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En la Fontana

A reconstruir la centroizquierda

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Columnas

Chile, del neoliberalismo a la realidad del tercermundismo

junio 18, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Paul Walder

Columnista de ElClarin.cl

Primero el estallido social, hoy la pandemia. Pero el verdadero drama de Chile se llama neoliberalismo, concentración de los ingresos, de la riqueza y del poder, corrupción de los representantes políticos. Si la rebelión popular de octubre, que se extendió durante meses en las calles y los territorios, ha sido la expresión de este mal económico, la pandemia, que escala día a día, no solo se ceba con el pueblo sino que reitera, reproduce y amplifica aquellos dolores. Junto a los millares de contagiados, los miles de muertos, la pandemia se extiende en el frío del invierno por las carencias de un pueblo doblemente abusado.

Chile, país modelo, Chile, ejemplo para la región, Chile, miembro de la OCDE, Chile, oasis en Latinoamérica. Aun podemos oír como un enfermizo susurro aquellas mentiras lanzadas al aire de forma perversa e irresponsable durante las últimas décadas. El país de la OCDE, que logró ingresar por la ventana a este club de los ricos con falseados indicadores económicos o por sus cifras útiles para inversionistas y especuladores, ha sido y es el vagón de cola de los desarrollados, que hoy también exhiben, por cierto, su lastre de subdesarrollo.

Los casos de Chile, y México, el otro colado en esta sociedad, son para llorar. El virus ha hecho colapsar la economía mexicana, con pérdidas hasta el momento de unos dos millones de empleos formales y caídas brutales en la actividad. Todo ello en una escena que no detiene la violencia habitual, sino la reproduce y fortalece junto a la tragedia de las migraciones. Un guión distópico y apocalíptico en progresión, sin dirección ni final aún imaginado.

Chile ha alterado cifras desde la dictadura en adelante. Lo hizo durante la transición por varias décadas, sacando lustre a las estadísticas útiles para los mercados y metiendo bajo la alfombra todo lo demás. Bien conocidas son las cifras de desigualdad o las falencias en educación y salud pública. Para qué hablar de medio ambiente o trato a los pueblos originarios, ni mencionar las violaciones a los derechos humanos en una democracia, o su simulación. El vagón de cola de la OCDE, así como el tren que viaja sin parar en un planeta congelado en la serie Snowpiercer de Netflix, adaptación del filme del coreano Bong Joon-hu, que ganó este año el Oscar por Parásitos. La simbología de esta serie es evidente en la verticalidad (linealidad en este caso) social y en la latente, y permanente, lucha de clases. Vagones, sociedades o países, es lo mismo.

El vagón de cola es la jaula fría y sucia de los pobres, excluidos y eventual mano de obra barata o esclavizada. Es parte del tren, sin capacidad de movilidad y decisión y podría dejar de serlo en cualquier momento. Como Chile, que tras la rebelión y en la pandemia se desprende de aquella población que ahora no es útil para el consumo y el mercado. El covid-19 ha dejado caer todo el decorado neoliberal para regresarnos al fantasmagórico Tercer Mundo, una denominación sin embargo real de la que aborrecen nuestras aspiracionales elites que soñaban con las puertas de occidente.

En estos días, para ser serios, Chile ha regresado al lugar donde tal vez nunca salió la mayoría de su población: la pobreza, la precariedad, el miedo al futuro y hoy también el hambre. Tercer Mundo, subdesarrollo, dependencia, atraso, desindustrialización, monoproducción, todos calificativos que la globalización neoliberal intentó borronear pero que hoy reaparecen porque nunca se habían ido.

No solo dependencia y pobreza es propio del subdesarrollo. En realidad, el verdadero tercermundismo es político y cultural. Es también, o principalmente, corrupción y una casta política solo volcada a defender sus propios intereses de clase. Lo que tenemos hoy, en este país supuestamente certificado como emergente por la OCDE, es algo no muy diferente a la clase y orden político de hace cien años o más. Una casta política apernada de forma vitalicia que legisla para el gran capital. Una ralea que ha reproducido los más impúdicos y obscenos niveles de desigualdad en todas las áreas de la vida pública y social. Santiago, Chile, un campo de golf rodeado de mediaguas.

Hay imágenes que quedan en la memoria. No solo la represión brutal de los últimos meses. Una bestialidad con decenas de jóvenes asesinados por las fuerzas de orden, millares de heridos y otros miles en las cárceles por protestar. La entrega de cajas con alimentos que ha hecho el gobierno quedará como una representación perfecta, de la visión de clase del gobierno y sus políticos sobre sus propiedades, territorio nombrado como nación. En esta performance pudimos observar la soberbia de unos sobre humillación de otros en la entrega de los alimentos a las familias vulnerables y carenciadas, que reciben los insumos de las manos de unos políticos con sonrisas para los flashes y cámaras. Pero hay algo aún peor, que es la utilización mezquina por parte de esta clase del hambre como campaña bien organizada de propaganda política. Es solo un detalle en otros cientos, pero reproduce una mirada sobre un país que no ha variado en más de un siglo. Cohecho, acarreo, compra de votos por una caja de alimentos. Es lo mismo.

