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En la Fontana

A reconstruir la centroizquierda

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Columnas

Gobierno de mayoría

septiembre 25, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Rodolfo Fortunatti

Sociólogo DC

El sello político de dicho gobierno no puede ser sino el de una alianza de centroizquierda. Como lo demuestra la experiencia de hace cincuenta años, la configuración de una mayoría para cambiar la estrategia de desarrollo y radicalizar la democracia, depende crucialmente de la voluntad de las fuerzas políticas de centroizquierda. Porque no vendrá de los sectores que instituyeron la Constitución del 80 y el Código de Aguas.

Más de la mitad del tiempo que dura el gobierno de Sebastián Piñera habrá transcurrido, como en su primera administración, en medio de la inestabilidad y de una débil gobernabilidad democrática, sumadas ambas a la baja popularidad del presidente y del gabinete de ministros.

La razón de fondo no ha de buscarse más allá de la presencia de una alianza política minoritaria y desarticulada, como la constituida por los partidos de derecha, y la reprimida acumulación de demandas y expectativas insatisfechas esperando ser atendidas y, en lo posible, saldadas. La razón está precisamente aquí: la derecha nacida al amparo de la Constitución del 80, no puede gobernar porque no sabe cómo hacerlo. Han debido acudir en auxilio del gobierno y del restablecimiento de su aplomo institucional, dirigentes de partidos de oposición, incluso abandonando su domicilio político, y a un alto precio que, probablemente, sus propios electores les cobrarán en los comicios que se avecinan. Esta debilidad la advierte Joaquín Lavín cuando señala que estará disponible para asumir la sucesión presidencial en una alianza de convivencia nacional que, sin embargo, es rehuida por su sector.

Realismo sin renuncia

Es cierto que también la popularidad del gobierno de la presidenta Michelle Bachelet marcó un bajo rating, y que su conglomerado mostró signos de desafección y pérdida de cohesión. Pero ello fue posible porque desde que asumió y hasta que dejó el Palacio de Gobierno, operó un bloqueo a ratos conspirativo —como la invención del caso Caval, su inminente abdicación o su inhabilitante estado de salud―, contra el programa de reformas que comprometió en las primarias de 2013.

El obispo de la iglesia Católica Alejandro Goic calificó las primeras iniciativas de frenesí legislativo. Soportó estoicamente el fuego amigo, eufemismo con el que suele nombrarse a la oposición interna no declarada, pero persistente y desembozada. Contaba acaso tres meses de gobierno cuando los liberales la notificaron que la Nueva Mayoría no era en verdad una coalición, como lo había sido la ex Concertación, sino algo menor, un acuerdo programático con fecha de vencimiento. Desde luego, una inconsistencia la suya, pues ninguno de ellos deseó que la ex Concertación fuera la alianza que llegó a ser y, menos aún, que pudiera durar veinte años y ofrecerle al país dos presidentes democratacristianos y dos socialistas.

Se hicieron concertacionistas en la medida que moderaron su anticomunismo. Resiliente como es… ¡incluso a la adversidad que halló en sus propios ministros!, introdujo en el diseño gubernamental el ajuste conocido como de realismo sin renuncia que le permitió llegar hasta el final de su mandato presidencial. Es claro que no pudo responder, como hubiera querido, a la contenida demanda ciudadana, y prueba de ello es que casi al momento de entregar el gobierno, despachó al Congreso el proyecto de cambio constitucional.

Fin del principio de subsidiariedad política

¿Dónde radica entonces la diferencia entre la gobernabilidad de Bachelet y la de Piñera? En dos hechos íntimamente conectados y metodológicamente demostrables. El primero es que la centroizquierda que volvió a levantar la candidatura de Michelle Bachelet fue mayoría en las primarias de 2013; luego, en la primera vuelta de noviembre, y en la segunda vuelta de diciembre del mismo año. Ello se reflejó asimismo en la composición del Parlamento del año 2014. La centroizquierda también marcó su impronta en la integración del Congreso de 2018, no obstante haber cedido el paso a Piñera en la competencia presidencial. Todo lo cual remacha la condición minoritaria de la derecha. Hace no más de algunas horas la oposición reafirmó su adhesión a la institucionalidad jurídica del Estado, al respaldar lo obrado por el Contralor en el ejercicio de sus facultades fiscalizadoras sobre las actuaciones de funcionarios de Carabineros durante el Estallido Social, amparadas sin embargo por el Gobierno.

