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A reconstruir la centroizquierda

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profesor

Jaime Bassa explica: ¿Qué pasará con las leyes que estén en contradicción con la nueva constitución?

diciembre 5, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

El profesor de Derecho de la UV se refirió a las alternativas para abordar los casos de inconstitucionalidad sobreviniente, en Terra.cl.

A más de un mes de llevado a cabo el plebiscito nacional y tras los resultados que dieron por ganadora a la opción de redactar una nueva constitución por medio de una asamblea constituyente son muchas las interrogantes que han surgido en torno al proceso, y una de ellas es qué sucede con las leyes vigentes que puedan presentar una contradicción con los contenidos de la nueva carta fundamental.

En este sentido, el profesor de Derecho Constitucional y Teoría Política de la Escuela de Derecho de la Universidad de Valparaíso Jaime Bassa explicó que “efectivamente, una vez que se apruebe la nueva constitución, es probable que algunas leyes queden en una situación de contradicción respecto del nuevo texto, es decir, normas legales que hoy día son compatibles con la carta magna dejen de serlo cuando se apruebe una nueva».

Y agregó que «Esto se conoce como inconstitucionalidad sobreviniente, es decir, un estado de antijuridicidad en el que cae una ley vigente como consecuencia de un cambio importante en la constitución o de la redacción de una nueva constitución”.

Respecto a los mecanismos que operarían en caso de inconstitucionalidad sobreviniente, hizo referencia a tres: “La primera posibilidad es que la propia constitución contemple en su articulado transitorio normas que regulen ese periodo intermedio, que media entre la aprobación de la nueva constitución y la actualización de la ley».

«Por regla general, este articulado transitorio tiene por finalidad regular jurídicamente un periodo de tiempo de transición entre un ordenamiento jurídico y otro, para regular con mayor precisión cuál será el efecto jurídico de las normas en el tiempo”.

“Otra alternativa es que la nueva constitución contemple un mecanismo de resolución de conflictos entre normas jurídicas, como consecuencia de la aprobación del nuevo texto».

«Esto podría ser una competencia que se entregue, por ejemplo, a la Corte Suprema, de modo tal de que ésta pueda identificar aquella normativa que eventualmente entra en conflicto con la constitución y resolver su aplicación y, de alguna manera, promover ciertas actualizaciones legislativas, para lo cual sería necesario un trabajo en coordinación con el poder legislativo. Una tercera posibilidad podría ser, derechamente, no hacer nada, y de alguna manera esperar que las contradicciones entre la legislación vigente y la constitución se produzcan y generen efectos, y resolver los conflictos que se vayan produciendo a medida que las leyes son implementadas al alero de la nueva constitución”, añadió.

“A mi juicio, las dos últimas no son las mejores alternativas, porque significa entregarle a tribunales la función de resolver conflictos de constitucionalidad de las leyes por su inconstitucionalidad sobreviniente».

«Desde mi perspectiva, la mejor opción es que la propia constitución identifique con claridad cuáles son aquellas materias en las cuales va a ser necesaria una actualización de la normativa legal, ya sea a través de articulado transitorio, estableciendo un régimen de transición entre la vieja y la nueva normativa, o derechamente en el articulado principal de la constitución, con mandatos dirigidos al legislador para que éste regule las materias que la constitución le mandate».

«Esto último, lo de los mandatos normativos que la constitución dirige a la ley, es una cuestión frecuente y regular, que podría servir para resolver problemas de inconstitucionalidad sobreviniente respecto de las materias más sensibles para el actual contexto de crisis social en la que se encuentra el país».

«Por ejemplo, en materias como agua o medioambiente, donde la constitución podría derechamente definir los contornos dentro de los cuales deberá regularse legalmente la nueva normativa, y eventualmente complementar ese mandato en el articulado transitorio con un plazo para que ese mandato se haga efectivo”, subrayó.

“Esta discusión es relevante porque tenemos que pensar que el país no la tuvo cuando se aprobó la constitución del ‘80».