La denominación de Tercer Mundo la acuñó a mediados del siglo pasado el economista francés Alfred Sauvy. Africa, Asia y América Latina, los condenados de la tierra, en medio de la guerra fría y los grandes bloques geopolíticos. Una estructura que olvidamos con la publicidad y el marketing neoliberal que hoy sin duda regresa. Tras el desmontaje de ese orden en medio de la pandemia y el colapso neoliberal, que representa en nuestras latitudes el retiro masivo de capitales y la caída de las exportaciones, entre otras alteraciones, regresamos a la desnudez, a los despojos históricos y a nuestras endémicas y enfermizas estructuras, económicas, de clase, culturales. Chile nunca superó su subdesarrollo cultural y social.//ELF

Publicado en: Columnas, Notas Etiquetado como: columna, Columnas, Coronavirus, ElClarin.cl, globalización, neoliberalismo, ollas comunes, pobreza, tercermundismo

Sequía: La crisis que nos ataca en silencio

junio 17, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Giovanni Calderón Bassi

Director Ejecutivo de la Agencia de Sustentabilidad y Cambio Climático

Chile atraviesa el momento más difícil desde que la pandemia del COVID-19 llegó a nuestro país en marzo, sin embargo, otra crisis avanza en silencio y parece no tener freno: la megasequía que afecta a gran parte del territorio, pero con mayor fuerza en la zona central y que se ha transformado en la peor desde 1915.

Si bien, en un clima mediterráneo como el de nuestro país, la sequía es algo común, ya cumplimos 10 años de escasez extrema de lluvias, lo que bajo ningún parámetro es un escenario normal y ha terminado afectando no solo el consumo para las personas, también a los caudales de los ríos, las cuencas y distintos sectores industriales como la agricultura, vitivinícola, forestal y la minería, a esto se suman los efectos adversos del cambio climático, como el aumento de las temperaturas. En concreto, se ha generado la mezcla perfecta para que la situación se vuelva un “terremoto silencioso”.

Por eso hoy, como cada 17 de junio se celebra el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, fecha con la cual Naciones Unidas busca concientizar acerca de las iniciativas internacionales para combatir estos fenómenos, este hito nos recuerda que se puede neutralizar la degradación de las tierras y la adaptación frente a la sequía, mediante la búsqueda de soluciones con una firme participación de las comunidades y la cooperación en todos los niveles.

Para el 2025 dos tercios del mundo vivirán en condiciones de «estrés hídrico» y 1.800 millones de personas experimentarán una escasez absoluta de agua, según cifras de la ONU. Asimismo, la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD) indicó que de aquí al 2050 más del 90% de los ecosistemas naturales del mundo serán transformados para otros usos, lo que podría implicar que a causa de la desertificación, millones de personas deban desplazarse de donde viven si no se gestiona de buena manera la tierra y sus recursos.

Frenar la degradación de nuestros suelos mediante la rehabilitación de tierras, la expansión de terrenos gestionados sosteniblemente y el incremento de iniciativas de reparación, es una de las principales vías hacia una mayor capacidad de adaptación y un mejor equilibrio ecológico.

De igual importancia es enfrentar la sequía que afecta a nuestro país y que afecta a más del 72% de la población, equivalente a más de 55 millones de hectáreas. La sequía corre de forma paralela a la crisis sanitaria y no podemos desentendernos, por eso en la Agencia de Sustentabilidad y CamSEQUio Climático estamos trabajamos continuamente en Acuerdos de Producción Limpia (APL) que incorporen la eficiencia y seguridad hídrica.

En este contexto se enmarca también el compromiso del gobierno a través de las NDC (Contribución Determinada a Nivel Nacional) de manejar y recuperar 200 mil hectáreas de bosque nativo y forestar otras 200 mil hectáreas, acciones que en conjunto con el Ministerio de Agricultura y otros servicios de la industria del agro, buscan revertir y mitigar el proceso de desertificación en el país.

Hoy el llamado es a la acción con simples, pero eficientes medidas, que todos podemos aplicar: cuida el consumo de agua, no desperdiciemos ni dejemos llaves abiertas; protege la vegetación y reforesta con plantas nativas que requieren poco mantenimiento, contribuyen a la regulación hídrica y conservan la biodiversidad. No olvidemos que el futuro del planeta y de las generaciones futuras depende de las decisiones que tomemos hoy.//ELF

Publicado en: Columnas, Notas Etiquetado como: Cambio climático, columna, Columnista, Coronavirus, COVID19, Desarrollo sostenible, Giovanni Calderón, Medio Ambiente, Sequía

Columna de Daniel Matamala: Reset

junio 14, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Daniel Matamala

Periodista de CNN Chile y columnista de La Tercera

Durante su año de gestión como ministro, Jaime Mañalich se ufanó en comparaciones que ponían a Chile en la pole position de un imaginario campeonato mundial. “Nuestro sistema de salud es uno de los mejores y más eficientes del planeta”, dijo en noviembre del año pasado. “Somos de los países con una de las tasas de letalidad más bajas del mundo”, decía en abril, ya en medio de la pandemia. Mientras, La Moneda filtraba una exitista minuta comparativa llamada “Coronavirus: Chile versus Argentina”.

