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A reconstruir la centroizquierda

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Daniel Matamala

¿Cuándo se jodió Chile?

abril 22, 2019 by Admin Istrador Deja un comentario

 

 

 

 

Por Daniel Matamala

Medio siglo cumple este año la novela de Mario Vargas Llosa “Conversación en la Catedral”, y con ella, su célebre pregunta: “¿En qué momento se había jodido el Perú?” Una frase que estos días se repite: preso Fujimori, prófugo Toledo, procesado Humala, arrestado Kuczynski, muerto Alan García, todos los presidentes democráticamente electos de Perú están manchados por la corrupción.

El contraste, argumentan políticos y líderes de opinión en Chile, es claro: no hay evidencia de que el pulpo de Odebrecht haya extendido sus tentáculos corruptos hasta acá.

Eso habla bien de nuestro país, por cierto. Pero ese análisis autocomplaciente se queda corto. Porque hay solo algo más preocupante que tener a muchos políticos presos: no tener a ninguno.

Lo primero es señal de corrupción, pero también de instituciones judiciales que pueden perseguirla. Lo segundo, excepto que creamos tener la clase política más honesta del planeta, nos dice que el poder compra impunidad.

En Chile tuvimos nuestro propio Odebrecht. Aquí se llamó Penta-SQM y fue blanqueado bajo un eufemismo. “El financiamiento irregular de la política no es corrupción”, dictaminó el lobista en jefe Enrique Correa. El Tribunal Supremo de la UDI resolvió que “no le cabe formular reproches a sus dirigentes o militantes que, para financiar la actividad política, se limitaron a actuar de esa forma que, hasta ahora, fue práctica generalizada, conocida y aceptada”.

Esa muy chilena distinción entre corruptos que se compran un auto último modelo con su botín, versus políticos honestos que apenas se pagan las campañas con esa misma plata sucia, es ridícula. Ganar una elección senatorial supone asegurar, solo en dietas, $897.585.696 para el bolsillo del beneficiado, sin contar millones de dólares en supuestas “asesorías”, y un poder que vale muchísimo para quien lo quiera poner en subasta, como ocurrió en la ley de pesca.

Eso, además de la podredumbre que supone violar las leyes electorales para ganar una elección con trampa, siendo cómplice en un delito de poderes económicos sobre los cuales se legislará.

La diferencia con Perú no es ese sofismo. Es que, cuando se abrió la caja de pandora, la clase política chilena actuó como un solo cuerpo para sabotear la investigación.

No se trata de un asunto moral, sino de equilibrios de poder. Por supuesto que los políticos peruanos también intentaron quedar impunes, pero no lo lograron. ¿Por qué? Perú no tiene partidos políticos estables y la rotación es constante: gobernadores y alcaldes no pueden reelegirse, y tampoco podrán desde la próxima elección los parlamentarios, cuyas tasas de reelección ya eran bajísimas (no más del 25%).

No existe, por lo tanto, una clase política homogénea, permanente y cohesionada. Los presidentes dejan el poder sin redes de protección. Esto provoca muchos problemas, por cierto, pero también dificulta la defensa corporativa.

Chile, con una elite uniforme, estable y de fuertes lazos personales, es otra historia. Cuando compañeros de colegio y de iglesia, primos y cuñados, correligionarios y amigos, copan puestos de poder, y cuando izquierda y derecha comparten lobistas, abogados y asesores comunicacionales, la coordinación es mucho más efectiva.

Izquierda y derecha, unidas, jamás serán perseguidas.

Otro factor es la sociedad civil. La tarde del 31 de diciembre pasado, el Fiscal Nacional de Perú destituyó a los persecutores Pérez y Vela, a cargo del caso Odebrecht. Entonces, los peruanos se olvidaron del cotillón y los fuegos artificiales, y esa noche de Año Nuevo se volcaron a las calles a protestar.

El Presidente Martín Vizcarra regresó de emergencia de una visita a Brasil, antes de 48 horas el Fiscal Nacional debió renunciar, y Pérez y Vela volvieron fortalecidos al caso. Desde entonces, han pedido los arrestos de Pedro Pablo Kuczynski, Keiko Fujimori y, esta semana, Alan García. Sin esa reacción popular, probablemente la policía jamás hubiera llegado a golpear la puerta del expresidente.

En Chile, sacar a fiscales cuando sus indagaciones apuntan demasiado alto ya es parte del paisaje. ¿Reacción social? A lo más, algunos tuits indignados. Nuestra sociedad civil es un perro que ladra pero no muerde.

La clase política chilena tiene un prontuario más limpio que el de algunos vecinos, y es justo destacarlo. Pero las alertas son públicas y evidentes. Tal vez, en algún momento del futuro, alguien se haga la pregunta de cuándo se jodió Chile. Y la respuesta sea que fue en la segunda década del siglo 21, cuando dejamos que los corruptos se salieran con la suya.