El segundo hecho que distingue al actual gobierno del que le precedió, es que las principales realizaciones por las que será recordado y pasará a la historia, pertenecen a la oposición. Son iniciativas de la oposición, amén de otras igualmente trascendentales, la reforma que permite poner término a la Constitución de 1980, y el retiro del diez por ciento de los fondos de las AFPs. Por cierto, serán simbólicamente diluidas en el almíbar de los llamados consensos transversales para bien de toda la población y de los que nadie debería restarse. Por el contrario, ¿quién podría negar que son reformas propias del programa de Bachelet el fin del sistema electoral binominal, la creación del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, el fin del lucro, la selección y el copago en educación, la Ley Ricarte Soto por la cual se pueden financiar enfermedades de alto costo, la gratuidad en la educación superior, la ley que fortalece el carácter público y democrático de los partidos políticos y facilita su modernización, la ley que despenaliza el aborto en tres causales, y la ley de nueva educación pública?

Pero esta práctica, donde las mayorías van en auxilio de las minorías cuando éstas no pueden gobernar, debe terminar. Este régimen de subsidiariedad política que se activa en circunstancias de ingobernabilidad e inestabilidad, debe acabar, precisamente porque eterniza la vulnerabilidad del sistema democrático.

30 años, 32 dictaduras y una barrera sin sentido

Las lecciones de los gobiernos de Bachelet y Piñera enseñan que el actual trance histórico, que no es la emergente crisis sanitaria, social, económica, ambiental y política, sino el orden que causa la vulnerabilidad del país ante éstas, y, especialmente, la exposición al riesgo de las clases medias y populares, solo puede ser sobrellevado por un gobierno de mayoría con un fuerte apoyo parlamentario.

El sello político de dicho gobierno no puede ser sino el de una alianza de centroizquierda. Como lo demuestra la experiencia de hace cincuenta años, la configuración de una mayoría para cambiar la estrategia de desarrollo y radicalizar la democracia, depende crucialmente de la voluntad de las fuerzas políticas de centroizquierda. Porque no vendrá de los sectores que instituyeron la Constitución del 80 y el Código de Aguas.

Si no hay unidad de esas fuerzas y, por consiguiente, si no hay acuerdo sobre un programa común, no será posible avanzar. Presionar las condiciones sin ser mayoría y a cualquier precio para tornarlas objetivamente favorables a la reforma, solo conduce a la ruptura y a la confrontación civil y política. Bachelet era consciente de la lasitud que afectaba a todo el arco político de su coalición, y, por eso, pasó a la fase del realismo sin renuncia, es decir, a priorizar las acciones de gobierno y a darles viabilidad financiera, técnica y política.

Pero aquel diseño culminó en la derrota de Alejandro Guillier, y quedó totalmente desechado en el Estallido Social de 2019, que puso de manifiesto la necesidad de mayor profundidad y celeridad de los cambios. Resulta evidente que frente a este nuevo estado de madurez del país, hay comportamientos políticos que han pasado a la vanguardia, mientras que otros han permanecido en un rezago apático. Está fuera de la coyuntura condicionar la formación de este conglomerado mayoritario a la adhesión o condena de los países con menor grado de desarrollo democrático.

Hay 32 dictaduras firmes en el mundo, con varias de las cuales Chile mantiene relaciones diplomáticas y comerciales. Dictaduras comunistas, como China y Vietnam, donde nuestros exportadores de frutas gustan de tomarse fotografías. Dictaduras como Egipto, Qatar y Arabia Saudí. Si se propusiera romper con ellas antes de arribar a un pacto, la barrera sería tan difícil de sortear como la Gran Muralla.