Al momento de renunciar al cargo, Mañalich deja a Chile como primero del mundo, sí. Pero lo hace en una estadística que jamás hubiéramos querido liderar: primeros en muertes diarias (11,61 por millón de habitantes, contra 6,04 de Perú y 4,28 de Brasil). Y, además, segundos en casos diarios, solo después de Qatar (353,31 por millón de habitantes, contra 180 de Perú y 122 de Brasil).

Los datos de los diferentes países son discutibles y poco confiables. De hecho, sabemos que estas cifras (las públicamente conocidas en Chile) son menores a las que el mismo país comunica bajo reserva a la OMS. Pero deben iluminar lo fundamental: así como antes nos horrorizamos viendo lo que ocurría en Wuhan, Lombardía, España, Brasil o Nueva York, hoy Santiago es uno de los principales focos mundiales de la pandemia. Basta de minimizar esta tragedia. El vocero de la Sociedad Chilena de Medicina Intensiva plantea que ante la falta de camas críticas, “queda la opción de derivar afuera. A Argentina, que afortunadamente para nosotros está en mejor situación”.

Si el argumento para postergar las cuarentenas fue “salvar la economía”, también aquí el fracaso es resonante. Se han perdido casi dos millones de empleos, y los chilenos que han dejado de recibir un sueldo con el cual sustentar a sus familias ya son cerca de dos millones y medio.

Se están perdiendo vidas y trabajos a un ritmo aterrador.

La enumeración de los errores que nos llevaron hasta aquí ya se ha hecho, en este espacio, en diversos reportajes y por múltiples especialistas. Se inventaron cuarentenas dinámicas, intentando segregar con un fino bisturí una metrópolis interconectada como Santiago. Se dieron falsas seguridades a la población. Se descalificó y atacó a las voces críticas. Se desestimaron las recomendaciones de los expertos del consejo asesor. Se ignoraron las condiciones sociales de la población más vulnerable.

El resultado es que pasado mañana el Gran Santiago cumple un mes de cuarentena total. Algunos barrios se acercan a los tres meses de confinamiento casi ininterrumpido. Pero las cifras de contagios y muertes suben y suben.

La estrategia fracasó. Y ahora que asume un nuevo ministro, es una oportunidad única para apretar reset y partir de cero.

Partir de cero, con cinco mil chilenos menos. Pero no queda otra opción.

Después de una gestión que entendió el combate a la pandemia como una guerra personal, con amigos y enemigos, Enrique Paris puede restablecer las confianzas perdidas y convertir este desastre en una cruzada, no de un hombre, sino de una sociedad completa.

El juego con las estadísticas oficiales, hasta volverlas imposibles de seguir o creer, dinamitó el activo básico en esta emergencia: la confianza. Desde marzo, The Economist, The New York Times y el Financial Times advertían de subreportes en varios países. En vez de trabajar por subsanarlo, el gobierno chileno lo negó. “Nosotros no tenemos un exceso de muertes no explicadas”, decía hace un mes Mañalich. Ahora, su caída se gatilla por la revelación de que el Estado de Chile llevaba dos estadísticas paralelas: una, que informa públicamente, cuenta 3.101 fallecidos; la otra, que se envía reservadamente a la OMS, cifraba ya hace días ese número por encima de los 5.000.

Es el momento de transparentar todos los datos que la comunidad científica viene pidiendo desde marzo; de aceptar el ofrecimiento de las universidades Católica y de Chile para generar indicadores confiables, y de implementar de una vez por todas las recomendaciones del consejo asesor sobre conteo de víctimas, contagios y períodos de cuarentena.

Y es el momento de dejar el falso exitismo con que se ha disfrazado la realidad ante los chilenos. Hace 103 días, cuando se anunció el primer caso de coronavirus, el Presidente Piñera aseguró que “estamos preparados para impedir que esto se propague y, por lo tanto, que los casos sean casos aislados”. Mañalich garantizó que “cualquier persona que necesite un ventilador, lo va a tener. Es una promesa”. Hace tres semanas, aún decía que “no vamos a enfrentarnos” al dilema de la “última cama”.

¿Cómo les pedimos a los chilenos que se comporten con la responsabilidad de adultos, si el gobierno los trata como a niños?

También debe llegar, de una vez por todas, el auxilio económico que los chilenos vulnerables necesitan para quedarse en casa: al menos el equivalente a la línea de extrema pobreza por persona. Y, tal como ha pedido con creciente alarma el consejo asesor, implementar un ejército de funcionarios para trazar los contagios y aislar en residencias sanitarias a los infectados.

