalla entre quienes pugnan por sus intereses contrapuestos según la autopercepción del papel al que ha sido relegado en la sociedad.

Casos para ejemplificar lo señalado son muchos, quedando en evidencia la atomización de la ciudadanía y la fragilidad de una perspectiva de vida en común. Como botón de muestra vemos cómo las encuestas revelan que una gran mayoría de los chilenos, sobre el 60 por ciento, quiere que el seis por ciento de incremento en materia de pensiones vayan a sus cuentas individuales y no al pilar solidario.

La política debe brindar las respuestas al cómo construir una nación que sea más que la simple suma de bienes o intereses individuales. En definitiva, debemos encontrar el camino para reconstruir los afectos (amistad cívica) de los unos con los otros y así renovar un compromiso de bien común de la nación como un todo.

Publicado en: Columnas, Notas, Politica Etiquetado como: columna, Columnista, Crisis en Chile, Crisis social, Jaime Abedrapo

La noche del 26 de abril: una oportunidad que no se ha dado en 200 años

febrero 19, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

El plebiscito es una oportunidad única. Por primera vez en nuestros más de 200 años, la ciudadanía toda, es decir, el soberano, se pronunciará sobre la necesidad de tener una nueva Carta Magna. Todo indica que la mayoría de los chilenos votará a favor de una nueva Constitución. ¿Cuáles serán los efectos políticos del plebiscito? ¿En qué condición quedarán las autoridades también elegidas por mandato popular? Legalmente, tanto la Presidencia como el Congreso tienen la más plena legalidad, porque su mandato proviene de una decisión soberana. El problema no es la legalidad de las autoridades, sino su legitimidad.

Por Gabriel Gaspar

Exsubsecretario de Fuerzas Armadas y ex embajador en Cuba

Chile entra a una importante etapa de su historia moderna. Por primera vez en nuestros más de 200 años, la ciudadanía toda, es decir, el soberano, se pronunciará sobre la necesidad de tener una nueva Constitución.

Nacimos como nación independiente señalando que Chile no dependía de ningún rey. Por cierto, tampoco el poder en nuestro país tiene origen divino. Los chilenos todos somos los titulares de nuestra soberanía, es el principio de nuestra institucionalidad.

Pero por diversas razones, las constituciones que hemos tenido en estos más de 200 años han sido redactadas por comisiones de expertos, no han surgido de una voluntad nacional manifiesta.

La última, la de 1980, fue redactada cuando en Chile no existían registros electorales, los partidos estaban prohibidos, no había libertad de prensa y el Gobierno de entonces era condenado cada año por la comunidad internacional por una sistemática violación de los Derechos Humanos.

Por cierto, la redactó la llamada comisión Ortúzar y su teórico principal fue el fundador de la UDI, Jaime Guzmán. Es cierto que se le han hecho ajustes, unos más profundos que otros, pero hoy, el Chile del siglo XXI está maduro para decidir sobre su nuevo pacto social y político, porque eso es la Constitución, la definición de las reglas básicas de convivencia de la nación.

La demanda por una nueva Carta Magna es antigua, prácticamente desde que se inició el retorno democrático. Pero esa demanda fue satanizada por algunos, y otros colocaron la prioridad en otras urgencias, como lo era el fin del régimen de Pinochet sin traumas políticos ni económicos. Es evidente que el estallido social del 18/O creó las condiciones para el acuerdo de convocar al plebiscito del 26 de abril próximo.

De esta manera, a fines de abril, la ciudadanía chilena concurrirá libre y democráticamente a decidir si aprueba o rechaza un cambio constitucional. En caso de ganar la aprobación –lo más probable– se iniciará un proceso para la elección de los constituyentes en octubre próximo. Y un año mas tarde los constituyentes someterán a la ciudadanía la aprobación del nuevo texto constitucional.

Es decir, entraremos por primer vez en nuestra historia en un proceso constituyente ciudadano. Será lo mas importante que haya generado la movilización social y, también, un buen camino institucional para recomponer las bases del pacto social. Por libre elección ciudadana y ya no por otro tipo de urgencias. Cuidar este proceso es una tarea vital de todo demócrata.