Tampoco daría frutos condicionar el nacimiento de un nuevo y amplio conglomerado, a la crítica de los treinta años de políticas públicas de la Concertación. En tal caso el esfuerzo unitario quedaría reducido al mínimo, porque nada puede construirse hacia el futuro, sino sobre los progresos pasados, conquistados bajo una democracia, tutelada, semi-soberana y subsidiaria de los partidos y representantes de derecha. Herencia política que defenderán democratacristianos, socialistas, radicales, pepedés, liberales, izquierda-cristianos, mapucistas y comunistas. No tiene mucho sentido esta credencial de coherencia.

Como no lo tiene negarse a un mecanismo de selección del o la candidata presidencial y de los contenidos programáticos de una propuesta. Lo que queda claro, como el agua que corrió el 2017, es que separados a primera vuelta es una derrota segura para la centroizquierda, y sobre todo, para la gente que ha sufrido y que anhela la paz. //ELF

*PD: Columna publicada en LaVozDeLosQueSobran.cl

Publicado en: Columnas, Notas Etiquetado como: columna, Columnas, Columnista, Rodolfo Fortunatti

Financiar las pensiones con el IVA es inaceptable

septiembre 23, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Francisco Huenchumilla

Senador DC y exIntendente de la Región de La Araucanía

El 18 de septiembre (¿aprovechando el feriado?) el gobierno filtró el anuncio que propone resolver la reforma del sistema de pensiones para evitar que el tema llegue a la Convención Constitucional y sea parte de la discusión sobre el país que queremos construir. Una vez más la derecha busca mecanismos que le permitan resolver temas que teme perder en una discusión más general.

La derecha parece aceptar que tener pensiones básicas universales tiene que ser parte de la solución. Incluso Horizontal, centro de estudios de Evópoli, ha planteado que se podría partir con una pensión básica universal (PBU) de doscientos mil pesos mensuales. Eso sacaría a los jubilados de menores ingresos por encima de la línea de pobreza y puede ser un punto de partida. También parecen aceptar que esto tiene que ser financiado con impuestos.

Las discrepancias parten en este punto. Hay que resolver qué impuestos.

Chile Vamos, la coalición política de la derecha, fiel a sus principios, quiere que los impuestos los paguen los pobres subiendo el IVA en un punto porcentual.

Como todos estamos de acuerdo en que el IVA es un impuesto regresivo, han buscado artimañas comunicacionales para hacerlo más aceptable hablando de un “impuesto al consumo”. En Chile ese impuesto se llama IVA. Elevar el IVA en un punto porcentual llevaría la tasa del impuesto a 20%, por encima de la tasa promedio de la OCDE, y se estima que generaría ingresos por unos US$1.300 millones.

Desde luego, hay una alternativa que no es regresiva. Elevar los impuestos a las rentas que pagan los más ricos. Esto tienen dos ventajas. La primera, es que pagan más los que más tienen, como es de toda y evidente justicia.

La segunda es que nos acercaríamos, aunque lentamente, a la participación que tienen en la OCDE los impuestos a la renta: 60% de la recaudación total versus sólo 40% en Chile. ¿Por qué habría que superar a la OCDE en IVA y no igualarla en impuestos a la renta de los más ricos? Seguramente formular una respuesta molesta a nuestros compatriotas de la derecha más acomodada.

La argumentación de la derecha va más allá de cómo se financia la PBU. Lo que busca, estratégicamente, es defender el negocio de las AFP, uno de los más rentables del país. Si el tema de los jubilados de menores ingresos queda resuelto por la vía que ellos mismos paguen por sus jubilaciones con sus compras de alimentos y medicinas, entonces el 6% de cotización adicional podría ir en su totalidad a las AFP, aumentando el tamaño del negocio.

Para que la oposición se allane a un acuerdo nos ofrecerán crear una AFP estatal que con el tiempo podría llegar a tener una pequeña parte del negocio. Como el negocio es enorme y se financia con los sueldos de todos los trabajadores, no les importa perder una parte menor de una gran y apetitosa torta de miles de millones de dólares.