Con esas políticas públicas en marcha, se podría anunciar el inicio de una cuarentena real, ahora sin excusas ni laxitudes, fiscalizada con rigor y con castigos severos para los irresponsables que la incumplan.

El último informe de Espacio Público, el centro que ha adelantado con precisión el avance de la pandemia, advierte que vienen “varias semanas con miles de muertos (…), desatando una crisis humanitaria inédita en la historia del país”.

El nuevo ministro Paris tiene una oportunidad única para apretar el botón de reset y convocar a la sociedad completa para que evitemos -todos juntos- que esta catástrofe se siga extendiendo.

Miles de vidas dependen de que lo logremos.

Publicado en: Columnas, Notas Etiquetado como: Cambio de gabinete, columna, Columnista, Daniel Matamala, Jaime Mañalich, Ministerio de Salud, Minsal, renuncia del ministro

No podemos abandonar a la gente: Hambre en Chile

junio 11, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Pablo Santander Acevedo
Ingeniero Civil Químico y Magister(c) Gestión integrada Medioambiente y RSE

En marzo de este año 2020, la Organización para la cooperación y el desarrollo económico, publicó un estudio titulado ¿Como es la vida en Chile?, en este documento indica que el 53% de los chilenos está en riesgo de caer en la pobreza si no recibe ingresos durante tres meses, esto demuestra el nivel de vulnerabilidad económica que existe en las familias de nuestro país, cabe destacar que de los 28 países OCDE que cuentan con este dato estadístico, Chile ocupa el quinto lugar dentro de los más altos niveles de riesgo y esta pandemia por Covid-19 ha dejado en evidencia que lo indicado en el estudio no está lejos de la realidad.

No he podido quedar indiferente ante la necesidad de la gente, vivo en la comuna de Villa alemana en Chile y conformamos un equipo de trabajo, para poder llevar alimento a familias que en este momento están necesitando una mano, estamos realizando una campaña, la cual nos ha permitido en la primera semana entregar 120 almuerzos a 2 juntas de vecinos y, la semana de este lunes 8 de junio logramos llegar a los 400 almuerzos en 10 juntas de vecinos, en esta labor ha sido fundamental el apoyo de las y los dirigentes sociales, sin ellos no sería posible llegar con mayor facilidad a quienes realmente más lo necesitan.

Son ellos dirigentes sociales, quienes en verdad conocen la realidad que se vive en sus territorios, situación que ya lo advertía nuestra Diputada Carolina Marzán, quien en una entrevista realizada hace unos días, indicaba: “Sumemos a organizaciones sociales, porque tienen un diagnóstico certero de lo que está sucediendo en sus comunidades”, refiriéndose a cómo debemos enfrentar de mejor manera la pandemia actual, claramente ha sido y es necesario sumarlos a esta causa.

Es fuerte ver cuando llegan adultos mayores, con vergüenza y los ojos rojos de pena y rabia acumulada, de llanto contenido, por no tener recursos para llevar un plato de comida a su hogar, diciendo «Vengo a humillarme» cuando llegan a recibir un plato de almuerzo solidario, por supuesto que no es humillación nunca y menos en un momento como este, recurrir a la ayuda cuando no se tiene, esta pandemia solo debe sacar lo mejor de nosotros, más humanidad y solidaridad.

Sin embargo, se entiende la impotencia la gente, por eso la indignación ante esta situación debe transformarse en acción, nuestra iniciativa de comedor solidario claramente no va a solucionar el problema en toda la comuna, ni en el país o en el mundo, pero tengo la convicción de que pequeñas acciones unidas pueden generar grandes cambios, y ya lo estamos viendo cuando dos de las juntas de vecinos donde comenzamos, están realizando su propio comedor en los días en que nosotros no podemos acudir, precisamente es esta actitud la que queremos motivar.

He sido testigo de que la comunidad en nuestro país se está organizando de forma solidaria implementando ollas comunes, iniciativas muy valiosas que debemos apoyar, pero que no deberían ser necesarias si tuviéramos un modelo económico, social y medioambiental más equilibrado, como ejemplo de esto, Chile está tercero dentro de los países más desiguales de la OCDE, con un coeficiente de Gini de 0.46, por todos estos motivos es que el estado debe tomar un rol protagónico, para proteger a las personas y sus vidas, es un deber y una prioridad en esta situación de pandemia actual.

¿Realmente podemos dormir bien mientras la gente, niños, niñas y adultos mayores están pasando hambre?

Publicado en: Columnas, Notas Etiquetado como: columna, Columnista, Coronavirus, COVID19, Opinión, Pablo Santander

Como ovejas en medio de lobos

junio 9, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Eduardo Reyes

Administrador público y cientista político 

Cuando todos los miedos se suman, emerge la valentía de los comunes, que ya nada tienen que perder

Cuando Jesús dice a sus discípulos, que los va a enviar “como a ovejas en medio de lobos”, tenía muy claro que su metáfora animal entrañaba en sí misma una condición elemental del ser humano. Los que son ovejas siempre están en peligro cuando los lobos están cerca y Jesús les dice, vayan hacia los lobos. Entonces, ¿de qué mensaje estamos hablando aquí?; hablamos de uno que entiende que el mundo está gobernado por lobos, que estos en toda literatura representan el impulso de poder y de sed de sangre.

