Por Rodolfo Fortunatti
Sociólogo y militante DC
Fuad Chahín, presidente de la Democracia Cristiana (DC), ha procurado dejar firme que no hay vuelta atrás en la ruptura con la izquierda, partiendo con el quiebre con los comunistas.
En los últimos dos años no existe una sola palabra desdeñosa, descalificadora y humillante de Fuad Chahín hacia el gobierno de Sebastián Piñera y de Chile Vamos, de sus partidos políticos y de sus líderes. Y nunca, como en la entrevista que concede a El Mercurio, el presidente de la Democracia Cristiana (DC) había tratado con tal virulencia verbal al Frente Amplio, el PPD y el Partido Radical, lo que contrasta incluso con el miramiento que reserva en la misma entrevista a Mario Desbordes, el verdadero autor de toda esta trama, según explica Chahín.
Como si hablara desde el gabinete del psiquiatra, en una sesión psicoanalítica, les imputa reacciones neuróticas y de actuar de manera infantil, como niños que «rompen un juguete y al día siguiente quieren que les compren otro; y al día siguiente otro».
El contraste en el cuidado de las formas dispensado a uno y otro sector es clarísimo, pero coherente en el cuidado el cuidado proceder que ha venido observando durante su conducción con el fondo estratégico de apertura hacia el oficialismo.
En la entrevista de El Mercurio -al expirar su mandato en la DC y previendo la inminente inhabilitación de su mesa en la próxima Junta Nacional- Chahín ha procurado dejar a firme que no hay vuelta atrás en la ruptura con la izquierda, partiendo con el quiebre con los comunistas. En esta nueva vuelta de tuerca, solo le concede indulgencias al Partido Socialista (PS), mientras respalda el origen democrático de la recién instalada testera encabezada por la derecha, y, frente a lo que ve como una remota posibilidad de censura a dicha mesa, insiste con la eventual candidatura del malogrado diputado, Gabriel Silber.
Con su conducta, el presidente de la DC busca profundizar el abismo abierto por el «camino propio» que antes ensayaron sin éxito Progresismo con Progreso, de Mariana Aylwin, y Comunidad en Movimiento, de Gutemberg Martínez y Soledad Alvear. El mismo que produjo el estrepitoso fracaso en las elecciones presidenciales y parlamentarias 2017 y en el que han seguido perseverando desde la segunda línea actores como René Cortázar, Jorge Burgos y Genaro Arriagada.
Sin embargo, Chahín afronta tres problemas para ultimar la ruptura con la centroizquierda.
En primer lugar, no tiene cómo justificar si quiera los secretos con la derecha para conformar la mesa de la Cámara de Diputados, aunque éstos no hubieran llegado a buen puerto. El mandato de la Junta Nacional, referente inexcusable de todas las conversaciones políticas de la Democracia Cristiana, es claro y explícito en señalar que «el Partido desarrollará todos los esfuerzos para liderar el desafío, en el marco de la oposición, para impedir que se produzca algún retroceso en los derechos y conquistas que han beneficiado a los más vulnerables». Simplemente, la colectividad no debió haber prestado oídos a los cantos de sirena de Mario Desbordes, que es el presidente de Renovación Nacional, y no un anónimo confidente que sugiere Chahín, porque si no, ¿Qué fuerza vinculante habría tenido semejante negociación? Y si no era Desbordes, ¿Con quién se estaba etendiendo?
En segundo lugar, sus reconversiones a la centroizquierda de haber vulnerado el acuerdo al no votar por Silber- y aquí hay varios que ven bajo el agua porque la votación fue secreta-, son igualmente aplicables a miembros de la bancada demócratacristiana, como acusas algunos, que se habría negado a votar por Karol Cariola, la candidata comunista a la primera vicepresidencia que perdió ante su oponente por un solo voto. En consecuencia, la culpabilidad política viene a ser un asunto de todos en un momento crítico que vive el país.
En tercer lugar, porque si la Democracia Cristiana si no quiere sufrir su extinción, necesita el concurso de la centroizquierda para renovar y conquistar cargos de alcaldes y gobernadores regionales en las elecciones de abril del próximo año, porque sola no puede, y porque en lo que sigue es seguro que no se abrirá una oportunidad de alianza con la derecha. Serían los propios incumbentes, los de abril y octubre de 2021, los que se encargarían de presionar para que Chahín no fuera el interlocutor relevante de futuras necogiaciones.
Entonces se habrá consumado la consunción de una práctica política incierta que dominó durante la pasada década en la Democracia Cristiana, desempeñando así el espejo donde también deberían apreciarse y reflejarse para corregir su comportamiento de oposición todos los partidos de centroizquierda. //ELF.