Por Eduardo Reyes
Administrador público y cientista político
Cuando todos los miedos se suman, emerge la valentía de los comunes, que ya nada tienen que perder
Cuando Jesús dice a sus discípulos, que los va a enviar “como a ovejas en medio de lobos”, tenía muy claro que su metáfora animal entrañaba en sí misma una condición elemental del ser humano. Los que son ovejas siempre están en peligro cuando los lobos están cerca y Jesús les dice, vayan hacia los lobos. Entonces, ¿de qué mensaje estamos hablando aquí?; hablamos de uno que entiende que el mundo está gobernado por lobos, que estos en toda literatura representan el impulso de poder y de sed de sangre.
Por su parte, quienes son representados como ovejas (como olvidar “Fuente Ovejuna”) estarán siempre señalados como los débiles, como los que aun sumando más, están en permanente temor, su instinto es a huir y no a enfrentar. Luego, lo que dice el llamado es que las ovejas deben ir hacia los lobos, sabiendo que eso es una actitud temeraria y de alto costo para las ovejas, pero se hace inevitable cuando se trata de supervivencia.
Los chilenos no somos ignorantes de estos significados, ya lo decía Violeta Parra en su “Mazúrquica Modérnica”: “varias matáncicas tiene la histórica, en sus pagínicas bien imprentádicas, para montárlica, hicieron fáltica, las resbalósicas revoluciónicas….”, haciendo notar lo ridículo que es tapar la realidad con relatos ilusorios, utópicos, fácticos o pragmáticos. La sabia Violeta nos entrega con fina sabiduría, lo que es un sentir común de los ciudadanos, transmitidos de generación en generación.
Esto es que cada cierto tiempo los postergados del país, los vulnerados por una élite que usa al Estado para defender sus intereses, se ponen de pie, y como ovejas en medio de lobos, se paran frente a las balas, para recuperar lo que es de todos pues nada tienen más que perder.
La pandemia ha desnudado en el mundo las carencias de la política, el error que implicó que por cuarenta años el mundo haya puesto a la economía por sobre la política, al mercado sobre el estado, al individuo sobre la persona y al consumidor sobre el ciudadano. La promesa, jamás cumplida del Neoliberalismo en Chile, fue aprovechar el cambio tecnológico para aumentar y mejorar el rol del sector privado en la economía y la sociedad. La privatización de empresas públicas, por su parte, tenía por fin mejorar su gestión y entregar más beneficios a los ciudadanos. Pero en la práctica, fue un robo del mundo privado contra el Estado que es de propiedad de todos los chilenos (María Olivia Monckeberg, 2013).
La desregulación de la actividad económica, pensada para crear mercados competitivos, en la práctica generó mayor concentración económica y el desarrollo de monopolios en todas las áreas estratégicas de la economía nacional, a tal punto que hoy la gran mayoría de la población vive en la frontera entre la dignidad y la pobreza, debido a la incertidumbre de poder pagar las deudas contraídas con las privatizadas.
Cuando Thomas Hobbes escribe “Leviatán” (1651), entendía claramente esta cuestión, que no es posible que una condición de dominación y control absolutos, sean capaces de traer la paz a la comunidad. Por eso es que el autor entiende como necesario, crear el monstruo humano y divino, construido con la cesión de nuestra voluntad soberana, para que el fruto de nuestras decisiones, estén cautivas en la norma legal, en instituciones que luego toman dinámica propia y someten por el peso de su investidura. Por tanto, si hemos cedido parte de nuestra soberanía a favor del gran Leviatán, lo mínimo exigible es que este monstruo creado, no termine comiéndose a sus creadores, o a gran parte de éstos, pues ¿cómo va a ser posible que elijamos representantes para luego ser pasto de su fuego, objetos de su voluntad?
Pero, “he aquí, que yo os envío como a ovejas en medio de lobos”. Luego entonces, es necesario preguntarnos acerca de cuál debiera ser la virtud, que hace finalmente, que las ovejas puedan triunfar en un mundo dominado por lobos. Mucho se ha hablado en este tiempo acerca de la pérdida de confianza, como un valor intrínseco de las personas para la relación social, y por ende base de las relaciones políticas al interior de una sociedad dada. Y es tan importante, porque cuando hay ausencia de confianza individual y social, naturalmente se inhibe los actos de reciprocidad, y sin éstos, la cooperación se hace imposible. Suele plantearse la confianza como una tríada, integrada por una persona que confía, una segunda persona en quien se deposita esa confianza y luego está también el interés común, que es la razón por la cual se establece dicha relación (Hardin, 2004).