Por su parte, quienes son representados como ovejas (como olvidar “Fuente Ovejuna”) estarán siempre señalados como los débiles, como los que aun sumando más, están en permanente temor, su instinto es a huir y no a enfrentar. Luego, lo que dice el llamado es que las ovejas deben ir hacia los lobos, sabiendo que eso es una actitud temeraria y de alto costo para las ovejas, pero se hace inevitable cuando se trata de supervivencia.

Los chilenos no somos ignorantes de estos significados, ya lo decía Violeta Parra en su “Mazúrquica Modérnica”: “varias matáncicas tiene la histórica, en sus pagínicas bien imprentádicas, para montárlica, hicieron fáltica, las resbalósicas revoluciónicas….”, haciendo notar lo ridículo que es tapar la realidad con relatos ilusorios, utópicos, fácticos o pragmáticos. La sabia Violeta nos entrega con fina sabiduría, lo que es un sentir común de los ciudadanos, transmitidos de generación en generación.

Esto es que cada cierto tiempo los postergados del país, los vulnerados por una élite que usa al Estado para defender sus intereses, se ponen de pie, y como ovejas en medio de lobos, se paran frente a las balas, para recuperar lo que es de todos pues nada tienen más que perder.

La pandemia ha desnudado en el mundo las carencias de la política, el error que implicó que por cuarenta años el mundo haya puesto a la economía por sobre la política, al mercado sobre el estado, al individuo sobre la persona y al consumidor sobre el ciudadano. La promesa, jamás cumplida del Neoliberalismo en Chile, fue aprovechar el cambio tecnológico para aumentar y mejorar el rol del sector privado en la economía y la sociedad. La privatización de empresas públicas, por su parte, tenía por fin mejorar su gestión y entregar más beneficios a los ciudadanos. Pero en la práctica, fue un robo del mundo privado contra el Estado que es de propiedad de todos los chilenos (María Olivia Monckeberg, 2013).

La desregulación de la actividad económica, pensada para crear mercados competitivos, en la práctica generó mayor concentración económica y el desarrollo de monopolios en todas las áreas estratégicas de la economía nacional, a tal punto que hoy la gran mayoría de la población vive en la frontera entre la dignidad y la pobreza, debido a la incertidumbre de poder pagar las deudas contraídas con las privatizadas.

Cuando Thomas Hobbes escribe “Leviatán” (1651), entendía claramente esta cuestión, que no es posible que una condición de dominación y control absolutos, sean capaces de traer la paz a la comunidad. Por eso es que el autor entiende como necesario, crear el monstruo humano y divino, construido con la cesión de nuestra voluntad soberana, para que el fruto de nuestras decisiones, estén cautivas en la norma legal, en instituciones que luego toman dinámica propia y someten por el peso de su investidura. Por tanto, si hemos cedido parte de nuestra soberanía a favor del gran Leviatán, lo mínimo exigible es que este monstruo creado, no termine comiéndose a sus creadores, o a gran parte de éstos, pues ¿cómo va a ser posible que elijamos representantes para luego ser pasto de su fuego, objetos de su voluntad?

Pero, “he aquí, que yo os envío como a ovejas en medio de lobos”. Luego entonces, es necesario preguntarnos acerca de cuál debiera ser la virtud, que hace finalmente, que las ovejas puedan triunfar en un mundo dominado por lobos. Mucho se ha hablado en este tiempo acerca de la pérdida de confianza, como un valor intrínseco de las personas para la relación social, y por ende base de las relaciones políticas al interior de una sociedad dada. Y es tan importante, porque cuando hay ausencia de confianza individual y social, naturalmente se inhibe los actos de reciprocidad, y sin éstos, la cooperación se hace imposible. Suele plantearse la confianza como una tríada, integrada por una persona que confía, una segunda persona en quien se deposita esa confianza y luego está también el interés común, que es la razón por la cual se establece dicha relación (Hardin, 2004).

Pero, ¿cómo puede haber confianza entre meros consumidores? En un mundo regulado por transacciones puntuales y efímeras, la confianza nace y desaparece en el acto de vender y comprar. Luego entonces, qué hace que la confianza sea genuina y perdurable, de largo aliento. Esa confianza, que se gana a través del tiempo, responde a una trayectoria histórica de un vínculo que se nutre y es capaz de proyectarse hacia el futuro. El mercado puede desarrollarse y funcionar perfectamente siempre que se apoye en una comunidad fuerte, con sentido de identidad, que sabe que en los otros encontrará refugio y consuelo durante los momentos difíciles; a la vez que encontrará oportunidades y logros en los momentos de bonanza. Cuando no existe esta comunidad fuerte, que sólo se desarrolla al amparo de instituciones igualitarias e inclusivas, el mercado actúa de manera cruel (Aylwin, 1990), se aprovecha de la debilidad de la comunidad y abusa del monopolio, aprovechándose de la desprotección estatal.