¿Por qué hablar de cuidar el proceso constituyente?
Aparte de las clásicas campañas basadas en el temor al cambio, todas las mediciones indican que en el país se han instalado dos preocupaciones en la población.

Es difícil medirlas con objetividad, pero es evidente que para un sector importante de la chilenidad, la prolongación de la crisis social genera inquietud por su efecto en el empleo, en una eventual inflación y en el decaimiento de la actividad económica en general. Mas aún cuando los agoreros del desastre profundizan esa visión.

La otra preocupación tiene que ver con el deterioro del orden público, especialmente en las principales ciudades. Ojo, esta preocupación, al menos para quien escribe, no tiene nada de crítico ni se debe confundir con las masivas movilizaciones por derechos sociales de las que hemos sido testigos, pero, como desde hace tiempo sabemos, esas movilizaciones han sido utilizadas para actos condenables de violencia. Lo vivíamos antes del 18/O después de algunos partidos de fútbol o de algunos conciertos, pero eran a escala controlable. Hoy eso se ha multiplicado, lo que se agrava con la crisis de Carabineros que sufre las consecuencias de un deficiente manejo de parte de las autoridades civiles y del descabezamiento masivo de su alto mando que experimentó a inicios del actual Gobierno.

Destacamos estas dos percepciones porque indudablemente van a influir en el resultado del plebiscito. Dos serán los indicadores de ello: primero, el número de votantes. Dado que esta consulta tendrá el carácter de voluntaria, la incertidumbre puede disminuir la participación. Con ello, la fuerza del mandato popular puede afectarse, porque hoy en día todas las mediciones indican que la aprobación ganaría por amplio margen. En segundo lugar, la votación por el mecanismo de reforma (convención o mecanismo mixto) será un indicador: los que se opongan a la reforma constitucional pretenden parapetarse en un mecanismo donde al menos la mitad provenga del actual Congreso.

Pese a lo anterior, todo indica que la mayoría de los chilenos votará a favor de una nueva Constitución. De este modo, la noche del 26 de abril las calles se llenarán de jubilosos ciudadanos que aspirarán a ser la primera generación de chilenos que podrán opinar sobre las bases de nuestra institucionalidad.

¿Cuáles serán los efectos políticos del plebiscito? ¿Seguirá todo igual? ¿En que condición quedarán las autoridades también elegidas por mandato popular?

No es fácil visualizar esa coyuntura. Legalmente tanto la Presidencia como el Congreso tienen la más plena legalidad, porque su mandato proviene de una decisión soberana. Nada más que se trata de una decisión anterior al plebiscito. Pero que seguiría siendo válida. El problema no es la legalidad de las autoridades sino su legitimidad. Porque hoy en día todas las mediciones muestran una aprobación mínima a la Presidencia y al Congreso.

Frente a esto, se vislumbran algunos escenarios que, de manera indicativa, pasaremos a exponer:

Escenario 1: Gobierno de unidad nacional que garantice la transición

La noche del 26 de abril promete ser una jornada en la que quedará más manifiesto que nunca el divorcio entre gobernantes y gobernados. La desconfianza se ha instalado hace rato y abarca a los partidos políticos, que en su mayoría se han parlamentarizado, es decir, han sido copados por la lógica de los parlamentarios.

Si la ciudadanía opta por aprobar una nueva Constitución, ese será el mandato popular más contundente e importante que todos debemos cuidar. Que su proceso se desarrolle de la mejor forma, que permita una amplia participación y que su resultado sea beneficioso para el país en su conjunto. Un Gobierno con ínfimos niveles de aprobación es difícil que pueda llevar adelante lo anterior. Serían dos años difíciles.

Lo más sensato será escuchar lo que la ciudadanía demanda. Si se va a llevar adelante un proceso constituyente, las autoridades deben dar y construir las mejores garantías para ello.

