• Saltar al contenido principal
  • Skip to secondary navigation

En la Fontana

A reconstruir la centroizquierda

  • Noticias
  • Política
    • Congreso
    • Ejecutivo
    • Municipio
    • Otros
  • Entrevistas
  • Opinión
    • Editorial
    • Columnas
  • Clipping Noticioso
  • Archivos con Historia
  • En La Fontana TV
  • Quienes Somos
  • Noticias
  • Política
    • Congreso
    • Ejecutivo
    • Municipio
    • Otros
  • Entrevistas
  • Opinión
    • Editorial
    • Columnas
  • Clipping Noticioso
  • Archivos con Historia
  • En La Fontana TV
  • Quienes Somos

Rodolfo Fortunatti

La fuerza democrática de la Convención

marzo 17, 2022 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Rodolfo Fortunatti

Sociólogo DC

Que Chile no se petrifique, como Pompeya, es el reto de la Convención, y lo está afrontando. Su mayor escollo es, sin embargo, el pesado y naturalizado hábito de mantener las cosas donde están, el miedo a moverlas, el fastidio de que se les cambie de lugar, o de que otros siquiera las toquen.

En el extremo, la obsesión fantasiosa, conspirativa y autodestructiva por la inercia. Y ya en el abismo, la banalización de la acción política por la depravación del lenguaje, el envilecimiento de la crítica, donde todos son expertos en todo, y la lógica ilógica del argumento «ad hominem»: estoy en desacuerdo con tus ideas, pero la cuestión de fondo es que no me gusta cómo eres.

Chile no puede quedar paralizado. Petrificado en el pasado de los últimos cincuenta años del que son también tributarios el ritmo y la velocidad que tomaron la democratización y el desarrollo que hemos vivido. El país no ha satisfecho las expectativas democráticas pendientes desde el golpe de Estado del ‘73. Sigue latente el sopor de un orden político semi-soberano, según Huneeus, o tutelado, en la visión de Felipe Portales, y nuestro sistema productivo no ha conseguido cruzar el umbral que lo separa de una economía avanzada.

Que Chile no se inmovilice es precisamente el desafío de la Convención Constitucional. No del gobierno de Boric. No la tarea del Congreso, sino del órgano constituyente. Es la Convención quien tiene la función de acomodar nuestra organización política a la tierra y el tiempo que compartimos, y hacerlo cuando el mundo se reajusta de un modo tan acelerado, que corremos el riesgo de percibirnos lentos, más bien ralentizados no obstante ser conmovidos por los inesperados beneficios de la guerra y la pandemia. Ahí están como muestra los inéditos 4,8 dólares por libra de cobre y el 12 por ciento de crecimiento del PIB.

Que Chile no se petrifique, como Pompeya, es el reto de la Convención, y lo está afrontando. Su mayor escollo es, sin embargo, el pesado y naturalizado hábito de mantener las cosas donde están, el miedo a moverlas, el fastidio de que se les cambie de lugar, o de que otros siquiera las toquen. En el extremo, la obsesión fantasiosa, conspirativa y autodestructiva por la inercia. Y ya en el abismo, la banalización de la acción política por la depravación del lenguaje, el envilecimiento de la crítica, donde todos son expertos en todo, y la lógica ilógica del argumento «ad hominem»: estoy en desacuerdo con tus ideas, pero la cuestión de fondo es que no me gusta cómo eres.

Los detractores del actual proceso constituyente han buscado desacreditar su trabajo, porque no pueden objetar sus contenidos pues todavía no existe un texto escrito.

La más grave de estas acusaciones la realizó el presidente del Servicio Electoral al cuestionar el origen democrático de la Convención, lo que fue refutado por los miembros del directorio.

Hoy se dice que la Convención está trabajando a matacaballo, deprisa o atropelladamente, e incluso de manera histérica e insensata, lo que justificaría prolongar por medio año el plazo de su mandato.

Seis meses más, sin embargo, no van a mejorar los actuales máximos consensos, permiten un periodo de penetración en la opinión pública a la sistemática campaña de menoscabo en que está empeñada la prensa y la televisión de derechas.

Hoy, la inmensa mayoría de quienes tienen claro su voto aprobará el texto constitucional que está preparando la Convención, y es improbable que esta actitud cambie de ahora al mes de agosto, que es la fecha de realización del plebiscito de salida, incluso mediando una fuerte propaganda de desprestigio. Se necesitan más días para que los mensajes maduren y prendan.

La encuesta Barómetro del Trabajo de la Fundación Instituto de Estudios Laborales, junto con MORI, de febrero recién pasado, comprobó que el 36 por ciento votaría por el apruebo y sólo un 17 por ciento por el rechazo. Esto significa un triunfo por un 67 por ciento, o sea, dos tercios.

No obstante, alrededor de siete millones de electores, el 47 por ciento de quienes deberían concurrir al plebiscito, no tiene resuelto qué hacer, y, naturalmente, sería permeable a la publicidad engañosa.

La reciente encuesta Data Influye confirmó que el 45 por ciento de la población se inclina por aprobarla, mientras el 31 por ciento está por rechazar y el 24 por ciento se declara indeciso. Asimismo, el 29 por ciento cree que el texto será visado por amplio margen y el 22 por ciento que lo hará estrechamente, cifras que disminuyen al 12 y el 7 por ciento, respectivamente, en cuanto al rechazo.

Las cosas no pueden quedar atrapadas en el tiempo. Nosotros mismos no podemos dejarnos fosilizar por esta erupción de atavismos y miedos. El máximo consenso posible con que hoy se busca condicionar la legitimidad del trabajo de la Convención, no es algo por garantizar y que deba tutelar el gobierno, el parlamento o los jueces. Si acaso está al alcance de los partidos políticos hacerlo cuando se arriba a la coronación del debate constitucional.

El máximo de acuerdo está fijado por la regla de los dos tercios que operó como cepo desde los años ochenta. La fórmula del candado institucional, del quórum del 67 por ciento, difícil de lograr, fue impuesta durante la dictadura y rehabilitada a instancias del expresidente de la UDI, Pablo Longueira, como moneda de cambio para destrabar las negociaciones y darle curso al Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución.

El máximo consenso posible de los dos tercios fue, asimismo, resistido por el Partido Comunista, que, dadas sus reiteradas derrotas en el seno de la Convención, sugirió que la norma pudiera ser enmendada por el nuevo parlamento que creía afín. Pero no fue factible y, así acabó resignándose a ella, y ha sido en virtud de ella que ese mismo partido ha podido frenar la fragmentación político-administrativa del país y la desarticulación de la organización sindical que acarrearía consigo. Ese máximo consenso sigue prevaleciendo para garantizar el respeto de los tratados internacionales, el régimen democrático y republicano, y los derechos fundamentales de las personas y de los pueblos. Precisamente por todo esto la Convención es poder instituido y no poder constituyente.