Publicado en: Columnas Etiquetado como: columna, Columnista, Daniel Matamala

Mechones

abril 8, 2019 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Daniel Matamala 

Carlos Alberto Délano “no desea seguir siendo empresario (porque) se ha sido injusto con él”, se lee en los informes de Gendarmería, en los que el “Choclo” vuelve a autodenominarse como “una máquina de dar empleo”. Para una máquina como él, tal vez esta pesada cruz se convierta en un emprendimiento. Cuando apruebe su curso podría abrir un instituto especializado en impartir clases de ética. Basta ojear los diarios de esta semana para comprobar que sobran potenciales alumnos.

Cada viernes a las 9 y media de la mañana, por tres horas, hasta diciembre próximo, Carlos Délano y Carlos Lavín deben asistir a un curso de ética en la Universidad Adolfo Ibáñez.

Esas clases, más una multa, son la condena que purgan los dueños de Penta por evadir 1.714 millones de pesos en impuestos.

Además, claro, de haber inundado de plata negra la política chilena. Pero eso, ya lo sabemos, en Chile es una nimiedad.

Los forzados mechones están molestos. Lavín le dijo a la delegada de Gendarmería que “se siente privado de libertad, ya que no podrá programar ningún tipo de actividad fuera de Santiago o del país por más de una semana mientras se estén impartiendo las clases”.

Las celebraciones en París y los viajes a carreras de caballos en Nueva York que ambos han disfrutado durante su condena tendrán que restringirse, apenas, de viernes en la tarde a jueves en la noche.
El ex paniaguado de Penta, el senador Iván Moreira, acusó “un linchamiento” de Délano y Lavín. Linchamiento. Porque tener a alguien sentado tres horas estudiando a Kant y Aristóteles, es equivalente a asesinarlo sin derecho a defensa.

Délano “no desea seguir siendo empresario (porque) se ha sido injusto con él”, se lee en los informes de Gendarmería, en los que el “Choclo” vuelve a autodenominarse como “una máquina de dar empleo”.
Para una máquina como él, tal vez esta pesada cruz se convierta en un emprendimiento. Cuando apruebe su curso podría abrir un instituto especializado en impartir clases de ética.

Basta ojear los diarios de esta semana para comprobar que sobran potenciales alumnos.

Délano podría partir matriculando al fiscal nacional Jorge Abbot, y al senador PS Juan Pablo Letelier. Según publicó CIPER, Letelier visitó a Abbot para mostrar su preocupación por las indagaciones del fiscal Emiliano Arias contra los ministros de la Corte Suprema de Rancagua, por donde el político socialista es senador. De inmediato, el siempre obediente Abbot sacó a Arias de la causa que ahora ha explotado con un incontrolable reguero de revelaciones escandalosas.

Se sugiere para ellos un curso de separación de los poderes del Estado, con lecturas en profundidad de Montesquieu.

Otra línea docente, sobre corrupción en la política, podría convocar a los ejecutivos de Quiborax, Entel, SQM, GTD, Costanera SACI, Ariztía e Inversiones Santa Macarena quienes, según confesó el lunes Orpis, también le entregaron platas negras. O al intendente Jorge Ulloa, quien, como publicó La Tercera el jueves, recibió 7,6 millones de pesos de las pesqueras de Asipes, además de pagos a una exasesora y a una empresa de transportes fundada por él. Mientras se discutía la ley de pesca, Ulloa llevaba como “asesores” al Congreso a ejecutivos de las pesqueras. O a Pablo Longueira, sobreseído el martes de delitos tributarios por el dinero de SQM, porque el Servicio de Impuestos Internos jamás se querelló contra él. O a Javiera Blanco, sobreseída el mismo día que Longueira, en un perfecto empate político, por las irregularidades en contrataciones en Gendarmería. O a Marco Enríquez-Ominami, acusado de delitos tributarios y fraude al fisco por las platas brasileñas de su campaña presidencial.

Con tantos alumnos, tal vez el emprendimiento de Délano y Lavín necesite refuerzos. Podrían reclutar como profesor a Jovino Novoa, ahora que acaba de cumplir su condena por delitos tributarios: firma mensual y una multa pagadera en cuotas.

Después de todo, Novoa tiene espíritu docente. Preside la Fundación Jaime Guzmán, encargada de “formar jóvenes bajo una inspiración cristiana”, según se lee en su misión. Cuando fue condenado, la Fundación lo ratificó como presidente. “No podemos sancionar a las personas a la proscripción, a una suerte de muerte civil”, zanjó el entonces presidente de la UDI Hernán Larraín.