Una vez más el gobierno de Piñera busca sacar las castañas del fuego con las manos de los pobres, como la ha hecho con buena parte de las medidas adoptadas para paliar los efectos de la pandemia que aqueja al país.

No pierdo la esperanza que la oposición esté unida para evitar este nuevo abuso y que nos demos el tiempo para establecer un verdadero sistema de seguridad social, que saque a los jubilados de la pobreza y que asegure que eso lo hagamos entre todos de acuerdo con nuestra capacidad de aportar y no a expensas de los pobres vía un impuesto al consumo.

Por último, inevitablemente el tema de las pensiones estará en el debate de la futura Constitución Política por la miopía de la derecha y de los grupos económicos que no entienden que este es uno de los pilares del modelo que nos divide como país y que requiere de un consenso de todos los sectores.

La vieja derecha no quiere aprender que se le acabaron los tiempos de las maniobras tácticas, el siglo 21 y el proceso constituyente requieren de visiones estratégicas.//ELF

Publicado en: Columnas, Notas, Politica Etiquetado como: columna, Columnista, congresista, Francisco Huenchumilla, Senador

Chile necesita urgentemente otra ciencia

septiembre 21, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Jorge Gibert

Ph.D. EICO Universidad de Valparaíso – Corporación un Nuevo Chile es Posible.

Los indicadores de producción científica en los últimos 10 años en Chile son espectaculares. Incluso más que los resultados de la década anterior. La producción de “papers” ha pasado de 6.500 trabajos (2010) a más de 13.400 (2019) por año.

Esto significa que uno o más científicos, un grupo de investigación, han sido capaces de publicar en revistas científicas especializadas un texto, de entre 5 y 25 páginas, sobre resultados de investigaciones originales en más de 200 áreas del saber.

Es un logro extraordinario, sobre todo tomando en consideración que la cantidad de científicos por millón de habitantes es bajo y el presupuesto que Chile dedica a la investigación científica es una cifra equivalente a las donaciones privadas que recibirá el Massachusetts Institute of Technology (MIT) para fundar su Facultad de Inteligencia Artificial. Sin embargo, ¿cuál es el impacto?, ¿cuál es la utilidad de esta capacidad? Hay varias maneras de medir el impacto. Una forma directa es a través de las citaciones asociadas a esta producción.

Cuando el autor de un paper científico cita, hace referencia a otro paper, esto significa que el contenido del paper citado es interesante, principalmente porque aporta un hallazgo o un punto de vista original que cabe reconocer. Si tomamos este indicador, las citaciones están cayendo sistemáticamente desde el año 2015. Esto significa que la relevancia de los trabajos publicados es menor que hace 5 o 10 años.

Con todo, parece no ser un problema local, sino generalizado. La utilidad es más esquiva, pero es posible relacionar de manera indirecta con otros indicadores como el PIB o la calidad del sistema de educación superior. Se usa el PIB porque existe evidencia estadística robusta que indica que a mayor producción científica, mayor crecimiento económico. Esta evidencia también aplica para los países en vías de desarrollo. Como el crecimiento económico chileno ha sido mediocre en los últimos 20 años, se podría suponer que la utilidad de la ciencia en la economía es baja. El otro indicador es la calidad del sistema de educación superior. ARWU 2020, un prestigioso ranking mundial de universidades, sostiene que Chile tiene, de un total de 60 universidades, 4 dentro del grupo de las 1.000 mejores.

Alemania, con algo más de 110 universidades, ubica a 49 de ellas en el selecto grupo; mientras Sudáfrica, con 26 universidades, posee 9 instituciones entre las mejores del mundo. Sin importar el ángulo, el diagnóstico indica que algo no funciona.//ELF

Publicado en: Columnas, Notas, Politica Etiquetado como: Ciencia en Chile, científicos, columna, Columnista, Jorge Gilbert, la política

Chile necesita urgentemente otra ciencia

septiembre 19, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Jorge Gibert

Ph.D. EICO Universidad de Valparaíso – Corporación un Nuevo Chile es Posible.

Los indicadores de producción científica en los últimos 10 años en Chile son espectaculares. Incluso más que los resultados de la década anterior. La producción de “papers” ha pasado de 6.500 trabajos (2010) a más de 13.400 (2019) por año.