La fórmula la proporciona el actual sistema. El presidencialismo tiene amplias atribuciones, entre ellas, convocar a quien estime al Gobierno.

De este modo, es posible imaginar que, como fruto de una aprobación del proceso constituyente, el Presidente convoque a la formación de un Gobierno amplio, de unidad nacional, que vele por la transición al nuevo momento. En el pasado eso ha ocurrido, sin ningún drama.

Dicho Gobierno aseguraría las condiciones políticas y técnicas para garantizar la gobernabilidad del país en todo este proceso. El Presidente asumiría su rol de Jefe de Estado y recompondría el Gobierno. El mandato de las elecciones presidenciales del 2017 habría sido superado por la historia reciente del país y por la decisión ciudadana del 26 de abril del 2020.

Tarea central de esa nueva fórmula sería garantizar el desarrollo del proceso constituyente. Pero además, si se trata de escuchar al pueblo, se debería escuchar el reclamo mayoritario por las reformas sociales que hoy alimentan el malestar. El Congreso y La Moneda, en forma paralela al proceso constituyente, deberían abocarse a solucionar esas demandas (previsión, CAE, sueldo mínimo, entre otras), que son materia de ley y no necesariamente constitucionales.

¿Es posible ese escenario? Depende de los actores. De La Moneda y los partidos. En un país nórdico no habría mayor problema. Supone asumir responsabilidad de Estado y guardar la calculadora.

Escenario 2: la abdicación

La aprobación de una nueva Constitución será una derrota contundente de quienes se han opuesto históricamente a ello. Eso no quiere decir que los que voten por el rechazo no tengan legitimidad en su postura, pero claramente implicará que no son mayoría.

En esa posición quedará La Moneda la noche del 26 de abril. Mejor dicho, ya está en esa posición. Cuando la encuesta más laboriosa indica que solo el 6% de los ciudadanos aprueba su gestión, es evidente que la actual fórmula carece de fuerza política. No nos referimos a la derecha política, sino al Gobierno, al Presidente y sus funcionarios. Porque es claro que hoy una buena parte de los electores de derecha está disconforme con La Moneda.

Muchísimos analistas externos coinciden en el asombro de cómo un Gobierno puede seguir en pie luego de perder tanto apoyo político y social. La respuesta es una sola: pese a todo, la institucionalidad chilena resiste, las actuales autoridades tienen legalidad, pero la legitimidad se ha erosionado a niveles nunca vistos.

Esta situación se hará evidente la noche del plebiscito y en la calle se hará sentir. Ya se siente en los muros y en las redes sociales.

Ante ello, otro escenario puede ser el de provocar la vacancia presidencial. Esto ya se intentó a fines del año pasado por la vía de una acusación constitucional, pero fue rechazada.

Un Gobierno que no está en caída libre, pues cuando se tiene el 6% de apoyo, ya se cayó, que puede ser un lastre incluso para los partidos que ayer lo eligieron. Será muy difícil para las colectividades de derecha presentarse a una elección como las fuerzas que apoyaron a un Gobierno que no tiene apoyo y concita la desaprobación mayoritaria (80% en varias mediciones). Por ello muchos analistas, varios de ellos de derecha, sugieren que una vacancia presidencial modificaría el cuadro.

Es evidente que la abdicación no está en el ADN del actual Mandatario, pero en los pasillos del Congreso, después del 26 de abril, esta idea se puede instalar. De más está decir que una fórmula de este tipo contaría con a lo menos la desconfianza de amplios sectores de la población.

Escenario 3: más de lo mismo

Otro curso, es que nada cambie. El Gobierno intentará posicionarse –ya trata de hacerlo– como el líder de lo que debería ser la nueva Constitución. Tal pretensión nos reedita los fenómenos de autismo político. Sería no escuchar lo que ha pasado en Chile en los últimos meses y, sobre todo, desconocer la voluntad soberana del plebiscito.

Una fórmula de más de lo mismo… ¿Es posible? Sí. ¿Es Legal? Sí. ¿Tendría legitimidad? No. ¿Garantizaría gobernabilidad? No.