Una de las características del tiempo presente en nuestro país, es cuantas veces los gobernantes y en particular el presidente, apelan a dios para intentar empatizar con las creencias del pueblo chileno. Pero de tanto manipularlo verbalmente, el concepto comienza a convertirse en un uso vano, carente de contenido sustancial, como en una realidad hueca, sin contenido ni sentido, lo que es más propio de las distintas formas de hipocresía, formalista y normalmente falso. Es pues finalmente, usar el nombre de dios sin verdad alguna.

¿Qué es entonces lo que mueve ideológicamente al gobierno de Sebastián Piñera, a desarrollar políticas asistencialistas y paternales para paliar los efectos sociales de la pandemia? La idea de que se puede ser conservador y a la vez actuar en favor de los más carenciados, sin por ello negar la virtud del actuar individual en la sociedad, es lo que en los EE.UU. se ha denominado “conservadurismo compasivo”, término con que los halcones del “neocon” estadounidense blindaron a George Bush, en la disputa de las primarias republicanas del 2000.

Esta ideología, que entronca perfecto con la historia de la oligarquía social y económica chilena, y que subyace en los gobiernos derechistas de Sudamérica, ha sido definida por el premio nobel de economía Paul Krugman (2007), como un “silbato para perros” hacia los conservadores cristianos, que basan su actuar social en administrar el paternalismo asistencialista del Estado, para mejorar el bienestar de los más carenciados.

En lo profundo de esta creencia está la idea, que con soltura y liviandad subrayó la diputada de la UDI María José Hoffman, cuando plantea que no debe ocurrir que “los pobres se acostumbren a depender del Estado”. Detrás de la acción social compasiva del gobierno, respira con afán la convicción histórica de la derecha chilena, de que el pobre debe ayudarse a sí mismo, que no es la sociedad la culpable de su pobreza, y que por tanto la caridad que se hace en esta acciones, merece asumir que el donante tiene el derecho de investigar, y de alguna forma también, dictar en la vida del receptor de la compasión.

Para la derecha chilena, las acciones de octubre son un desafío a la autoridad del Estado, como si éste fuera algo distinto y aparte de los ciudadanos, como si las leyes no fueran creadas para el amparo de los derechos civiles, sino para proteger los privilegios de una minoría que financia las campañas y administra grandes cuotas de poder político y económico, desde fuera de las instituciones, queriendo confundir el sagrado derecho democrático a la protesta, con una suerte de carnaval de violencia, producto de mentes afiebradas y no representativas.

Los marchas de varios millones en todo el país, quieren mostrárnoslas como violentismo desestabilizador, hablando incluso de terrorismo, ofendiendo de este modo a quienes masiva y pacíficamente se han manifestado. Han mezclado conscientemente hechos violentos y repudiables (que el gobierno debe perseguir y aclarar) con el enfado justo de la mayoría de los chilenos con la marcha del país, protestas que deben ser respetadas y protegidas por el Estado, en la búsqueda de tener una cada vez mejor democracia.

Trabajar por la unidad política y social para cambios estructurales del modelo, es la necesaria salida al conflicto desatado entre los chilenos y sus gobernantes. Pero esta unidad de propósitos no es un producto de fácil construcción, la democracia debe producirse y fortalecerse desde la base y dese las regiones, asumiendo con todos el destino común. La idea de “unidad” vinculada a la idea de “guerra”, discurso que ha elegido el presidente Piñera, considera la crítica como una amenaza y los argumentos de los ciudadanos informados, como un estorbo cuando contradicen la idea preconcebida por el gobernante.

Esto lo hemos observado en las respuestas del ministro de salud a las observaciones de la prensa y a los documentos académicos de variada índole, que pusieron en duda la estrategia del gobierno. Sólo cuando el error y la mentira fueron evidentes, entonces recularon y llamaron a hacer un acuerdo. Pero pedir unidad en esas condiciones es pedir obediencia sobre un discurso vacío.

La enfermedad que obliga a encerrarnos, ha desnudado todas las debilidades de nuestro sistema político, por eso mantenerse en la creencia de que los chilenos más vulnerados pueden hacerse responsables de su propio destino, no sólo es cruel, sino que niega la importancia para el desarrollo del país de una inmensa masa de ciudadanos, que sólo podrán florecer cuando el Estado provea de reales oportunidades a todos los que nacen bajo el sol de Chile.

Hoy, sin embargo, las “ovejas” ha perdido el pudor, la pandemia galopante las ha reunido en torno a una “olla común”, compartiendo el plato tibio, con los que sienten y viven como ellos, guardando su impotencia y su dolor para más adelante; han transmutado su natural temor en coraje, que le permitirá, cuando el actual trote pandémico vaya disminuyendo, enfrentarse a los “lobos”, porque han dejado de ser masa informe, para concebir la idea de un futuro mejor, construido juntando las manos y volviendo a confiar en el prójimo; la historia demuestra, desde Roma hasta nuestros días que cuando eso ha ocurrido, a las ovejas les ha ido bien.