Esto significa que uno o más científicos, un grupo de investigación, han sido capaces de publicar en revistas científicas especializadas un texto, de entre 5 y 25 páginas, sobre resultados de investigaciones originales en más de 200 áreas del saber.

Es un logro extraordinario, sobre todo tomando en consideración que la cantidad de científicos por millón de habitantes es bajo y el presupuesto que Chile dedica a la investigación científica es una cifra equivalente a las donaciones privadas que recibirá el Massachusetts Institute of Technology (MIT) para fundar su Facultad de Inteligencia Artificial. Sin embargo, ¿cuál es el impacto?, ¿cuál es la utilidad de esta capacidad? Hay varias maneras de medir el impacto. Una forma directa es a través de las citaciones asociadas a esta producción.

Cuando el autor de un paper científico cita, hace referencia a otro paper, esto significa que el contenido del paper citado es interesante, principalmente porque aporta un hallazgo o un punto de vista original que cabe reconocer. Si tomamos este indicador, las citaciones están cayendo sistemáticamente desde el año 2015. Esto significa que la relevancia de los trabajos publicados es menor que hace 5 o 10 años.

Con todo, parece no ser un problema local, sino generalizado. La utilidad es más esquiva, pero es posible relacionar de manera indirecta con otros indicadores como el PIB o la calidad del sistema de educación superior. Se usa el PIB porque existe evidencia estadística robusta que indica que a mayor producción científica, mayor crecimiento económico. Esta evidencia también aplica para los países en vías de desarrollo. Como el crecimiento económico chileno ha sido mediocre en los últimos 20 años, se podría suponer que la utilidad de la ciencia en la economía es baja. El otro indicador es la calidad del sistema de educación superior. ARWU 2020, un prestigioso ranking mundial de universidades, sostiene que Chile tiene, de un total de 60 universidades, 4 dentro del grupo de las 1.000 mejores.

Alemania, con algo más de 110 universidades, ubica a 49 de ellas en el selecto grupo; mientras Sudáfrica, con 26 universidades, posee 9 instituciones entre las mejores del mundo. Sin importar el ángulo, el diagnóstico indica que algo no funciona.//ELF

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Reflexiones sobre lo esencial de una nueva constitución

septiembre 18, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Gonzalo Martner

Ex PS

Ahora que se acerca la decisión de tener o no una nueva constitución, y en días en que celebramos el nacimiento de la república que consagró la emancipación nacional de la corona española, vale la pena discutir ampliamente sobre qué debe representar una constitución en el siglo XXI.

Pero primero cabe hacer un pequeño paréntesis sobre nuestra historia, en la que las cosas parecen que son pero no son, o lo son mucho después de lo que se supone. La independencia se produjo en realidad no el 18 de septiembre de 1810 sino el 12 de febrero de 1818. En efecto, el 18 de septiembre de 1810 la junta de gobierno se pronunció sobre lo siguiente: «¿Jura usted defender la patria hasta derramar la última gota de sangre, para conservarla ilesa hasta depositarla en manos del señor don Fernando VII, nuestro soberano, o de su legítimo sucesor; conservar y guardar nuestra religión y leyes; hacer justicia y reconocer al supremo Consejero de Regencia como representante de la majestad Real?». Nada muy revolucionario, en verdad, sino muy legitimista frente a la invasión napoleónica de España.

En cambio, el preámbulo del decreto de independencia de 1818 (cuya fecha y lugar son hasta hoy materia de controversia, pues fue firmado una vez en Concepción, otra vez en Chillán y solemnizado en Santiago, con la correspondiente reivindicación local) señala: «Si están cortadas las relaciones de este estado con la antigua metrópoli, si están rotas las ignominiosas cadenas que nos sujetan a ella, y si, para decirlo de una vez, está declarada de hecho por el voto general la independencia política de este estado, parece infundado diferir esta solemne declaración, sin la cual nuestros sacrificios no tendrán el carácter de esfuerzos hechos por hombres libres, y acaso serán confundidos con las pretensiones en que suelen entrar los esclavos para arrancar un partido ventajoso a sus amos. Sin esta declaración, no ocuparemos el rango debido en el cuadro de las naciones, no obtendremos de ellas la protección a que es acreedora la justicia de nuestra causa». La teoría nacional del «de a poco vamos arando», sin que se sepa muy claramente para sembrar exactamente qué, encontró finalmente su cauce.