No debiera excitar pasiones flamencas, el cambio de la estructura y composición del Congreso, la mayor autonomía de las regiones o la nacionalización del cobre, el litio y el oro, pues no hay nadie aquí apostando la vida a una carta. Hace cincuenta años, cuando algunos de nuestros políticos recién comenzaban a caminar, en Chile ya se discutía públicamente la propuesta de cámara única, que, en las democracias parlamentarias, forman nada menos que el gobierno, algo que nunca ha tenido lugar en nuestra historia.

Luego, por primera vez en sesenta años, desde que escuchamos la voz técnica, está asomando una genuina descentralización y desconcentración, pero no acaba de nacer y es motejada de federalismo y secesionismo ―como aquel calificativo según el cual lo de La Araucanía es invasión de un país por otro país―, un soberano disparate. Y así también son las reacciones cáusticas que suscita la protección del patrimonio material de Chile. Nada extraño para el Congreso de la Democracia Cristiana, donde se ha defendido que el cobre, el litio, el cobalto y las tierras raras debían ser de nuestro país y, por lo tanto, administrados por el Estado, revisando el accionar de CORFO y los contratos suscritos con países y empresas extranjeras.

No cabe imputarle a la Convención el propósito de copiar en el papel constitucional un boceto foráneo. Porque el único camino posible es la vía chilena. No hay votos para otra cosa. Incluso a contrapelo de quienes emulan sin consecuencias prácticas la Venezuela de Chávez, la Cuba de Fidel o la Rusia de Putin. Y si la distancia con Suecia y Canadá es geográfica, cultural y económica, es porque tampoco se pretenden sus estándares sin pasar por las propias etapas de nuestro desarrollo humano. Por eso, de todo punto de vista resulta peregrina la idea de un reprobatorio plan B, como si hubiera habido un aprobatorio plan A.

Desear una nueva Constitución no necesariamente entraña aprobar la que ofrezca la Convención, pero será ésta la que apruebe la mayoría de los quince millones de ciudadanos convocados a plebiscito. A la inversa, rechazar el texto de la Convención no necesariamente significa que éste sea malo. Puede ser un buen escrito, pero que una minoría de la ciudadanía rechace porque quiere seguir votando por la Constitución de 1980. Así y todo, nada será más dramático que seguir perfeccionando la Carta a lo largo de los años, como en el pasado. O volver a cambiarla.

Esto no es Pompeya, que quedó sepultada el año 79 bajo el flujo piroclástico del volcán Vesubio. //ELF

Publicado en: Columnas, Notas, Slider Etiquetado como: columna, Columnas, Columnista, Convención, Convención Constituyente, Rodolfo Fortunatti, sociólogo

El toque de queda o el sitio a la Convención Constituyente

febrero 23, 2021 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Rodolfo Fortunatti

Analista político y sociólogo DC

Al cabo de meses de su entrada en vigor ―bajo los estados de emergencia y de catástrofe―, el balance que deja el toque de queda revela una involución en materia de libertades y derechos, y ningún avance imputable al mismo en lo relativo a seguridad humana. El toque de queda ha servido para que militares y policías ingresen a hogares y recintos privados, recluyan personas, propinen apremios ilegítimos y se cobren víctimas fatales.

Nada justifica el toque de queda. Y nada autoriza volver a extender en marzo su vigencia. El control militar y policial, tal y como se ha ejercido hasta ahora sobre las libertades de movilidad, de reunión y de opinión de la población, evoca los peores recuerdos de la represión, de los tiempos en que se hacía desaparecer personas, se torturaba y se perseguía a los opositores por sus ideas. Aún palpita en la memoria colectiva que desde 1973 hasta 1987 el toque de queda fue el instrumento empleado por el régimen civil militar para facilitar las operaciones encubiertas, practicadas primero por la DINA y después por la CNI, destinadas a desactivar a la disidencia y, de este modo, consolidar el gobierno de facto, recurso que sin embargo no impidió las protestas nacionales y tampoco evitó la internación de armas de Carrizal Bajo o el atentado a Pinochet.

«Cómo, señor González —preguntaba en 1998 el escritor Luis Sepúlveda al expresidente del gobierno español—, no ver la fractura de una sociedad que durante 13 años soportó el toque de queda, el casi estado de sitio permanente en el que toda reunión de más de tres personas era un delito de subversión, el miedo como una constante reguladora de cualquier expresión de vida, el silencio como la mejor forma de sobrevivir, la delación como valor patriótico, la impúdica apatía del “por algo será”, “algo habrán hecho” que servía de manto para cubrir a las víctimas degolladas en las calles de Santiago».

La naturalización del toque de queda implicó que durante esos trece años la gente vivió enclaustrada en sus domicilios. Al principio, en los días siguientes al golpe de Estado, la medida se impuso con breves interrupciones para permitir a las personas hacer compras y trámites de urgencia. Posteriormente, la restricción se instaló como una institución regular y cotidiana de nueve horas de duración cada día. Se llegaba a las fiestas “de toque a toque”, como por entonces se las llamaba, antes de las nueve de la noche, y solo se las abandonaba después de las seis de la madrugada.

Desde esa época el toque de queda ha sido declarado en 2010, con ocasión de los actos de saqueo que se produjeron en ciudades como Concepción y Talca tras el terremoto del 26 de febrero de aquel año; en 2019, desde las 7 de la tarde hasta las 6 de la mañana, para sofocar/encender el estallido social; y en 2020, como medida adicional a los controles sanitarios dispuestos por el gobierno para hacer frente a la pandemia de Covid-19.

El toque de queda implantado a propósito del estallido social duró más de dos meses, desde el 19 de octubre hasta el 26 de diciembre de 2019, mientras que el toque de queda que le siguió tras un receso de tres meses, el impuesto a raíz de la calamidad pública acarreada por el coronavirus, cumplirá un año de vigencia el próximo 18 de marzo.

Un discrecional uso de la fuerza

El toque de queda es una herramienta excepcional en una sociedad libre, democrática y respetuosa de los derechos y garantías individuales. Así lo han entendido tras largas luchas y sufrimientos las naciones más evolucionadas de Europa. Un tribunal de Holanda, donde no se instituía el toque de queda desde la ocupación nazi de la Segunda Guerra Mundial, dictaminó en medio de fuertes protestas y de violentas represiones, que el gobierno debía levantarlo. La corte de La Haya concluyó que ―al igual que en Chile― no se había podido justificar la medida que viola las libertades de movimiento y la privacidad y restringe los derechos de reunión y de manifestación.