¿Cómo es entonces que salvaremos al Estado de sus actuales manejadores? A comienzos de abril, el premio nobel de economía Joseph E. Stiglitz, en una entrevista al diario madrileño El País, dijo: “Se está demostrando el error fundamental del liberalismo y es que los mercados por sí solos no pueden manejar esta crisis, por eso estamos acudiendo al Gobierno. Los mercados tampoco nos prepararon porque siempre tienen una visión incompleta de los riesgos. En Estados Unidos los hospitales no tenían camas extra y las empresas funcionaban con sistemas de inventario ‘just in time’. Todo bien hasta que tienes un problema. Entonces es un desastre. Es como llevar el coche sin rueda de repuesto. Si pinchas, los costes son enormes”.

Por cierto esta no es una opinión única ni aislada, varios premios nobel y pensadores en el campo de las ciencias sociales, han sido de la opinión de que el Estado vuelva a asumir un rol protagónico en regular los mercados, particularmente con los sistemas de seguridad social, aunque sin que eso implique estatizar la economía. Hoy, después de varias décadas, son muchas las voces que consideran necesario retomar algunos de los postulados de lo que históricamente se llamó el “Estado de Bienestar”. Entre otras cosas, se piensa con razón, que al subvencionar la educación, la salud y fortalecer la garantía de los derechos laborales, las personas actuarán de manera menos egoísta y se reforzará el capital social comunitario, recuperando la confianza social y política.

Por tanto, lo relevante hoy es cambiar la perspectiva de la cultura política en Chile, la que ha sido dominada desde la dictadura hasta hoy, por la idea de que la política es una actividad particular de individuos, que actúan en la vida social a partir de visiones únicas, las que al chocar con otras visiones únicas, provocan un resultado que afecta y condiciona lo común.

Es como si la sociedad fuera el producto de decisiones y acciones dirigidas por una élite consiente, que concibe el mundo como algo dado y no problemático. Esta concepción ve las estructuras sociales como meros agregados de actos individuales, pero no da cuenta del comportamiento de la sociedad como un todo único, con identidad propia, distinta a los individuos que la componen y la sufren o disfrutan.

Finalmente el conflicto que se ha producido entre los chilenos y sus instituciones, se puede observar como el choque de placas tectónicas, primero la placa de la impugnación al modelo de sociedad, que no ha logrado generar desarrollo para una amplia mayoría, versus la placa institucional, que sostiene este modelo, y que ha significado la creación de una verdadera casta de privilegiados, los cuales no conocen ni se vinculan con los vulnerados del modelo. Esta situación ya no es soportable para la mayoría, porque provoca inequidad, injusticia social y separación entre los chilenos.

Las ovejas ya no tienen nada que perder, frente a eso, sólo queda conocer cuanto va a costar acceder y aceptar las demandas de la ciudadanía, o en caso contrario, como parece querer el gobierno, se va a deslegitimar las razones de la protesta y se va a criminalizar a quienes salgan a pedir justicia social. Hay que estar en el lado correcto, y éste no es otro que unirse a las demandas ciudadanas por un cambio al modelo de desarrollo.//ELF

Publicado en: Columnas, Notas Etiquetado como: columna, Columnista, Coronavirus, COVID19, Eduardo Reyes, lobos, ovejas

Base cero o nota cero

junio 9, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Andrés Palma

Exministro DC

El Gobierno sabe que se debe gastar más. Lo que no quiere es comprometer un incremento tributario para financiar ese mayor gasto, una vez superada la pandemia y retomado el crecimiento de la economía, pero eso será inevitable. Lo grave es que ello paralice las iniciativas que son imprescindibles para salir de la triple crisis en que nos encontramos. Así vistas las cosas, el “Presupuesto Base Cero Ajustado” no contribuye a que el país salga adelante y dificulta el acuerdo para superar la crisis económica derivada de la crisis sanitaria.

El Gobierno ha convocado a un grupo limitado de economistas y dirigentes políticos con la intención, loable, de buscar un acuerdo para superar la crisis económica derivada de la crisis sanitaria y reactivar la economía. La palabra clave es reactivación y esta viene de la mano de un mayor gasto de todos los actores en la economía.

Obviamente no se puede gastar si no se tiene, cuestión que es clara para las familias, los consumidores y los inversionistas. Todos ellos pueden gastar solo lo que disponen de sus ingresos, de sus ahorros y de su capacidad de endeudarse. Para todos ellos, la capacidad de endeudarse depende a su vez de sus ingresos, ahorros y patrimonio, pero principalmente de sus ingresos. Y cuando la economía está en recesión, los ingresos caen y, con esa caída, bajan tanto el gasto como la capacidad de endeudarse.