Volvamos a nuestro tema: el debate sobre la nueva constitución es en realidad el debate sobre una nueva república y debemos hacerlo con la mayor amplitud posible en los próximos meses. Este no es un tema de especialistas en derecho constitucional (quien escribe esto no lo es, desde luego) sino de la sociedad y de todos sus componentes.
Partamos por lo negativo, obligados por un necesario rechazo a lo que tenemos. Para que nunca más se considere legítima una norma impuesta a sangre y fuego, debemos solemnemente dejar atrás una constitución redactada por una dictadura para consagrar la restauración oligárquica en Chile. Aunque fue reformada en 1989 para dar paso a la transición (su proceso está descrito en http://www.memoriachilena.gob.cl/archi…/pdfs/MC0042474.pdf) y luego en democracia múltiples veces, ha mantenido la inaceptable impronta del poder de veto de una minoría que representa los intereses de las oligarquías económicamente dominantes.

La actual constitución es en esencia una máquina de impedir que se gobierne de acuerdo a las decisiones de la mayoría. Se trata del insólito concepto de «democracia protegida» enunciado por Jaime Guzmán, es decir protegida de su principio básico, el de que las opciones mayoritarias prevalezcan en la vida social por sobre privilegios de cualquier índole, lo que no impide respetar el derecho de las minorías a expresarse libremente y a procurar transformarse en mayoría. Subyace a esa concepción de Guzmán la idea elitista de una jerarquía social natural, de un supuestamente necesario dominio de hecho de unos pocos sobre los muchos, que la propia constitución, y si es necesaria la fuerza, no deben permitir sea cuestionado.

El resultado es que ha quedado marcada la idea en la sociedad de que la constitución manda gobernar en función de determinados intereses minoritarios y que ahora debe hacerse lo propio, pero en función de intereses mayoritarios.
En mi opinión (seguramente, como casi siempre, muy minoritaria, qué se le va a hacer), ese no es un enfoque adecuado. Una nueva constitución no debe ser un programa para gobernar, es decir para desarrollar políticas desde el Estado. Debe ser el marco para gobernar, ya sea que las políticas sean de un tipo u otro tipo o bien representen visiones o intereses alternativos.

La acción de gobierno es la que se propone satisfacer las necesidades individuales y colectivas de las personas viviendo en sociedad. Variará según las visiones, intereses, objetivos, prioridades y énfasis de los/las que reciban el mandato de gobernar, que la ciudadanía está llamada a validar o reemplazar periódicamente al elegir a los gobernantes y legisladores. Lo propio ocurre con las competencias regionales (ordenamiento territorial, infraestructura regional, fomento productivo, coordinación de los servicios sociales), ahora que elegiremos gobernadores regionales además de consejeros, y las competencias locales (múltiples tareas de servicio directo y cotidiano a la comunidad) a cargo de alcaldes y concejales con toda la diversidad de la sociedad y de sus territorios.
¿Cuáles deben ser, entonces, las definiciones básicas a establecer en una nueva constitución, ya que no programas de gobierno?

Primero, la definición según la cual Chile es una República, cuya soberanía reside en el pueblo y solo en el pueblo.
Segundo, la definición de que la chilena es una república democrática regida por un Estado de derecho, en la que la soberanía se expresa a través de representantes electos periódicamente por la ciudadanía y de referendums. El Estado de derecho provee los marcos para la toma de decisiones públicas sujetas al gobierno de las reglas y no a la voluntad arbitraria de las personas que ejercen el poder político y para que estas decisiones no puedan violentar derechos de la ciudadanía sino hacerlos efectivos.