Pese a que la inobservancia del toque de queda constituye no más que una falta que se sanciona con multa, su mantención ha dado origen a persistentes abusos de agentes del Estado que se conducen con discrecionalidad frente a los civiles. Al cabo de meses de su entrada en vigor ―bajo los estados de emergencia y de catástrofe―, el balance que deja el toque de queda revela una involución en materia de libertades y derechos, y ningún avance imputable al mismo en lo relativo a seguridad humana. El toque de queda ha servido para que militares y policías ingresen a hogares y recintos privados, recluyan personas, propinen apremios ilegítimos y se cobren víctimas fatales.

Durante el estallido se sucedieron numerosas denuncias contra militares por la represión desencadenada, como documenta Alberto Mayol en Protestas y disrupción política y social en Chile 2019. La coacción ejercida contra la población civil llegó a tales extremos que, según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, saltó «fuera de las normas y estándares internacionales de derechos humanos». Victoria Flores y Daniel González confirman en su tesis de periodismo Estallido social en Chile 2019, que «los datos de las lesiones varían según las fuentes de 3.449 que contabiliza el Instituto Nacional de los Derechos Humanos hasta las 12.738 atenciones médicas de urgencias que indica el Ministerio de Salud que se prestaron durante las movilizaciones. De las que tiene constancia el INDH, “51 sufrieron heridas de bala, 1.554 por perdigones, 198 por disparos de armas de fuego no identificadas y 180 por balines”. A esto se le suman 1.446 que sufrieron golpes, inhalaciones de gas…» Observadores, como Miguel Vicuña en Revolución plebiscitaria en Chile, sostienen que tales excesos se dieron en el contexto de un coup d’état dirigido a frenar a la oposición y a clausurar las investigaciones en curso sobre corrupción y violencia de las Fuerzas Armadas y Carabineros.

Pero la represión amparada en el toque de queda no cesó con el estallido de 2019, sino que se reeditó a lo largo de la pandemia de coronavirus, generando efectos colaterales a la violencia discrecional que en sí misma entraña la medida. El toque de queda ha provocado aglomeraciones en el transporte público, las que han alterado la vida laboral de los ciudadanos y mermado sus ingresos en tiempos de catástrofe. De hecho, el Ministerio del Trabajo entendió y así lo hizo saber, que los empleadores no estaban obligados a pagar salarios a los trabajadores impedidos de concurrir a sus labores por efecto del toque de queda. Muchas profesiones y actividades económicas no pueden ejercerse ni realizarse a raíz de las barreras impuestas por el toque de queda.

No se necesitan militares en las calles

¿Qué valor agrega el toque de queda al denominado Plan Paso a Paso? ¿Por qué limitar la movilidad nocturna de la gente? ¿Por qué hacerlo cuando, con independencia del toque de queda, el Plan jerarquiza los territorios y actividades sociales y económicas conforme a las categorías restrictivas de Apertura, Preparación, Transición y Cuarentena?

¿Por qué el toque de queda cuando la condición más extrema, que es la Cuarentena, prohíbe salir de casa, las reuniones sociales, la práctica de oficios, ritos y ceremonias, el funcionamiento de restaurantes, cafés, cines, teatros, pubs, discotecas, gimnasios, clubes de adulto mayores y centros de día? Actualmente hay 40 comunas del país en esta situación, que corresponde al Paso 1.

¿Por qué el toque de queda cuando la Apertura Inicial, que es el control más blando, impide las reuniones de más de 30 personas en casas particulares, y las públicas al aire libre de más de 300 asistentes, el trabajo de pubs y discotecas y el traslado a localidades en Cuarentena y Transición? De manera redundante el régimen de Apertura Inicial suprime, asimismo, todo tipo de eventos durante el horario de toque de queda, que es la causal invocada por las policías para irrumpir y practicar redadas en cumpleaños, celebraciones familiares o juntas de amigos, todas las cuales reciben el mal pensado título periodístico de “reuniones clandestinas”. La sociología policial nativa, sin embargo, ha reservado el concepto únicamente a aquellos eventos donde se cobra la entrada y el consumo, es decir, donde se da una relación de mercado, lo que lo convierte en un término económico.

El caso es que nada más que 11 comunas han quedado clasificadas en el Paso 4, de Apertura Inicial, en los momentos que hay 128 comunas en el Paso 3, de Preparación, y 166 comunas en el Paso 2, de Transición. Dicho de otra forma: la movilidad de las personas ha quedado prácticamente restringida en todo el territorio nacional.

El Ejecutivo celebra ―y con razón tras largos meses de errores y desaciertos― la vacunación de cuatro millones de personas hacia fines de febrero. Tal satisfacción debe ser valorada en su mérito, que lo tiene. Como lo tienen los municipios y el personal asignado a dicha tarea. Del mismo modo que lo tienen los funcionarios de la salud. Pero también lo tiene la población que ―a excepción de los “vacunados VIP”, apenas el 1%― ha concurrido disciplinada y cívicamente a los lugares de atención siguiendo el calendario de grupos específicos. Luego, si el proceso está siendo exitoso, sólo puede significar que estamos ad portas del fin de la pandemia o, a lo menos, de una drástica reducción de las hospitalizaciones. Y el proceso solo puede estar siendo exitoso para la autoridad sanitaria, si se lo juzga por la aprobación de funcionamiento de cines y casinos. Sin ir más lejos, el ministro de Economía, que parece hablar por el de Educación, ha exhortado a los profesores a volver al trabajo. Y el presidente de la ANFP ha dicho que «estamos muy cerca de que vuelva el público a los estadios». ¿Por qué entonces sería necesario prolongar la excepción constitucional de catástrofe y consigo la facultad presidencial de reinstaurar el toque de queda?

La mayor paradoja de este cuadro regresivo es que mientras el país está empeñado en ampliar sus libertades y garantías de derechos, en profundizar su democracia, y en hacer retroceder a sus institutos castrenses y policiales desde la frontera de guardianes de campo en que los dejó la dictadura, la presencia de estas sombras del pasado pretende sitiar y condicionar el proceso constituyente que se inaugura en abril, como no podrían hacerlo mejor los arrestos insurreccionales atribuidos a los comunistas.