En ese contexto, surgen las preguntas sobre qué magnitud y cuánto durará la caída, para proyectar cuándo y cuánto se podrá gastar en el futuro o cuánto se podrá solicitar prestado. Y las respuestas dependerán del origen de la crisis y de las acciones que se implementen para superarla.

En este contexto de necesidad de aumentar el gasto, el ministro de Hacienda ha anunciado, primero, una reasignación de recursos del presupuesto de este año, que incluye una reducción de la inversión pública de más de US$ 1.200 millones, y un marco presupuestario para el 2020 que ha denominado “Presupuesto Base Cero Ajustado”, que establece que las reparticiones públicas solo podrán solicitar recursos “con un tope máximo de 90% del presupuesto aprobado en la Ley 2020”.

Es decir, se reduce el gasto en inversión este año, lo que reduce la creación de empleos directos e indirectos y tiene un efecto de contracción en la economía y anuncia una nueva contracción del gasto para el próximo año, cuando la recesión y sus efectos aún no van a haber sido superados. Se dice que se quiere reactivar y debemos creer que eso efectivamente es así, pero el principal instrumento para hacerlo se utiliza en el sentido contrario.

En lo que hoy vivimos, el origen es la pandemia, aunque tenemos otros dos problemas que la complican –la crisis social y la crisis internacional– y la magnitud como la duración de la crisis económica, van a depender de cuánto se prolongue y cuán graves sean las consecuencias sociales de la pandemia. Hasta ahora vamos mal en este aspecto. Todo indica que se han adoptado medidas insuficientes, tardías y con ineficacia, tanto en los aspectos propiamente sanitarios como en los económicos, vinculados al éxito de las medidas sanitarias.

Es casi unánime entre los especialistas que no forman parte del Gobierno, incluso aquellos que formaron parte del mismo y ya no están, que para que tengan éxito las medidas sanitarias se requiere para las familias en cuarentena un apoyo de mayor magnitud, por un mayor plazo y de un monto estable. Para lograrlo, el Gobierno debe aumentar el gasto público.

La diferencia entre el gasto público y el de las empresas, consumidores y familias, es que no depende exclusivamente de los ingresos y ahorros, y que la capacidad de endeudarse está relacionada con la confianza en las instituciones del Estado y la credibilidad de los gobiernos. En el caso de Chile, con una trayectoria de largos años de credibilidad institucional y bajo endeudamiento, las posibilidades de incrementar el gasto público son reales y necesarias, justamente para compensar las disminuciones en el gasto de las familias, consumidores y empresas –lo que se llama políticas contracíclicas o que no siguen el ciclo de crecimiento o caída– para que puedan acatar las medidas sanitarias que la superación de la pandemia exige.

En este contexto de necesidad de aumentar el gasto, el ministro de Hacienda ha anunciado, primero, una reasignación de recursos del presupuesto de este año, que incluye una reducción de la inversión pública de más de US$ 1.200 millones, y un marco presupuestario para el 2020 que ha denominado “Presupuesto Base Cero Ajustado”, que establece que las reparticiones públicas solo podrán solicitar recursos “con un tope máximo de 90% del presupuesto aprobado en la Ley 2020”.

Es decir, se reduce el gasto en inversión este año, lo que reduce la creación de empleos directos e indirectos y tiene un efecto de contracción en la economía y anuncia una nueva contracción del gasto para el próximo año, cuando la recesión y sus efectos aún no van a haber sido superados. Se dice que se quiere reactivar y debemos creer que eso efectivamente es así, pero el principal instrumento para hacerlo se utiliza en el sentido contrario.

El argumento para justificar esta contradicción se busca en la necesidad de equilibrio en las finanzas públicas, cuestión que nadie discute, pero que debe ser entendida correctamente. Ante una crisis de esta magnitud, hay que realizar un gasto compensatorio y reactivador que no será permanente, pero hay que realizarlo y pronto. Y el país tiene capacidad para hacerlo, utilizando sus ahorros o endeudándose. No hacerlo tendrá un costo sanitario, social y económico mucho mayor y, a la larga, deteriorará aún más la convergencia hacia los equilibrios en las finanzas públicas.

El Gobierno sabe que se debe gastar más. Lo que no quiere es comprometer un incremento tributario para financiar ese mayor gasto, una vez superada la pandemia y retomado el crecimiento de la economía, pero eso será inevitable. Lo grave es que ello paralice las iniciativas que son imprescindibles para salir de la triple crisis en que nos encontramos. Así vistas las cosas, el “Presupuesto Base Cero Ajustado” no contribuye a que el país salga adelante y dificulta el acuerdo para superar la crisis económica derivada de la crisis sanitaria. Una nota “cero” puede ser exagerada, pero de todas formas será roja, no da para cuatro.//ELF

Publicado en: Columnas, Notas Etiquetado como: Andrés Palma, Camarada, columna, Columnista, Coronavirus, COVID19, DC, Democracia Cristiana

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