Una república democrática en la que prevalece el Estado de derecho no consagra el control de los gobernados por los gobernantes, como en la visión autoritaria y oligárquica, sino al revés, es decir el control de los gobernantes por los gobernados, junto con establecer mecanismos de protección de los derechos de los gobernados. Por ello, los gobiernos siempre son de turno (ojalá deje de usarse la expresión «gobierno de turno» de modo despectivo, pues por definición en democracia los gobiernos lo son: si no fuera así estaríamos en presencia de una dictadura).

El Estado de derecho es indispensable para la cautela de derechos fundamentales inherentes a todos los seres humanos, inalienables y aplicables en igual medida a todas las personas. La nueva constitución debe hacer suya la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 que establece que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”, que “todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona” y que “todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protección de la ley. Todos tienen derecho a igual protección contra toda discriminación”.

Para consagrar su estabilidad, esta parte de la constitución no debe poder ser modificada por la mayoría (nunca con quórums que consagren un poder de veto de la minoría, pues se trata de un principio antidemocrático) sin el pronunciamiento en el mismo sentido de dos legislaturas sucesivas.

Tercero, la definición se debe completar consagrando que la república es un Estado democrático y también social de derecho. El Estado social reconoce derechos colectivos y el derecho legítimo no solo de los individuos sino también de grupos sociales y sus representaciones (sindicatos, juntas de vecinos y territoriales, colegios profesionales, agrupaciones empresariales o de actividad) de incidir en las decisiones públicas, en el marco de la prevalencia del interés general a cargo de los órganos de representación de la soberanía popular.

El individuo es necesariamente miembro de diversas comunidades a las que deben reconocerse derechos fundamentales, cuya violación constituye una vulneración de los derechos fundamentales de la persona al hacer ilusoria su libertad. Estos derechos colectivos son indispensables para que los individuos alcancen su autodeterminación.

Cuarto, el Estado democrático y social de derecho chileno debe ser uno que reconozca, fruto de la historia, su carácter plurinacional, es decir un Estado construido como expresión de una nación de naciones, en la que los pueblos-naciones originarios tienen derechos colectivos en el marco de un Estado de derecho común. No olvidemos lo escrito solemnemente por Bernardo O’higgins el 12 de marzo de 1819: «Araucanos, cunchos, huilliches y todas las tribus indígenas australes: ya no os habla un Presidente que siendo sólo un siervo del rey de España afectaba sobre vosotros una superioridad ilimitada; os habla el jefe de un pueblo libre y soberano, que reconoce vuestra independencia, y está a punto a ratificar este reconocimiento por un acto público y solemne, firmando al mismo tiempo la gran Carta de nuestra alianza para presentarla al mundo como el muro inexpugnable de la libertad de nuestros Estados».

Quinto, la definición de que el Estado es unitario (las leyes rigen para todo el territorio), pero al mismo tiempo es desconcentrado para ejercer determinadas responsabilidades (la aplicación de la ley y de las políticas gubernamentales se puede transferir a órganos con grados de autonomía en el territorio, aunque sujetos a instrucciones jerárquicas) y es descentralizado para ejercer determinadas competencias (las regiones y comunas pueden establecer normas propias para sus funciones y atribuciones exclusivas, y sus autoridades elegidas están sujetas a la ley pero no a instrucciones jerárquicas).

La ley, democráticamente establecida y modificada en su caso de acuerdo a las preferencias de los ciudadanos expresadas por sus representantes en deliberaciones periódicas o directamente mediante referendum o iniciativa popular de ley, es la llamada a concretar estos principios básicos de la república. Corresponde en primerísimo lugar a la constitución enunciarlos formalmente, junto a los derechos fundamentales y a la organización de los poderes del estado y su control, los que derivan de estos principios, incluyendo la organización de los poderes estatales, su separación y mecanismos de control mutuo y los mecanismos de participación de los gobernados en las decisiones públicas.//ELF

Publicado en: Columnas, Notas, Politica Etiquetado como: columna, Columnista, Gonzalo Martner

Medio ambiente desprotegido: Arrogancia de especie

septiembre 11, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por David Pellizzari Ossa

Nuestro Estado, nuestra Constitución, nuestra legislación en general, no protegen el medio ambiente, no protegen nuestro entorno, ni la naturaleza, no le asignan valor en si mismo suficiente para ser considerado un sujeto de protección legal o Constitucional, este es el resultado de un proceso de mercantilización de nuestro Derecho y de la Política medioambiental, para ser justos, no solo en nuestro país, pero, siendo Chile la Corea del Norte del neoliberalismo, este fenómeno es particularmente grave en nuestro caso.

