Por David Pellizzari Ossa
Nuestro Estado, nuestra Constitución, nuestra legislación en general, no protegen el medio ambiente, no protegen nuestro entorno, ni la naturaleza, no le asignan valor en si mismo suficiente para ser considerado un sujeto de protección legal o Constitucional, este es el resultado de un proceso de mercantilización de nuestro Derecho y de la Política medioambiental, para ser justos, no solo en nuestro país, pero, siendo Chile la Corea del Norte del neoliberalismo, este fenómeno es particularmente grave en nuestro caso.
Vivimos en una versión surrealista de nuestro mundo, una en que la economía es una religión incuestionable y determina prácticamente toda la vida de los seres humanos, y, aunque suene increíble, la del medio ambiente también.
Los Derechos de los Trabajadores son “costos”, y los trabajadores son un “mercado”, nuestro Estado usa el concepto de rentabilidad para todo, incluso para los proyectos sociales, y, por tanto, en este contexto, no resulta extraño que, ya desde la conceptualización, el medio ambiente sea una rama mas de la economía de nuestro país, y así puede entenderse que, la naturaleza, nuestro entorno, al medio en el que vivimos, se le asigne valor, solo en tanto se trate de un “recurso” del que el hombre pueda disponer, el solo concepto delata nuestra mirada arrogante y antropocentrica de la materia, en que nuestro entorno está a nuestra disposición, y no tiene valor, sino solo en consideración a su utilidad para la humanidad, los “recursos naturales” son regulados en cuanto a su “explotación” no porque se valoren, sino para asegurar su disponibilidad hacia el futuro, se establecen sanciones para quien contamine, no porque afecte la biodiversidad o la naturaleza, sino porque pone en riesgo la salud de las personas, de hecho, se establecen rangos de tolerancia, que permiten la contaminación hasta un punto en que no afecten significativamente al ser humano, sin importar el daño que experimentan los demás seres vivos del planeta. Se consagran conceptos como bonos de carbono “transables”, como si fueran títulos bursátiles con los que algún inversionista pudiera especular y, en general, un sistema legal basado en multas a beneficio fiscal, lo que, en términos simples, significa, que el que tiene dinero puede contaminar...
Pero, si no protege el medio ambiente, ¿Qué protege nuestra legislación ambiental?
Nuestra feble institucionalidad ambiental, además de insuficiente, tiene su foco desproporcionadamente centrado en la protección del desarrollo económico, y, en segundo plano, la salud de las personas. Para todo el entramado legal y burocrático en la materia, el “cliente” mas importante es la empresa... su desarrollo “sustentable”, el fomento de la producción con “responsabilidad” ambiental, y, en general, el desarrollo del país, medido este ultimo con indicadores económicos por su puesto. No hay una protección al valor de la naturaleza en sí misma, y ningún instrumento legal o administrativo que la proteja.
En el momento histórico que vivimos, en el que, por vez primera, existe un camino institucional que puede desembocar en una Constitución generada democráticamente, resulta oportuno plantearse una reflexión profunda sobre el modo en que entendemos nuestra relación con nuestro entorno, con nuestro planeta y su biodiversidad, y el modo en que esa nueva relación, ese nuevo trato se debe expresar en una nueva Carta Fundamental.
Resulta imperioso plantearse la opción de abandonar el antropocentrismo trasnochado y transitar a un modelo mas cercano al biocentrismo, que privilegie el equilibrio de las especies y nuestro entorno, tal como la naturaleza lleva siglos tratando de enseñarnos.
El ser humano es apenas un parpadeo en la larga historia de nuestro planeta, otras especies dominaron el planeta por millones de años antes de perecer, extinguirse o verse forzados a evolucionar antes que el hombre siquiera fuera capaz de razonar y destacarse de entre los demás animales del planeta, y por tanto, su soberbia y miopía histórica es francamente incomprensible, pero, tenemos la oportunidad de dar un salto cualitativo inconmensurable hacia una nueva era, depende de nuestra generación superar nuestra arrogancia como especie.//ELF







Interacciones con los lectores