El toque de queda no es solo una rémora del pasado; es el instrumento coercitivo que busca capturar el futuro y confinar las esperanzas de justicia y libertad depositadas en la nueva Constitución. El Congreso es uno de los pocos contrapesos democráticos al actual gobierno que podría impedir el asedio de soldados, camiones militares y armamento de guerra en las calles de Chile al intervalo constituyente que se avecina.//ELF

Publicado en: Columnas, Notas, Politica Etiquetado como: columna, Columnista, Rodolfo Fortunatti, Toque de queda

Nosotros, los otros y el laberinto de la soledad

enero 3, 2021 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Rodolfo Fortunatti

Sociólogo y demócrata cristiano

El escorpión sacrificará a la rana, así el acto comprometa su propia supervivencia. Está en su naturaleza. Porque es obvio que la Democracia Cristiana no puede impedir que el polo progresista se entienda con el resto de la oposición. Y, en cambio, ¿cuál sería el destino de la Democracia Cristiana si se alejara de la izquierda? El laberinto de la soledad. El mismo que ensayó con el mismo elenco de actores el año 2017, cuando su candidatura presidencial apenas consiguió el 5 por ciento de respaldo, y su bancada de diputados el 8 por ciento que actualmente representa en el Congreso.

Como una forma de desentrañar la identidad profunda de México, Octavio Paz escribió en 1950 el ensayo El laberinto de la soledad. ¿Por qué el laberinto? Porque se trataría de un asunto que nunca ha sido resuelto y que debería ser desentrañado e interpretado. ¿Y por qué de la soledad? Porque, en último término, éste sería el destino histórico del ser mexicano: la cualidad de estar sin nadie, sin compañía, solo en su persistente peregrinar.

El dilema que Paz veía en la identidad antropológica de México, podría, sin embargo, hallar su correlato en la disyuntiva ideológico-programática que alimenta el debate actual de la Democracia Cristiana con sus aliados y adversarios. Esto es, reivindicar la soledad política como sello de identidad del partido, aún a riesgo de tomar distancia de la voluntad pluralista, democrática y unitaria expresada en las urnas por la ciudadanía el pasado 25 de octubre.

Lo esencial es muy visible a los ojos

«La mesa nacional de la DC —afirma la vicepresidenta Joanna Pérez— se comprometió a devolver la identidad de nuestro partido, a trabajar en el respeto al partido y principalmente, a que si teníamos un pacto fuera solo electoral o táctico con el PC. Sin perjuicio de esto, por la unidad opositora hemos hecho muchas cosas y hemos estado disponibles a trabajar con el PC. Pero también tenemos mandatos: siempre con la identidad de la DC».

En aras de ese compromiso, Fuad Chahin, presidente de la colectividad, ha notificado a todo el mundo que la unidad opositora es imposible, porque no caben todos en una lista, y porque no queda tiempo para que quepan todos en una lista. Si se lee bien el mensaje se comprobará que el problema es estadístico, o sea, de cuántos cupos le tocan a cada quien; no de cuidar la identidad en los contenidos mínimos de la futura Constitución. En todo caso, si fuera un asunto de identidad, sería uno de identidad electoral. Chahín ha declarado concluyente que enfrentar a la derecha con una sola nómina de candidatos «no es posible, toda vez que con dieciocho partidos y fuerzas políticas de oposición más los independientes en una sola lista, no hay posibilidades físicas de que podamos concretarla, tanto así que estamos a dos semanas de la inscripción y todavía no se ha dado ningún paso.»

¿Se dará algún paso antes de la inscripción? ¿Quiénes podrían dar el primer paso? Hace algunas semanas, Convergencia Progresista, una alianza de los partidos Socialista, Por la Democracia y Radical, formada en 2018, dio a conocer su manifiesto constitucional y reafirmó su voluntad de concurrir a una lista unitaria. Con posterioridad, para concretar dicho acuerdo, las tres organizaciones de izquierda han mantenido conversaciones con el Frente Amplio y, evidentemente, con el Partido Comunista. Y, últimamente, han creado el nuevo polo socialdemócrata con el Pro, el Partido Liberal y exmilitantes del Frente Amplio, lo que ha recibido críticas desde la Democracia Cristiana, coaligada con ellos en Unidad Constituyente. Chahín les ha advertido que podría poner fin a la participación de la DC en el bloque, «si ese polo lo que busca básicamente es tratar de generar una táctica electoral de una duda lógica de todos contra uno».

Pero el escorpión sacrificará a la rana, así el acto comprometa su propia supervivencia. Está en su naturaleza. Porque es obvio que la Democracia Cristiana no puede impedir que el polo progresista se entienda con el resto de la oposición. Y, en cambio, ¿cuál sería el destino de la Democracia Cristiana si se alejara de la izquierda? El laberinto de la soledad. El mismo que ensayó con el mismo elenco de actores el año 2017, cuando su candidatura presidencial apenas consiguió el 5 por ciento de respaldo, y su bancada de diputados el 8 por ciento que actualmente representa en el Congreso.

Desde luego, cambiar de discurso a mitad de la escena, tampoco tiene efectos prácticos. Volver a poner la Guerra Fría en el lugar del Estallido Social y del Acuerdo por la Paz, como lo hace Chahín con el propósito de desalentar la búsqueda de acuerdo, acabaría nada más que en un juego de tronos. Pues, tan ficticio e inoficioso es sostener que tras su XXVI Congreso el Partido Comunista se volvió menos democrático y menos institucionalista, como afirmar que tras los vergonzantes reconocimientos y apoyos de personeros democratacristianos a las operaciones desestabilizadoras de los venezolanos Juan Guaidó y Guarequena Gutiérrez, la Democracia Cristiana se volvió menos respetuosa del derecho internacional y de la soberanía de los pueblos. Una golondrina no hace verano. Esta novelesca lucha de consignas no podría subordinar jamás la promesa de la centroizquierda de darle a Chile una nueva Constitución, una nueva estrategia de desarrollo y una nueva sociedad de derechos garantizados, que son los fines últimos perseguidos con una sola lista de convencionales.

Por cierto, hay testimonios éticos y políticos que avalan los caminos unitarios. Tiene valor que dos vicepresidentes de la Democracia Cristiana, Carmen Frei Ruiz-Tagle, hija del asesinado Presidente de la República, y Humberto Burotto, expresidente de la FECH, hayan participado del amplio abanico de voluntades que se dio cita en el Congreso.

Tiene valor que la diputada Maya Fernández, nieta del Presidente Allende, hubiera hablado con tanta profundidad y elocuencia del crucial trance en que nos encontramos.

Tiene valor que la senadora Adriana Muñoz, presidenta del Senado, hubiera recordado a las víctimas de la represión política, el precio que el país ha debido pagar por la libertad, la justicia y la dignidad. Como tiene valor el mensaje humanista, sólido y consecuente con todo lo que sido su vida política, de Luis Maira. //ELF

 

 

Publicado en: Columnas, Notas, Politica Etiquetado como: columna, Columnas, Rodolfo Fortunatti

Los presos políticos de la democracia

diciembre 17, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Rodolfo Fortunatti

Sociólogo DC

El director de HRW, José Miguel Vivanco, pretendiendo ofrecer una mirada objetiva sobre las violaciones a los derechos humanos en Chile, y censurando el proyecto de indulto para los detenidos durante el estallido social, afirma que quienes permanecen en las cárceles desde hace más de un año no son presos políticos. Sin embargo, los hechos analizados en Chile, y que dan pie a esta conclusión, son los mismos que en Venezuela fundamentaron su informe de 2020.