Pero, ¿cómo puede haber confianza entre meros consumidores? En un mundo regulado por transacciones puntuales y efímeras, la confianza nace y desaparece en el acto de vender y comprar. Luego entonces, qué hace que la confianza sea genuina y perdurable, de largo aliento. Esa confianza, que se gana a través del tiempo, responde a una trayectoria histórica de un vínculo que se nutre y es capaz de proyectarse hacia el futuro. El mercado puede desarrollarse y funcionar perfectamente siempre que se apoye en una comunidad fuerte, con sentido de identidad, que sabe que en los otros encontrará refugio y consuelo durante los momentos difíciles; a la vez que encontrará oportunidades y logros en los momentos de bonanza. Cuando no existe esta comunidad fuerte, que sólo se desarrolla al amparo de instituciones igualitarias e inclusivas, el mercado actúa de manera cruel (Aylwin, 1990), se aprovecha de la debilidad de la comunidad y abusa del monopolio, aprovechándose de la desprotección estatal.
Una de las características del tiempo presente en nuestro país, es cuantas veces los gobernantes y en particular el presidente, apelan a dios para intentar empatizar con las creencias del pueblo chileno. Pero de tanto manipularlo verbalmente, el concepto comienza a convertirse en un uso vano, carente de contenido sustancial, como en una realidad hueca, sin contenido ni sentido, lo que es más propio de las distintas formas de hipocresía, formalista y normalmente falso. Es pues finalmente, usar el nombre de dios sin verdad alguna.
¿Qué es entonces lo que mueve ideológicamente al gobierno de Sebastián Piñera, a desarrollar políticas asistencialistas y paternales para paliar los efectos sociales de la pandemia? La idea de que se puede ser conservador y a la vez actuar en favor de los más carenciados, sin por ello negar la virtud del actuar individual en la sociedad, es lo que en los EE.UU. se ha denominado “conservadurismo compasivo”, término con que los halcones del “neocon” estadounidense blindaron a George Bush, en la disputa de las primarias republicanas del 2000.
Esta ideología, que entronca perfecto con la historia de la oligarquía social y económica chilena, y que subyace en los gobiernos derechistas de Sudamérica, ha sido definida por el premio nobel de economía Paul Krugman (2007), como un “silbato para perros” hacia los conservadores cristianos, que basan su actuar social en administrar el paternalismo asistencialista del Estado, para mejorar el bienestar de los más carenciados.
En lo profundo de esta creencia está la idea, que con soltura y liviandad subrayó la diputada de la UDI María José Hoffman, cuando plantea que no debe ocurrir que “los pobres se acostumbren a depender del Estado”. Detrás de la acción social compasiva del gobierno, respira con afán la convicción histórica de la derecha chilena, de que el pobre debe ayudarse a sí mismo, que no es la sociedad la culpable de su pobreza, y que por tanto la caridad que se hace en esta acciones, merece asumir que el donante tiene el derecho de investigar, y de alguna forma también, dictar en la vida del receptor de la compasión.
Para la derecha chilena, las acciones de octubre son un desafío a la autoridad del Estado, como si éste fuera algo distinto y aparte de los ciudadanos, como si las leyes no fueran creadas para el amparo de los derechos civiles, sino para proteger los privilegios de una minoría que financia las campañas y administra grandes cuotas de poder político y económico, desde fuera de las instituciones, queriendo confundir el sagrado derecho democrático a la protesta, con una suerte de carnaval de violencia, producto de mentes afiebradas y no representativas.
Los marchas de varios millones en todo el país, quieren mostrárnoslas como violentismo desestabilizador, hablando incluso de terrorismo, ofendiendo de este modo a quienes masiva y pacíficamente se han manifestado. Han mezclado conscientemente hechos violentos y repudiables (que el gobierno debe perseguir y aclarar) con el enfado justo de la mayoría de los chilenos con la marcha del país, protestas que deben ser respetadas y protegidas por el Estado, en la búsqueda de tener una cada vez mejor democracia.
Trabajar por la unidad política y social para cambios estructurales del modelo, es la necesaria salida al conflicto desatado entre los chilenos y sus gobernantes. Pero esta unidad de propósitos no es un producto de fácil construcción, la democracia debe producirse y fortalecerse desde la base y dese las regiones, asumiendo con todos el destino común. La idea de “unidad” vinculada a la idea de “guerra”, discurso que ha elegido el presidente Piñera, considera la crítica como una amenaza y los argumentos de los ciudadanos informados, como un estorbo cuando contradicen la idea preconcebida por el gobernante.