Vivimos en una versión surrealista de nuestro mundo, una en que la economía es una religión incuestionable y determina prácticamente toda la vida de los seres humanos, y, aunque suene increíble, la del medio ambiente también.

Los Derechos de los Trabajadores son “costos”, y los trabajadores son un “mercado”, nuestro Estado usa el concepto de rentabilidad para todo, incluso para los proyectos sociales, y, por tanto, en este contexto, no resulta extraño que, ya desde la conceptualización, el medio ambiente sea una rama mas de la economía de nuestro país, y así puede entenderse que, la naturaleza, nuestro entorno, al medio en el que vivimos, se le asigne valor, solo en tanto se trate de un “recurso” del que el hombre pueda disponer, el solo concepto delata nuestra mirada arrogante y antropocentrica de la materia, en que nuestro entorno está a nuestra disposición, y no tiene valor, sino solo en consideración a su utilidad para la humanidad, los “recursos naturales” son regulados en cuanto a su “explotación” no porque se valoren, sino para asegurar su disponibilidad hacia el futuro, se establecen sanciones para quien contamine, no porque afecte la biodiversidad o la naturaleza, sino porque pone en riesgo la salud de las personas, de hecho, se establecen rangos de tolerancia, que permiten la contaminación hasta un punto en que no afecten significativamente al ser humano, sin importar el daño que experimentan los demás seres vivos del planeta. Se consagran conceptos como bonos de carbono “transables”, como si fueran títulos bursátiles con los que algún inversionista pudiera especular y, en general, un sistema legal basado en multas a beneficio fiscal, lo que, en términos simples, significa, que el que tiene dinero puede contaminar…

Pero, si no protege el medio ambiente, ¿Qué protege nuestra legislación ambiental?

Nuestra feble institucionalidad ambiental, además de insuficiente, tiene su foco desproporcionadamente centrado en la protección del desarrollo económico, y, en segundo plano, la salud de las personas. Para todo el entramado legal y burocrático en la materia, el “cliente” mas importante es la empresa… su desarrollo “sustentable”, el fomento de la producción con “responsabilidad” ambiental, y, en general, el desarrollo del país, medido este ultimo con indicadores económicos por su puesto. No hay una protección al valor de la naturaleza en sí misma, y ningún instrumento legal o administrativo que la proteja.

En el momento histórico que vivimos, en el que, por vez primera, existe un camino institucional que puede desembocar en una Constitución generada democráticamente, resulta oportuno plantearse una reflexión profunda sobre el modo en que entendemos nuestra relación con nuestro entorno, con nuestro planeta y su biodiversidad, y el modo en que esa nueva relación, ese nuevo trato se debe expresar en una nueva Carta Fundamental.

Resulta imperioso plantearse la opción de abandonar el antropocentrismo trasnochado y transitar a un modelo mas cercano al biocentrismo, que privilegie el equilibrio de las especies y nuestro entorno, tal como la naturaleza lleva siglos tratando de enseñarnos.

El ser humano es apenas un parpadeo en la larga historia de nuestro planeta, otras especies dominaron el planeta por millones de años antes de perecer, extinguirse o verse forzados a evolucionar antes que el hombre siquiera fuera capaz de razonar y destacarse de entre los demás animales del planeta, y por tanto, su soberbia y miopía histórica es francamente incomprensible, pero, tenemos la oportunidad de dar un salto cualitativo inconmensurable hacia una nueva era, depende de nuestra generación superar nuestra arrogancia como especie.//ELF

Publicado en: Columnas, Notas, Politica Etiquetado como: columna, Columnas, Columnista, David Pellizzari Ossa

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