No existen presos políticos en Chile, entona un coro de detractores del indulto promovido por senadores de oposición. Pero negar su existencia es tan propio de la política, como lo es del demonio propalar la noticia de su muerte. Al menos hay que sospechar de sus intenciones. Porque, presos políticos hay en la democracia tutelada y semi-soberana que nos rige. Y si no se les ve, o no se les quiere ver, pronto se harán visibles, conforme se conozcan los fallos de la justicia en contra suya. Entonces pasarán a ser los héroes de Primera Línea, sobre el fondo de un régimen político que no ha sabido resolver las flagrantes violaciones a los derechos humanos.

Es una discusión bizantina exhortar la libertad de los presos políticos del estallido social, como negar la existencia de presos políticos en Chile. No tienen consecuencias para el debate. Una y otra convocatoria puede ser defendida hasta el infinito sin dar origen a un consenso entre ambas. Y esto lo saben los legisladores que iniciaron el proyecto de ley de indulto y, por eso, no aluden en el texto a presos políticos, y excluyen explícitamente del beneficio a funcionarios policiales. Lo sabe también la senadora Carolina Goic, que refuta la existencia de presos políticos para no verse forzada a dar su aquiescencia al proyecto de indulto, aunque ella no estará en el Senado cuando los efectos de su negativa se hagan visibles.

Y lo sabe también Human Rights Watch, HRW, que no aceptará igualar la represión del gobierno de Sebastián Piñera con la desplegada por los gobiernos de Venezuela, Guatemala, Nicaragua y Bolivia, respecto de los cuales la oenegé estadounidense ꟷen un particularismo incompatible con la defensa universal de los derechos humanosꟷ ha denunciado el encarcelamiento de opositores y la sistematicidad de las violaciones de los derechos fundamentales; lo que no ha hecho en Chile.

El particularismo de Human Rights Watch (HRW)

Tiene sentido detenerse en esta digresión, pues HRW se ha convertido en un participante activo de la política nacional, pero en un indiscutible alineamiento con el Ejecutivo y con sectores de derecha.

Pretendiendo ofrecer una mirada objetiva sobre las violaciones a los derechos humanos en Chile, y censurando el proyecto de indulto para los detenidos durante el estallido social, afirma que quienes permanecen en las cárceles desde hace más de un año no son presos políticos. Sin embargo, los hechos analizados en Chile, y que dan pie a esta conclusión, son los mismos que en Venezuela fundamentaron su informe de 2020, donde se señala que: «en noviembre, había casi 400 presos políticos en cárceles o sedes de los servicios de inteligencia de Venezuela…» Y donde se describe lo mismo que ha sucedido en Chile, pero que, tratándose del país caribeño, le merece una condena más severa, al subrayar que «integrantes de las fuerzas de seguridad dispararon municiones antidisturbios a quemarropa contra manifestantes, golpearon brutalmente a personas que no mostraban resistencia y llevaron a cabo violentos allanamientos en edificios de departamentos. Integrantes de las fuerzas de seguridad también han cometido graves abusos contra detenidos que, en algunos casos, constituyen torturas, como violentas golpizas, descargas eléctricas, asfixia y abusos sexuales.»

En Chile HRW se abstiene de reconocer la violación sistemática de derechos y garantías. Pero, a la hora de juzgar a Nicaragua, el juicio es diferente. Ahí, dice el informe de HRW, «los casos documentados por Human Rights Watch son consistentes con un patrón de abusos sistemáticos dirigidos a personas que se manifestaron contra el gobierno y opositores que ha sido reportado por la CIDH y la Oficina de la ACNUDH.»

Igual patrón aplica HRW a Guatemala. Sostiene que «las autoridades guatemaltecas deberían llevar a cabo investigaciones oportunas, exhaustivas e imparciales sobre los señalamientos de uso excesivo de la fuerza por agentes de las fuerzas de seguridad, además de los actos de violencia atribuidos a manifestantes, y garantizar el derecho a la protesta pacífica». No obstante, en Chile, la misma medición de la oenegé arroja resultados distintos.

Teóricamente, la persecución política debería dar por resultado eventual, la prisión política de la víctima. Asimismo, la prisión preventiva podría convertirse en arma política del gobierno contra los adversarios. Esto lo percibe HRW en Bolivia, pero no lo ve en Chile. Un informe de 53 páginas La justicia como arma: Persecución política en Bolivia, documenta casos promovidos por el gobierno interino con cargos infundados o desproporcionados, violaciones del debido proceso, cercenamiento de la libertad de expresión y uso excesivo y arbitrario de la detención preventiva.

Por cierto, hay que tener mucho cuidado con los conceptos, como dice el director de HRW. El caso de Norín Catrimán vs. Chile (2014) ante la Corte Interamericana de DD.HH. expuso, entre otras vulneraciones, el arbitrario uso de la prisión preventiva con fines de instrumento para la paz social o la seguridad interior del Estado que se hace en nuestro país. Además desde el 2009 está vigente la Ley N° 20.357 que tipifica los crímenes de lesa humanidad, de guerra y el genocidio en nuestra jurisdicción, imponiéndonos márgenes de menor tolerancia ―distintos al horror y las atrocidades de la Dictadura―ante los abusos del Estado. Por ello, hoy la prisión preventiva deviene en prisión política, toda vez que la Justicia no logra argumentar su mantención en base a los estándares de la doctrina internacional de DD.HH.

Por último, hay que decir que RHW, a diferencia de su director europeo, que prefiere no intervenir en asuntos de política interna de los Estados, como fue con el referéndum secesionista catalán, ha planteado sus objeciones a una ley de indulto, como antes formuló su oposición a la penalización del negacionismo. Por consiguiente, es controvertible como cualquier actor político nacional, y debe asumir esa consecuencia.

Ese enemigo cruel, implacable y poderoso

La irreductible ambigüedad de un término metajurídico como éste se debe a que, teóricamente, un preso político es aquel que ha cometido un acto delictivo con motivaciones explícitamente políticas. Sin embargo, para la autoridad, representada por las atestaciones de los agentes del Estado que practicaron su detención, el imputado es solo autor de un delito, con independencia de sus intenciones políticas: agresión de obra a la policía, destrucción de mobiliario público o daños a la propiedad privada. Por el contrario, para la víctima de reclusión, su acción es esencialmente política y, definitivamente, no delictiva: reunirse, desplazarse y protestar contra el gobierno, e incluso ejercer la autodefensa legítima frente a los abusos policiales.