En resumidas cuentas, es posible. Es más, es lo que ha pasado en los últimos meses. Ejemplo de la nula percepción de la realidad, lo demuestra que en estos días, frente a desafíos tan trascendentes para el país en las próximas semanas, el Gobierno y todos sus funcionarios se fueron de vacaciones como si viviéramos en Nueva Zelandia o Canadá.

Lo peor en política es no percibir la realidad y eso pasa en todos los sectores. Pero cuando se está en el Gobierno es más complicado.

Resumiendo, los chilenos enfrentaremos un momento decisivo de nuestra vida republicana. Es más, es un momento necesario porque a nadie le quedan dudas de que la mayoría nacional está molesta y disconforme con muchos aspectos de su vida cotidiana. La demanda por derechos sociales, por una redistribución justa del fruto del crecimiento, el reclamo por la mochila del endeudamiento, en fin, son muchos aspectos que conforman la base del malestar. Se une esto a una desconfianza con las elites, porque la mayoría del país piensa que todo aquel que llega a alguna posición de poder, se aprovecha de ello con beneficios abusivos.

También es notoria la necesidad de restablecer el orden público, porque todos requerimos de certidumbres para nuestras vidas cotidianas y la seguridad de nuestras familias. Empezando por el empleo.

Consultar al ciudadano sobre estos y otros temas debiera fortalecer la democracia y las bases de nuestra institucionalidad. Nuestro proceso es visto con interés por muchos. Los chilenos tenemos la posibilidad de construir un mejor país para todos, con inclusión y protección social acorde a nuestro desarrollo. Y también con una nueva institucionalidad que fortalezca nuestro pacto social.

Tengo fe en Chile.

Publicado en: Columnas, Notas Etiquetado como: columna, Columnista, Contingencia, Gabriel Gaspar

¿Cinco minutos, dijo?

febrero 16, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Ni vetos, ni venganzas, ni altares morales. Lo que debe ofrecer el Apruebo para ganar en abril es el mismo sentido común, constructivo y esperanzador, que movilizó a los chilenos a decirle “No” a Pinochet ese 5 de octubre de 1988.

Por Daniel Matamala

Periodista de CNN Chile 

«Propongo que ningún parlamentario que vote ‘rechazo’ en abril pueda participar de la convención constitucional”, escribió el expresidente del Colegio de Arquitectos Sebastián Gray. “Si gana el apruebo a la constitución no queremos a ningún huele peos de dictador cerca, ni siquiera queriendo participar. Del momento que rechazas el cambio quedaste fuera”, se sumó la comediante Natalia Valdebenito.

Ese es el peor camino que puede tomar la campaña por una nueva Constitución: el de la superioridad moral y la exclusión del otro.

Así ocurrió en los plebiscitos del acuerdo de paz de Colombia y del Brexit, en que los partidarios de una opción fueron estigmatizados como ignorantes o demagogos: una fórmula perfecta para empujarlos a votar contra ese discurso que los excluye.

Mucho más inteligente fue la estrategia del No en 1988. En vez de denunciar a los partidarios de Pinochet, invitó a todos a construir un futuro mejor. Esa campaña no necesitaba crear una mayoría en torno a la oposición a la dictadura: ella ya existía hace años. Lo que debía hacer era despejar temores y generar sentimientos positivos para que esa mayoría se expresara en las urnas el 5 de octubre.

Hoy pasa algo similar. Hace largos años que existe una amplia mayoría a favor de una nueva Constitución. El rol, modesto pero crucial, de la campaña del Apruebo es movilizarla desde la esperanza el 26 de abril.

Y el argumento para ello debería ser político, no moral.

Por el Rechazo surgen dos razones. Una es que la Constitución es tan relevante, que tocarla nos expone al caos de un modelo chavista. La otra es que la Constitución es tan irrelevante, que todas las reformas importantes pueden hacerse sin cambiarla.