El mismo que hoy, siendo ministro de Justicia, apoya públicamente a un acusado en pleno juicio por corrupción, y que antes, con un olfato envidiable, respaldó a Paul Schäfer y a los mismos Délano y Lavín (“los sé personas de bien, gente íntegra”).

¿Se dan cuenta? Un Instituto de Ética Los Carlos estaría condenado al éxito.

Publicado en: Columnas Etiquetado como: columna, Daniel Matamala

El comendador

abril 1, 2019 by Admin Istrador Deja un comentario

 

 

 

Por Daniel Matamala

Periodista de CNN Chile

Orden al Mérito Docente y Cultural Gabriela Mistral, en grado de Comendador. Ese fue el reconocimiento del Gobierno de Chile a Carlos Cardoen.

El mismo homenaje que, en grado de Gran Oficial, han recibido Paul McCartney, Gabriel García Márquez y Raúl Ruiz.

Claro, el ex fabricante de bombas de racimo reconvertido en empresario turístico no compuso Hey Jude, no escribió Cien Años de Soledad, ni filmó El Tiempo Recobrado, pero hizo algo mucho más valioso a ojos de quienes lo condecoraron: financiar sus campañas políticas.

Junto a Anacleto Angelini y Julio Ponce, entendió que el cambio de dictadura a democracia abría una oportunidad única para aliarse con los políticos de la Concertación que, escasos de efectivo, podían ser cooptados a un precio módico.

Así se convirtieron en parteros de la joven democracia. La cuenta la pagamos hasta hoy.
El dinero de Ponce le permitió conservar SQM, privatizada por la dictadura de su ex suegro, y controlar así el litio, a través de una serie de ventajosos acuerdos. El último de ellos, firmado con el saliente gobierno de Bachelet en diciembre de 2017.

El de Angelini aceitó una serie de leyes, la primera de ellas aprobada al undécimo día de democracia, el 21 de marzo de 1990, que le entregaron el dominio de gran parte de los peces de Chile. Esos privilegios siguen vigentes, aun después que el ex gerente general del buque insignia de Angelini, Corpesca, reconociera haber sobornado a parlamentarios con millonarias mesadas mensuales.

La generosidad de Cardoen no nos costó el litio ni los peces. Sí algunos símbolos públicos como ese homenaje entregado el 2005, en plena campaña presidencial, con Ricardo Lagos como Presidente y Sergio Bitar como ministro de Educación. “Ninguno es ángel sobre la tierra”, dijo Bitar para explicar el galardón.

Cardoen dice ser “de la Concertación, desde el momento en que se creó” y reconoce “abiertamente, absolutamente” haber financiado sus campañas. Estuvo casado con una sobrina de Aylwin. A Lagos incluso lo trasladó en su helicóptero. Bachelet no ha escatimado gestos hacia el empresario, inaugurando varios de sus emprendimientos y compartiendo con él amistosas cenas privadas.

Con certera puntería política, también respaldó a Sebastián Piñera. “Le pedí dos cosas: que por favor aprendiera a escuchar a la gente y que no se comiera las uñas”, dijo Cardoen.

Su fortuna la hizo vendiendo armas de racimo a Saddam Hussein. Cuando Saddam invadió Kuwait, pasando de aliado a enemigo de Washington, Cardoen entró también en la lista negra estadounidense. En 1993, el FBI emitió una orden de captura internacional, acusándolo de importación ilegal del circonio usado en sus bombas.
Entonces llegó la hora de cobrar. Los gobiernos de Frei, Lagos, Bachelet y Piñera enviaron notas diplomáticas, y Lagos llegó a hacer lobby personal por Cardoen en una cumbre presidencial con Bill Clinton.

El Congreso también ha sido fiel a Cardoen, enviando una delegación parlamentaria a Washington para interceder por él (el PS Juan Pablo Letelier y el UDI Rodrigo Álvarez), y aprobando ocho resoluciones en su favor. La última, el 23 de enero de 2019, exhorta a realizar las gestiones “políticas, diplomáticas y judiciales necesarias para darle auxilio”, y fue aprobada por 26 votos a favor, ninguno en contra y una abstención.

En días de polarización, cuando ni la educación, ni la salud, ni la seguridad de los chilenos logran poner de acuerdo a gobierno y oposición, Cardoen sí opera ese milagro.

¿Cuántos de los parlamentarios que han usado sus cargos para operar por décadas a favor de Cardoen han sido financiados por él? ¿Cuánto han recibido? No lo sabemos. Es dinero negro, por fuera de la ley electoral (“era un mecanismo común”, dice Cardoen).

Esta semana, Estados Unidos pidió la extradición. Los cargos presentados podrían no ser delitos en Chile o estar prescritos, lo que permitiría a la justicia rechazar la petición sin siquiera entrar al fondo.