Es evidente que entre los miles de detenidos hay una minúscula porción de oportunistas carentes de la más mínima persuasión política, que no sea, claro, la de servirse de la protesta para propósitos individualistas, lucrativos o hedonistas. Lo cual no cambia el objeto de la movilización social. Pero es evidente que con ellos comparten la misma celda personas que emplearon la violencia como instrumento para un fin político, y también personas que se manifestaron pacíficamente con un propósito igualmente político.

¿Quién debía hacer la distinción entre tales tipos de acciones y de agentes? Desde luego, la Justicia. El ministerio público, la magistratura y las defensorías. Y el caso es que aún no lo hace, lo cual importa un antecedente político coadyuvante y funcional de la excepcionalidad que grava a los recluidos desde el año 2019.

La Justicia ha tomado el atajo de la prisión preventiva, del disparo a la bandada, de echar todo en el mismo saco, porque en esto, cual más cual menos, todos serían culpables hasta que cada uno pruebe su inocencia. Es lo que se desprende de la advertencia formulada por el ministerio público cuando declara que «un proyecto de ley de indulto como el presentado en el Congreso Nacional en los últimos días podría constituir una gravísima señal para la convivencia social, pues plantea condiciones que dejarían sin efecto, entre otras causas, la condena a once años de presidio impuesta a John Cobin, por homicidio frustrado y Ley de Control de Armas». ¿Esta admonición significa que los miles de recluidos en prisión preventiva son como John Cobin? ¿Que sus condenas podrían sumar sobre 50 mil años de cárcel?

La Fiscalía notifica al Congreso. Pero, ¿cuántas causas se acumularon en sus despachos tras el estallido? ¡Alrededor de diez mil! Luego, el ministerio público mira hacia la magistratura. Y ésta ¿qué hace? Se satisface con un sucedáneo de eficiencia, como aquel donde dicta veredicto condenatorio de I.A.C. por el lanzamiento de tres bombas molotov contra personal de Carabineros el 26 de octubre de 2019, cuya sentencia se conocería el próximo sábado… Después de catorce meses.

Los presos políticos existen. Y no por propia pretensión suya. Fue el Estado quien les asignó la calidad de presos políticos al definir su comportamiento, sus objetivos y las circunstancias de la lucha que emprendía contra ellos. Fue el jefe de Estado, Sebastián Piñera, quien la noche del estallido social afirmó: «Estamos en guerra ante un enemigo cruel, implacable y poderoso, que no respeta a nada ni a nadie con tal de conseguir sus perversos objetivos». La definición no es penal, sino política. Del mismo modo, a principios de los años setenta, el general Gustavo Leigh Guzmán, miembro de la junta de gobierno, había tipificado políticamente a sus adversarios reservándoles el calificativo de «cáncer marxista» para, luego, reprimirlos fría y brutalmente empleando las instituciones políticas, militares y policiales. Y el general Pinochet veía al enemigo político en el comunismo internacional que debía ser exterminado en el país.

A fines del siglo diecinueve el alemán Franz von Liszt definía a los movimientos de la clase obrera como «células cancerosas del proletariado», y Jiménez de Asúa en España, contribuía a las primeras normas anti-terroristas para combatir al anarquismo. Cesare Lombroso y Rafaelle Garófalo, en Italia, inventaron la reclusión perpetua y la eliminación de los sediciosos y rebeldes.

En Chile, la dictación de la ley de seguridad del Estado vino a coronar las décadas de emergencia y represión del movimiento obrero. Miles de trabajadores y sus familias murieron víctimas de la violencia estatal. Arturo Alessandri Palma gobernó a fuerza de estados de excepción. Y, como ahora, siempre se negó la existencia de presos políticos. Las almas del Seguro Obrero lucharon por ideales políticos, así hayan muerto vilmente asesinados.//ELF

Publicado en: Columnas, Notas, Politica Etiquetado como: columna, Rodolfo Fortunatti

Gobierno de mayoría

septiembre 25, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Rodolfo Fortunatti

Sociólogo DC

El sello político de dicho gobierno no puede ser sino el de una alianza de centroizquierda. Como lo demuestra la experiencia de hace cincuenta años, la configuración de una mayoría para cambiar la estrategia de desarrollo y radicalizar la democracia, depende crucialmente de la voluntad de las fuerzas políticas de centroizquierda. Porque no vendrá de los sectores que instituyeron la Constitución del 80 y el Código de Aguas.

Más de la mitad del tiempo que dura el gobierno de Sebastián Piñera habrá transcurrido, como en su primera administración, en medio de la inestabilidad y de una débil gobernabilidad democrática, sumadas ambas a la baja popularidad del presidente y del gabinete de ministros.

La razón de fondo no ha de buscarse más allá de la presencia de una alianza política minoritaria y desarticulada, como la constituida por los partidos de derecha, y la reprimida acumulación de demandas y expectativas insatisfechas esperando ser atendidas y, en lo posible, saldadas. La razón está precisamente aquí: la derecha nacida al amparo de la Constitución del 80, no puede gobernar porque no sabe cómo hacerlo. Han debido acudir en auxilio del gobierno y del restablecimiento de su aplomo institucional, dirigentes de partidos de oposición, incluso abandonando su domicilio político, y a un alto precio que, probablemente, sus propios electores les cobrarán en los comicios que se avecinan. Esta debilidad la advierte Joaquín Lavín cuando señala que estará disponible para asumir la sucesión presidencial en una alianza de convivencia nacional que, sin embargo, es rehuida por su sector.

Realismo sin renuncia

Es cierto que también la popularidad del gobierno de la presidenta Michelle Bachelet marcó un bajo rating, y que su conglomerado mostró signos de desafección y pérdida de cohesión. Pero ello fue posible porque desde que asumió y hasta que dejó el Palacio de Gobierno, operó un bloqueo a ratos conspirativo —como la invención del caso Caval, su inminente abdicación o su inhabilitante estado de salud―, contra el programa de reformas que comprometió en las primarias de 2013.

El obispo de la iglesia Católica Alejandro Goic calificó las primeras iniciativas de frenesí legislativo. Soportó estoicamente el fuego amigo, eufemismo con el que suele nombrarse a la oposición interna no declarada, pero persistente y desembozada. Contaba acaso tres meses de gobierno cuando los liberales la notificaron que la Nueva Mayoría no era en verdad una coalición, como lo había sido la ex Concertación, sino algo menor, un acuerdo programático con fecha de vencimiento. Desde luego, una inconsistencia la suya, pues ninguno de ellos deseó que la ex Concertación fuera la alianza que llegó a ser y, menos aún, que pudiera durar veinte años y ofrecerle al país dos presidentes democratacristianos y dos socialistas.