Como es evidente, ambas ideas son contradictorias entre sí.

El primer argumento es expuesto por la Fundación Jaime Guzmán. “El ánimo de refundación de una nación”, dicen, “no suele traer buenas consecuencias institucionales ni materiales a las personas”.

Deliciosa ironía, viniendo del organismo que defiende el legado del autor de la mayor refundación de la historia de Chile.

Pero, afortunadamente, hoy no se propone repetir el experimento de Guzmán y usar la fuerza bruta de una dictadura para refundar un país. Si gana el Apruebo, la nueva Constitución será fruto de consensos en que ni la izquierda ni la derecha podrán imponer sus propios modelos.

El segundo argumento se presenta bajo el eslogan “hagámosla corta: cambiemos las leyes, no la Constitución” de la UDI, y del spot que recomienda tomar “el bus de la reforma”, que, a diferencia del largo proceso constitucional, “pasa cada cinco minutos”.

Tal como Fra-Fra prometía eliminar la UF en cinco minutos, ahora con esa misma celeridad se solucionarían los problemas pendientes. Llegar y llevar: las reformas que se han frenado por 30 años, se harán mágicamente en cinco minutos. La promesa es levantada por los mismos que han usado todo el surtido de candados que dejó Guzmán para obstaculizar los cambios: senadores designados, sistema binominal, altos quórums en el Congreso y, cuando todos los anteriores fallan, el Tribunal Constitucional (TC).

El Rechazo sería un cheque en blanco a esos políticos confiando en que ahora sí harán esas reformas. ¿Y si no las hacen? Pasó la micro, nomás. Quedaría en pie esta Constitución que, como confesó el mismo Jaime Guzmán, hace que “si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría”.

¿Quién es ese “uno mismo”? Fundamentalmente, el poder económico. Sigamos con las confesiones, ahora de la Comisión Ortúzar, cuando comenzó a diseñar la Constitución de 1980: “Será menester fortalecer el derecho de propiedad, base esencial de las libertades, ya que el control económico es el medio de ejercer el control político”.

Esa doctrina de control político por medio del poder económico tiene un ejemplo aún fresco en la ley que daba “dientes” al Sernac para defender a los consumidores, en respuesta al clamor ciudadano tras casos de abusos empresariales. Fue parte de un programa de gobierno votado por amplia mayoría, aprobada en la Cámara de Diputados y el Senado y, sin reclamaciones de ningún sector político, quedó lista para promulgarse.

Pero eso nunca ocurrió. Bastó que el grupo de interés afectado (la Cámara Nacional de Comercio) apelara al TC para que este bloqueara los puntos fundamentales de la ley. Todo el proceso democrático -elecciones populares, debate público y aprobación parlamentaria- se fue al tacho de la basura.

Entonces, aun si creyéramos que, por arte de magia, desde el 27 de abril el Congreso despachará todas las reformas bloqueadas por 30 años, eso no sería suficiente. Bastaría que cualquier grupo de presión (AFP, Isapres, dueños de derechos de agua, y usted siga contando) se opusiera, para que el Tribunal Constitucional pudiera impedir cualquier cambio.

Eso es “hacerla corta”. Si, en cambio, la “hacemos larga”, constituyentes elegidos por la gente (sí, también por los que hayan votado “Rechazo”) se pondrán de acuerdo en las reglas básicas del pacto social. Y mientras lo hagan, en paralelo podemos ir cumpliendo las promesas y aprobando (en cinco minutos era, ¿no?) todas las reformas que no estén bloqueadas por el cerrojo constitucional.

Ni vetos, ni venganzas, ni altares morales. Lo que debe ofrecer el Apruebo para ganar en abril es el mismo sentido común, constructivo y esperanzador, que movilizó a los chilenos a decirle “No” a Pinochet ese 5 de octubre de 1988.