Esto lo hemos observado en las respuestas del ministro de salud a las observaciones de la prensa y a los documentos académicos de variada índole, que pusieron en duda la estrategia del gobierno. Sólo cuando el error y la mentira fueron evidentes, entonces recularon y llamaron a hacer un acuerdo. Pero pedir unidad en esas condiciones es pedir obediencia sobre un discurso vacío.
La enfermedad que obliga a encerrarnos, ha desnudado todas las debilidades de nuestro sistema político, por eso mantenerse en la creencia de que los chilenos más vulnerados pueden hacerse responsables de su propio destino, no sólo es cruel, sino que niega la importancia para el desarrollo del país de una inmensa masa de ciudadanos, que sólo podrán florecer cuando el Estado provea de reales oportunidades a todos los que nacen bajo el sol de Chile.
Hoy, sin embargo, las “ovejas” ha perdido el pudor, la pandemia galopante las ha reunido en torno a una “olla común”, compartiendo el plato tibio, con los que sienten y viven como ellos, guardando su impotencia y su dolor para más adelante; han transmutado su natural temor en coraje, que le permitirá, cuando el actual trote pandémico vaya disminuyendo, enfrentarse a los “lobos”, porque han dejado de ser masa informe, para concebir la idea de un futuro mejor, construido juntando las manos y volviendo a confiar en el prójimo; la historia demuestra, desde Roma hasta nuestros días que cuando eso ha ocurrido, a las ovejas les ha ido bien.
¿Cómo es entonces que salvaremos al Estado de sus actuales manejadores? A comienzos de abril, el premio nobel de economía Joseph E. Stiglitz, en una entrevista al diario madrileño El País, dijo: “Se está demostrando el error fundamental del liberalismo y es que los mercados por sí solos no pueden manejar esta crisis, por eso estamos acudiendo al Gobierno. Los mercados tampoco nos prepararon porque siempre tienen una visión incompleta de los riesgos. En Estados Unidos los hospitales no tenían camas extra y las empresas funcionaban con sistemas de inventario ‘just in time’. Todo bien hasta que tienes un problema. Entonces es un desastre. Es como llevar el coche sin rueda de repuesto. Si pinchas, los costes son enormes”.
Por cierto esta no es una opinión única ni aislada, varios premios nobel y pensadores en el campo de las ciencias sociales, han sido de la opinión de que el Estado vuelva a asumir un rol protagónico en regular los mercados, particularmente con los sistemas de seguridad social, aunque sin que eso implique estatizar la economía. Hoy, después de varias décadas, son muchas las voces que consideran necesario retomar algunos de los postulados de lo que históricamente se llamó el “Estado de Bienestar”. Entre otras cosas, se piensa con razón, que al subvencionar la educación, la salud y fortalecer la garantía de los derechos laborales, las personas actuarán de manera menos egoísta y se reforzará el capital social comunitario, recuperando la confianza social y política.
Por tanto, lo relevante hoy es cambiar la perspectiva de la cultura política en Chile, la que ha sido dominada desde la dictadura hasta hoy, por la idea de que la política es una actividad particular de individuos, que actúan en la vida social a partir de visiones únicas, las que al chocar con otras visiones únicas, provocan un resultado que afecta y condiciona lo común.
Es como si la sociedad fuera el producto de decisiones y acciones dirigidas por una élite consiente, que concibe el mundo como algo dado y no problemático. Esta concepción ve las estructuras sociales como meros agregados de actos individuales, pero no da cuenta del comportamiento de la sociedad como un todo único, con identidad propia, distinta a los individuos que la componen y la sufren o disfrutan.
Finalmente el conflicto que se ha producido entre los chilenos y sus instituciones, se puede observar como el choque de placas tectónicas, primero la placa de la impugnación al modelo de sociedad, que no ha logrado generar desarrollo para una amplia mayoría, versus la placa institucional, que sostiene este modelo, y que ha significado la creación de una verdadera casta de privilegiados, los cuales no conocen ni se vinculan con los vulnerados del modelo. Esta situación ya no es soportable para la mayoría, porque provoca inequidad, injusticia social y separación entre los chilenos.
Las ovejas ya no tienen nada que perder, frente a eso, sólo queda conocer cuanto va a costar acceder y aceptar las demandas de la ciudadanía, o en caso contrario, como parece querer el gobierno, se va a deslegitimar las razones de la protesta y se va a criminalizar a quienes salgan a pedir justicia social. Hay que estar en el lado correcto, y éste no es otro que unirse a las demandas ciudadanas por un cambio al modelo de desarrollo.//ELF






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