Se hicieron concertacionistas en la medida que moderaron su anticomunismo. Resiliente como es… ¡incluso a la adversidad que halló en sus propios ministros!, introdujo en el diseño gubernamental el ajuste conocido como de realismo sin renuncia que le permitió llegar hasta el final de su mandato presidencial. Es claro que no pudo responder, como hubiera querido, a la contenida demanda ciudadana, y prueba de ello es que casi al momento de entregar el gobierno, despachó al Congreso el proyecto de cambio constitucional.

Fin del principio de subsidiariedad política

¿Dónde radica entonces la diferencia entre la gobernabilidad de Bachelet y la de Piñera? En dos hechos íntimamente conectados y metodológicamente demostrables. El primero es que la centroizquierda que volvió a levantar la candidatura de Michelle Bachelet fue mayoría en las primarias de 2013; luego, en la primera vuelta de noviembre, y en la segunda vuelta de diciembre del mismo año. Ello se reflejó asimismo en la composición del Parlamento del año 2014. La centroizquierda también marcó su impronta en la integración del Congreso de 2018, no obstante haber cedido el paso a Piñera en la competencia presidencial. Todo lo cual remacha la condición minoritaria de la derecha. Hace no más de algunas horas la oposición reafirmó su adhesión a la institucionalidad jurídica del Estado, al respaldar lo obrado por el Contralor en el ejercicio de sus facultades fiscalizadoras sobre las actuaciones de funcionarios de Carabineros durante el Estallido Social, amparadas sin embargo por el Gobierno.

El segundo hecho que distingue al actual gobierno del que le precedió, es que las principales realizaciones por las que será recordado y pasará a la historia, pertenecen a la oposición. Son iniciativas de la oposición, amén de otras igualmente trascendentales, la reforma que permite poner término a la Constitución de 1980, y el retiro del diez por ciento de los fondos de las AFPs. Por cierto, serán simbólicamente diluidas en el almíbar de los llamados consensos transversales para bien de toda la población y de los que nadie debería restarse. Por el contrario, ¿quién podría negar que son reformas propias del programa de Bachelet el fin del sistema electoral binominal, la creación del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, el fin del lucro, la selección y el copago en educación, la Ley Ricarte Soto por la cual se pueden financiar enfermedades de alto costo, la gratuidad en la educación superior, la ley que fortalece el carácter público y democrático de los partidos políticos y facilita su modernización, la ley que despenaliza el aborto en tres causales, y la ley de nueva educación pública?

Pero esta práctica, donde las mayorías van en auxilio de las minorías cuando éstas no pueden gobernar, debe terminar. Este régimen de subsidiariedad política que se activa en circunstancias de ingobernabilidad e inestabilidad, debe acabar, precisamente porque eterniza la vulnerabilidad del sistema democrático.

30 años, 32 dictaduras y una barrera sin sentido

Las lecciones de los gobiernos de Bachelet y Piñera enseñan que el actual trance histórico, que no es la emergente crisis sanitaria, social, económica, ambiental y política, sino el orden que causa la vulnerabilidad del país ante éstas, y, especialmente, la exposición al riesgo de las clases medias y populares, solo puede ser sobrellevado por un gobierno de mayoría con un fuerte apoyo parlamentario.

El sello político de dicho gobierno no puede ser sino el de una alianza de centroizquierda. Como lo demuestra la experiencia de hace cincuenta años, la configuración de una mayoría para cambiar la estrategia de desarrollo y radicalizar la democracia, depende crucialmente de la voluntad de las fuerzas políticas de centroizquierda. Porque no vendrá de los sectores que instituyeron la Constitución del 80 y el Código de Aguas.

Si no hay unidad de esas fuerzas y, por consiguiente, si no hay acuerdo sobre un programa común, no será posible avanzar. Presionar las condiciones sin ser mayoría y a cualquier precio para tornarlas objetivamente favorables a la reforma, solo conduce a la ruptura y a la confrontación civil y política. Bachelet era consciente de la lasitud que afectaba a todo el arco político de su coalición, y, por eso, pasó a la fase del realismo sin renuncia, es decir, a priorizar las acciones de gobierno y a darles viabilidad financiera, técnica y política.

Pero aquel diseño culminó en la derrota de Alejandro Guillier, y quedó totalmente desechado en el Estallido Social de 2019, que puso de manifiesto la necesidad de mayor profundidad y celeridad de los cambios. Resulta evidente que frente a este nuevo estado de madurez del país, hay comportamientos políticos que han pasado a la vanguardia, mientras que otros han permanecido en un rezago apático. Está fuera de la coyuntura condicionar la formación de este conglomerado mayoritario a la adhesión o condena de los países con menor grado de desarrollo democrático.

Hay 32 dictaduras firmes en el mundo, con varias de las cuales Chile mantiene relaciones diplomáticas y comerciales. Dictaduras comunistas, como China y Vietnam, donde nuestros exportadores de frutas gustan de tomarse fotografías. Dictaduras como Egipto, Qatar y Arabia Saudí. Si se propusiera romper con ellas antes de arribar a un pacto, la barrera sería tan difícil de sortear como la Gran Muralla.

Tampoco daría frutos condicionar el nacimiento de un nuevo y amplio conglomerado, a la crítica de los treinta años de políticas públicas de la Concertación. En tal caso el esfuerzo unitario quedaría reducido al mínimo, porque nada puede construirse hacia el futuro, sino sobre los progresos pasados, conquistados bajo una democracia, tutelada, semi-soberana y subsidiaria de los partidos y representantes de derecha. Herencia política que defenderán democratacristianos, socialistas, radicales, pepedés, liberales, izquierda-cristianos, mapucistas y comunistas. No tiene mucho sentido esta credencial de coherencia.

Como no lo tiene negarse a un mecanismo de selección del o la candidata presidencial y de los contenidos programáticos de una propuesta. Lo que queda claro, como el agua que corrió el 2017, es que separados a primera vuelta es una derrota segura para la centroizquierda, y sobre todo, para la gente que ha sufrido y que anhela la paz. //ELF

*PD: Columna publicada en LaVozDeLosQueSobran.cl

Publicado en: Columnas, Notas Etiquetado como: columna, Columnas, Columnista, Rodolfo Fortunatti

La DC en la centroizquierda

agosto 13, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Rodolfo Fortunatti

Doctor en Ciencias Políticas y Sociología 

No es posible entender el Estallido y el malestar social que lo alienta, sin tomarle el peso al daño que ha ocasionado a la centroizquierda, en términos de credibilidad y de resultados políticos y electorales, la proverbial actitud de los autocomplacientes. De cara al cambio de época, parece haber llegado la hora de procesarla.