Publicado en: Columnas Etiquetado como: columna, Columnista, Daniel Matamala

Cuidemos la democracia

febrero 14, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Soledad Alvear

Exministra y exDC

Hay libros que no solo valen por sí mismos, sino también por la trayectoria de quien los escribe. Es el caso de “La democracia necesita defensores”, de Sergio Muñoz Riveros. Su autor es un profesor universitario, columnista y analista político con varios libros a su haber. Su pasado es notable. Fue comunista hasta los años ochenta y sufrió la experiencia de ser prisionero político en 1975 y 1976, para después partir al exilio a Holanda. Fueron años dolorosos, en los que hizo una reflexión profunda, que lo llevó a descubrir esa democracia de la que una vez fue adversario en nombre de una utopía que causó millones de víctimas en todo el mundo.

Con esos antecedentes y con su preparación intelectual, Muñoz Riveros constituye un observador privilegiado del acontecer político chileno, alguien que nos puede dar una respuesta a la inquietante pregunta: “¿qué nos ocurrió el 18 de octubre pasado?”

Su respuesta es clara, aunque incomodará a muchos. Lo que sucedió ese día no fue la manifestación de un anhelo de justicia social. La genuina justicia impone exigencias, ciertas fronteras que una persona con convicciones democráticas y un mínimo sentido de la dignidad humana jamás puede transgredir. Ese día, la democracia misma fue atacada; se cuestionó la capacidad de convivir pacíficamente entre personas en una sociedad.

En efecto, resulta imprescindible distinguir nítidamente entre las manifestaciones de malestar -legítimas en una democracia-, y la agresión político-delictiva que hemos presenciado en estos meses. Ella consiste en una combinación entre diversas fuerzas anárquicas, delincuentes y bandas ligadas al narcotráfico que solo busca empujar al país hacia el desgobierno y provocar un quiebre institucional. No tener en cuenta esas dos realidades tan diferentes lleva a realizar análisis parciales, que no dan cuenta a cabalidad de los problemas que enfrentamos.

En este contexto, resulta muy inquietante el desapego de amplios sectores juveniles respecto de los fundamentos institucionales de una vida en libertad, y las exigencias que ella trae consigo. Parte importante de la responsabilidad en este estado de cosas está en la actitud demagógica de algunos políticos, académicos y periodistas. De manera frívola e inmadura, buscan congraciarse a toda costa con los jóvenes y celebran sus actuaciones independientemente de su contenido.

Las consecuencias son graves: hoy Chile es un país más pobre, menos cohesionado y mucho más inestable. Asimismo, hemos presenciado graves violaciones tanto a los derechos humanos de miembros de Carabineros como también de manifestantes. Esto es inaceptable.

¿Cuál es la conclusión más importante de la lectura de estas páginas? Lealtad a la democracia. Sin ella, no podremos enfrentar el plebiscito de abril ni responder responsablemente a tantas demandas sociales que piden una solución. La obra de Muñoz Riveros y su propio ejemplo de vida constituyen un valioso aporte en esta dirección.

Publicado en: Columnas Etiquetado como: columna, Columnista, Democracia Cristiana, Soledad Alvear

Voto obligatorio: aprender y corregir

febrero 13, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

La ciudadanía pide acuerdos a sus representantes, no discusiones de sordos. Más aún, la estabilidad de las decisiones constitucionales que tomemos desde abril, la confianza que podrán poner los ciudadanos en nuestra futura institucionalidad legal, está relacionada con la calidad del debate y con la participación equitativa de las comunas en este proceso. Impedirlo será para algunos, como ya lo fue en el pasado, pan para hoy y hambre para mañana.

Por Claudio Orrego

DC exintendente Metropolitano 

El 21 de enero un porcentaje de parlamentarios de Chile Vamos y de algunos otros partidos, fue suficiente para rechazar la propuesta apoyada transversalmente por 88 diputados para que el voto fuera nuevamente obligatorio, ya que no se logró alcanzar el quorum de 3/5. La propuesta buscaba dar mayor legitimidad al plebiscito nacional del 26 de abril y, por extensión, al proceso constitucional.