Pero ese es un problema de Cardoen y sus abogados. Lo que debería preocuparnos a todos los chilenos es la fragilidad de nuestra diplomacia, nuestros gobiernos y nuestros congresos, cooptados para ponerse al servicio de los problemas particulares de un hombre con demasiado poder.

Publicado en: Columnas Etiquetado como: Cardoen, columna, Daniel Matamala

COLUMNA: ¿Cuánto vale el show? por Daniel Matamala

febrero 17, 2019 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Daniel Matamala

“Si no puedes convencerlos, confúndelos”. La frase es de Harry Truman, pero quien la elevó a rutina de acción política es otro inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, con 8.459 mentiras en dos años de mandato, según el paciente conteo del Washington Post.

Su receta funciona así: identifica un problema, ignora la evidencia, desautoriza a los expertos oponiéndolos a un supuesto “sentido común”, y ofrece una falsa solución, aderezada con muchos fuegos de artificio.

En febrero, el mes de los experimentos en Chile (desde el Transantiago hasta los tiros libres sin barrera), la ministra de Educación está experimentando esa receta trumpista.

Recorrió 26 comunas en dos semanas, de Antofagasta a Puerto Montt. Pero el lugar da lo mismo, porque todas las historias que relata Marcela Cubillos son iguales. Tuiteo a tuiteo, nos cuenta que en La Serena “apoderados reclaman que les quitaron derecho a elegir”. En Antofagasta, “quieren recuperar derecho a elegir educación de sus hijos”. En Coquimbo una madre “reclama, y con razón, que le quitaron el derecho a elegir el colegio de su hija”.

El problema real es que ciertos colegios tienen más demanda que oferta. Un mecanismo matemático (“algoritmo”) permite que el 59% de los estudiantes sea admitido en su primera opción, y el 82% en alguna de sus preferencias.

Siguiendo la receta, la ministra ignora esas cifras y se reúne solo con apoderados descontentos. “Se debe escuchar más a los padres y quizás menos a los expertos”, dice, pero su gira de verano es sorda a la realidad de la mayoría de las familias, que sí quedó en su colegio preferido. A los especialistas que se atreven a disentir, como la investigadora del CEP y ex integrante del equipo de Piñera, Sylvia Eyzaguirre, se les ataca.

En este show, todo vale. Se inventa que los apoderados tendrían prohibido pedir entrevistas en su liceo. La ministra de Educación valida que los padres no envíen a sus hijos a la escuela: “se niegan a matricularlos en el colegio que el Estado les está asignando, y con razón”, dice.

Se habla una y otra vez de una inexistente “tómbola”. “La tómbola es el peor de los sistemas”, dijo en su campaña el Presidente Piñera, y su franja presentaba a niños sometidos a una ruleta para conocer su colegio. “Chambonada”, llamó a aquel spot su ex ministro de Educación Harald Beyer. Pero, ya lo sabemos, a los expertos no hay que escucharlos. Parlamentarios oficialistas pasean una ruleta de casino por el Congreso, y lanzan un sitio web: “Víctimas de la tómbola”.

Finalmente, la solución: “devolver a los padres el derecho a elegir”. Un eslogan mentiroso. Ese derecho nunca se les ha quitado, y Admisión Justa hace exactamente lo contrario: entrega más poder para elegir a los colegios, no a las familias.

Oscurecido por todo este show queda un proyecto debatible, que cambia los criterios de selección cuando hay más demanda que oferta, incluyendo aspectos como el rendimiento académico. Expertos como Arturo Fontaine y Sergio Urzúa han entregado importantes datos a favor de la selección en colegios emblemáticos. Pero en vez de abrazar esa evidencia, el gobierno eligió promover un proyecto razonable usando argumentos absurdos y falaces.

Es que cambiar el criterio de admisión es perfectamente discutible; ofrecer un sistema mágico en que todos queden en su colegio favorito es, en cambio, demagogia pura y dura. Si un liceo tiene 100 postulantes para 50 cupos, la mitad no podrá entrar. Podemos elegirlos al azar, por su promedio de notas o por decisión del colegio, pero en cualquier caso habrá 50 familias conformes y otras 50 frustradas.

Marcela Cubillos es una protagonista improbable para este show. Abogada y profesora de la Universidad Católica, diligente diputada y estudiosa ministra, es parte de esos mismos expertos a los que ahora ataca.

“Está haciendo política”, la defienden en su sector. Pero parece hacerla según la definición de Groucho Marx: “la política es el arte de buscar problemas, hacer un diagnóstico falso y aplicar los remedios equivocados”.

Esa es la disyuntiva. Políticas públicas en serio, o política circense a lo Groucho Marx. ¿Cuánto vale el show?

Publicado en: Columnas, Notas Etiquetado como: Daniel Matamala, Marcela Cubillos, Mineduc, Ministra

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