En vísperas del aniversario 63° de la fundación de la Democracia Cristiana, el 28 de julio pasado, el senador Francisco Huenchumilla envió una carta a la militancia del partido. En ella el exintendente de La Araucanía formula una propuesta que, en lo sustantivo, exhorta a la conformación de una directiva nacional «unitaria», término que alude a la concurrencia de la vasta diversidad de visiones políticas y estratégicas de la colectividad. Mesa «ampliada», además, a un consejo de presidentes regionales con facultades ejecutivas generales.

El exministro ofrece cuatro argumentos para sustentar esta propuesta. De entrada, señala que se precisa un cambio, a la luz del desgaste electoral y orgánico que viene exhibiendo el partido. Seguidamente, que la actual mesa tiene su mandato vencido, y que no corresponde que éste se prolongue por la vía de los hechos consumados. Luego, que se requiere integrar y representar a los distintos sectores para que todos se sientan reflejados en la nueva conducción. Por último, que una elección interna no es solución, porque se convertiría en una lucha de poder que postergaría el debate esencial sobre las definiciones de fondo.

Autocomplacencia: el freno al progreso

Cada una de estas razones tiene elementos a favor y en contra, que es conveniente aquilatar en su mérito —que lo tienen—, para formarse un juicio político ajustado a la realidad y actuar en consecuencia.

La preocupación del senador Huenchumilla por el declive de la DC es un hecho concreto que puede ser demostrado a la luz de las estadísticas electorales de la transición. Solo que este descenso no se inicia el año 2000, como sugiere el autor, sino en la segunda mitad del gobierno de Aylwin. Y si bien la promesa Para Los Nuevos Tiempos de Frei, consiguió atenuar esta caída, hacia el año 1997 la pendiente se hizo demasiado evidente como para desconocerla. Y no fue ignorada. O, mejor dicho, nadie quedó indiferente al debate que, por entonces, protagonizaron los calificados de modo peyorativo como autocomplacientes y autoflagelantes, y que ya daba cuenta de las insatisfacciones que empezaban a despertar en la población tanto la negociación como los límites de la democratización. No es posible entender el Estallido y el malestar social que lo alienta, sin tomarle el peso al daño que ha ocasionado a la centroizquierda, en términos de credibilidad y de resultados políticos y electorales, la proverbial actitud de los autocomplacientes. De cara al cambio de época, parece haber llegado la hora de procesarla.

«Esperaría que los hombres y mujeres que siguen añorando el pasado, dejen la conducción de esta transición —ha emplazado la senadora Yasna Provoste―. Tuvieron su tiempo, deben dejar paso para que la DC se fortalezca en una alianza para las transformaciones».

La mesa conducida por el exdiputado Fuad Chahín se instaló hace más de dos años gracias a la alianza mayoritaria y representativa de las principales facciones de poder interno. Lo hizo con el sugestivo propósito de emprender «la revolución de la dignidad» y de poner al PDC en la primera línea del debate nacional. El Estallido del 18 de Octubre puso la revolución de la dignidad en primera línea, y empujó al PDC a firmar una salida institucional, que no otra cosa fue el acuerdo del 15 de noviembre por el cual se fijó un plebiscito para reformar la Constitución. El mandato de la actual mesa está vencido desde el Estallido, como superados y agotados están los programas y adhesivos de los grupos que le brindaron apoyo. De ahí la urgencia de la sucesión.

Es deseable, como indica el senador, que una nueva mesa refleje la diversidad interna, pero es también una aspiración muy sentida que no haya facultad de veto de ninguno de sus miembros sobre la gestión política, lo cual hoy se ve como un requisito difícil de satisfacer. Porque ha surgido una diversidad distinta, como la destacada por seis presidentes regionales, que no es conciliable con las antiguas fórmulas que llevaron al fracaso, y que debe abrirse paso para gobernar.

Otra diversidad, mayoritaria y unitaria

Aquella diversidad es la que se expresa en el cambio de la Constitución, a diferencia de su pura enmienda. Se manifiesta también, en una Convención Constituyente, enteramente elegida por la ciudadanía, a diferencia de una Convención Mixta, donde una parte de la asamblea esté compuesta por actuales parlamentarios, como se recordará era el camino aconsejado por los resabios autocomplacientes. Se revela en el retiro del diez por ciento de las AFPs, a diferencia del dogma liberal que considera intocable la herencia económica del régimen civil militar. Se expone en el deseo de construir una mayoría de centroizquierda para gobernar, a diferencia de quienes quisieran mantenerse en el confinamiento político y en un «virtual pacto por omisión», que permite a la derecha conquistar el poder y conservarlo. Se muestra en el futuro que nace después de esta crisis social, sanitaria, económica y política, a diferencia del pasado que muere con ella.

Esta nueva conducción debería clausurar la experiencia neoliberal y, por eso, su misión debería ser representar la identidad de vanguardia, reformadora y popular que ha encarnado en sus momentos estelares la Democracia Cristiana. Hoy por hoy, es perentorio para todos marcar estas diferencias.

Por último, el senador Huenchumilla ha planteado que no es conveniente realizar una elección interna que mantendría las cosas como están. Convengamos que siempre ha existido el riesgo de que la lucha por los cargos desatienda la renovación de las ideas. Sin embargo, admitamos que nada mantendría mejor las cosas como están que una mesa de integración que detuviera el tiempo en los equilibrios de poder —y en las ideas que le dieron origen— anteriores al Estallido. Sería un anacronismo a la luz de la actual coyuntura.

La elección de una nueva dirección política es imperativa para el aggiornamento de la centroizquierda, y lo es para un partido que aspira a ser parte de la historia política y constitucional que se abrió con el Estallido.

No hay nada que impida la renovación de la mesa de la Democracia Cristiana y, sí muchos desafíos futuros que la justifican.

Si el Plebiscito del 25 de octubre se realiza, y no hay comuna del territorio nacional en estado de cuarentena, entonces debería ser el momento de concretar dicho proceso, aun cuando no se haya efectuado la junta nacional pendiente.

Desde luego, el senador Francisco Huenchumilla, cuya misiva ha justificado estos párrafos, es una de las mejores opciones que posee la Democracia Cristiana para encabezar este desafío.//ELF

Publicado en: Columnas, Notas, Politica Etiquetado como: camarada DC, columna, Columnista, Democracia Cristiana, doctor, PDC, Rodolfo Fortunatti, sociólogo

  • « Ir a la página anterior
  • Página 1
  • Página 2
  • Página 3
  • Ir a la página siguiente »

Copyright © 2026 · Author Pro on Genesis Framework · WordPress · Acceder

Enviar WhatsApp