Por Joaquín Orellana
¿El problema? Twitter es más rápido que la democracia y sus demostraciones están desterritorializadas, encontrando representaciones reales en otros espacios, por ejemplo, las escuelas, las familias, la vía pública, los grupos de WhatsApp, entre otros. Aquí es donde la política tiene un rol.
Hace un par de días, navegando por las aguas turbulentas de Twitter, me encontré con una publicación que hablaba sobre las “10 palabras más lindas del español”, entre las que destacaba “iridiscencia”. Dicho concepto se remite a un fenómeno óptico donde el tono de la luz varía creando pequeños arcoíris. Lindo, ¿no? Más aún cuando no es el contenido al cual estamos acostumbrados en la batalla campal de 280 caracteres.
Los tonos y las emociones volcadas en la red social del pajarito azul representan en buena parte los sentimientos que contiene la contienda electoral a la cual nos enfrentamos este 4 de septiembre. Por un lado, rabia, miedo, revancha e incertidumbre; por otro, esperanza y optimismo. ¿El mínimo común? El reconocimiento de una otredad que debe ser superada políticamente. Puro agonismo. La dimensión del conflicto exacerbada en la anulación de un otro. Preocupante.
¿El problema? Twitter es más rápido que la democracia y sus demostraciones están desterritorializadas, encontrando representaciones reales en otros espacios, por ejemplo, las escuelas, las familias, la vía pública, los grupos de WhatsApp, entre otros. Aquí es donde la política tiene un rol.
Desde hace un tiempo, en agendas sensibles para la ciudadanía, como la seguridad, pareciera que la política se ha vuelto impotente, incapaz de resolver los problemas que aquejan a los ciudadanos. ¿Por qué? Mi tesis se apoya en las lecturas de Peter Mair (2013), Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (2015), y Daniel Innerarity (2021), quienes en sus obras desprenden como fundamental para el funcionamiento complejo de la política y, especialmente, de las democracias: el rol de los partidos políticos.
Los partidos políticos se constituyen como los guardianes de la democracia y, en este sentido, como los acreedores de soluciones robustas a los problemas públicos. ¿Qué ha pasado en Chile? El sistema de partidos y los partidos políticos como tal se han debilitado. Para muestra, un botón: la centro izquierda se disputa en el apruebo y el rechazo. Cuestión inédita, en tanto se utiliza un mismo referente para dos visiones de mundo contrapuestas. A lo menos raro o, como diría Giovanni Sartori, alguien está haciendo uso de un “estiramiento conceptual” inadecuado. En definitiva, por la crisis de este espacio político, planteado como progresista y democrático en sus orígenes, algunos buscan capturar su esencia, distorsionándolo a su conveniencia, como lo hicieron con la imagen del “No”, e incluso dotándolo de características y colores, el amarillo por ejemplo.
La política tiene un rol y este tiene que ver con concretar el camino iniciado, una vía sin retorno de transformaciones responsables, que le hagan sentido a la población y que por sobre todo le brinden certezas en su cotidianidad. Este rol necesariamente pasa por los partidos políticos. Y más allá de los resultados, el 5 de septiembre no habrá caos, porque la democracia nunca será el caos.
Sí, habrá una tarea y está tiene que ver con mejorar nuestro ánimo societal. Volver a transitar el camino del diálogo y del bien común, reconociendo al adversario y respetándole en la disputa de las ideas. De esta manera, dejaremos atrás el odio, la manipulación de la verdad y la desconfianza.//ELF