En 2011, el Gobierno de la época fomentó el voto voluntario y, en ese entonces, 106 de los 120 diputados respaldaron la propuesta. Hubo, sin embargo, expertos, académicos y algunos actores políticos –entre los que me cuento– que nos opusimos a la idea.

La más evidente entre las razones esgrimidas a favor del voto obligatorio es que este hace crecer la participación y favorece así la legitimidad de los procesos electorales, reforzando una de las principales debilidades actuales de nuestra institucionalidad: la desconfianza transversal en nuestras autoridades.

Han pasado casi nueve años, apenas dos ciclos electorales y, lamentablemente, todos estos efectos han sido confirmados en nuestra historia reciente. En las elecciones del 2017, cinco de las diez comunas con mayor participación en Chile estuvieron en Santiago Oriente, cuatro de estas en un solo distrito con los mayores índices de nivel económico, sobrepasando todas 60% de participación de sus votantes. Mientras tanto, comunas más vulnerables en la misma región tuvieron cerca o incluso menos del 40% de representación. Los jóvenes, por su lado, tan activos en el debate político actual, a la hora de votar e institucionalizar sus posturas han engrosado aún más la abstención electoral.

El voto obligatorio tiende, además, a favorecer un debate en las campañas más centrado y racional, menos llevado por los discursos extremistas que, como hemos visto en anteriores campañas con voto voluntario –“Chilezuela”, en Estados Unidos y en la votación del Brexit–, incentivan que las candidaturas gatillen miedos y odios entre las posturas políticas, con tal de asegurar su presencia frente a las urnas.

En términos de representación democrática, es fundamental subrayar que el voto obligatorio potencia la voz de los más vulnerables. Estudios ya advertían el 2011 que los jóvenes estaban votando cada vez menos desde 1990 y, asimismo, con el voto voluntario sectores discriminados, los grupos más vulnerables, las minorías, y los territorios en que habitan, expresarían menos su voz electoral, por lo que la inequidad entre las comunas encontraría una nueva expresión, reforzada por una ley cuyos efectos se advirtieron.

Han pasado casi nueve años, apenas dos ciclos electorales y, lamentablemente, todos estos efectos han sido confirmados en nuestra historia reciente. En las elecciones del 2017, cinco de las diez comunas con mayor participación en Chile estuvieron en Santiago Oriente, cuatro de estas en un solo distrito con los mayores índices de nivel económico, sobrepasando todas 60% de participación de sus votantes. Mientras tanto, comunas más vulnerables en la misma región tuvieron cerca o incluso menos del 40% de representación. Los jóvenes, por su lado, tan activos en el debate político actual, a la hora de votar e institucionalizar sus posturas han engrosado aún más la abstención electoral.

Mientras escribía estas líneas, los diputados anunciaban que volverán a proponer el voto obligatorio. Todos quienes creemos en lo fundamental para la convivencia nacional de las elecciones que tendremos desde abril de este año, debemos también adelantar nuestro apoyo. No podemos permitir que un sistema que favorece discursos extremos y que refuerza una ya inaguantable inequidad entre los territorios, sea una dificultad más para el proceso constitucional.

La ciudadanía pide acuerdos a sus representantes, no discusiones de sordos. Más aún, la estabilidad de las decisiones constitucionales que tomemos desde abril, la confianza que podrán poner los ciudadanos en nuestra futura institucionalidad legal, está relacionada con la calidad del debate y con la participación equitativa de las comunas en este proceso. Impedirlo será para algunos, como ya lo fue en el pasado, pan para hoy y hambre para mañana.

Publicado en: Columnas Etiquetado como: Claudio Orrego, columna, Columnista, Intendente Metropolitano, voto obligatorio

  • « Ir a la página anterior
  • Página 1
  • Páginas intermedias omitidas …
  • Página 34
  • Página 35
  • Página 36
  • Página 37
  • Página 38
  • Páginas intermedias omitidas …
  • Página 40
  • Ir a la página siguiente »

Copyright © 2026 · Author Pro on Genesis Framework · WordPress · Acceder

Enviar WhatsApp