«Mucha normativa que estuvo vigente bajo el alero de la constitución del ‘25 quedó de alguna manera en el aire, con alguna suerte de derogación tácita, pero además la normativa de facto que fue promulgada entre los años ‘73 y ‘80 tampoco fue debidamente revisada una vez que la constitución fue promulgada».

«Hay normativa de los decretos leyes que es abiertamente contraria a la constitución en importantes materias, como protección de derechos fundamentales o del sistema de distribución de competencias normativas entre la ley y el reglamento, y es interesante notar que además este ejercicio tampoco se hizo el año ’90, una vez recuperada la democracia».

«Hay efectivamente un problema, una deuda en materia de actualización de los decretos leyes, pero también de las leyes dictadas en la década del 80 que no fueron debidamente revisadas con la aprobación de la constitución en 1980, o con la aprobación de las reformas constitucionales del año ‘89 y de la recuperación de la democracia el año ‘90. Entonces hoy día, que estamos ad portas de redactar una nueva constitución, esta es una cuestión sensible, que la nueva constitución va a tener que, de alguna manera, resolver”, cerró.

Publicado en: Entrevista, Notas, Politica Etiquetado como: Constitucionalista, Jaime Bassa, profesor

Semana Santa de rodillas frente al espejo: Un reencuentro con la fe

abril 7, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Jorge Lindemann S.

Profesor de Estado
Militante DC

La Semana Santa es, para nosotros los golpeados y avergonzados católicos y para todos los amigos y amigas fraternales, un espacio de tiempo de reposo e introspección y la acción. Primero, el de continuar siendo agentes de cambios y testimonio de humanidad viva, no solo con los que comparto este poco prestigiado dogma de fe, sino para todas las personas de buena voluntad que son y viven con nuestro prójimo o nuestros » legítimos otros».

En este tiempo de pandemia o pestes democráticas, es tiempo que debe servir más que nunca, para hacer revisión del vivir y el actuar, siendo partícipes y promotores de grandes liberaciones del pueblo y de perversiones sociales, que según la historia son momentos de nacimiento de una gran fuerza revolucionaria, para toda la sociedad, las culturas, los dogmas petreos y nuestras conductas, como lo fueron en su época la Peste Bubónica y la Gripe Española; en que se generaron grandes y profundos cambios, radicales movimientis sociales y que permitió a la humanidad y las estructuras societarias de la época reconocer la de una vez la dignidad humana, la urgente cuestión social, la evangélica caridad, el desarrollo de vivencia más justas y consideradas frente al dolor, la condición y miserias humana y la ignorancia.

Esas plagas hicieron que la dominante y omnipotente iglesia católica pierdiera su imágen monárquica, mágica, culpadora y poderosa. El pueblo cristiano se reveló frente a la ausencia de ese Dios castigador, culpable de los signos de muerte y dolor. Los aterrorizó los jinetes del mal, el miedo a lo desconocido y al horror del fin.

Se derrumbó toda la estructura social, sus verdades absolutas, «la tierra prometida» y sus paradigmas absolutistas.

Pasaron los años y nuevamente nos sorprende la fragilidad, la insignificancia de la realidad, el dolor, el miedo y pavor de una pandemia que nos paraliza, y una sociedad que se desafía a sí misma y se muestra impávida, en que se desnuda la injusticia, la discriminación, los poderes fácticos absolutos y que termina por dejar a la iglesia católica en una vergonzosa evidencia de lo lejana que ha estado de su doctrina y por ende del ser humano.

En las antiguas pandemias la rebelión social puso todos los sistemas de gobierno y absolutismos en jaque, en desvaríos, y en una evidente desconfianza en los autodefinidos poderes protectores contra el bien y el mal, una rebeldía que sublima y desahoga en la quema de palacios, castillos y templos religiosos. Su conciencia oculta explotaba buscando el origen de las maldiciones apocalípticas. Huyen como ratas estás curas y monjes; se deconstruye el poder de lo absoluto, la colusión, el desprecio al pacto iglesia-Estado, poder y miedo fundido en un solo verbo.

El remesón de la iglesia católica fue enorme y fuerte, los Papas de los años siguientes se obligan a un proceso de inflexión culposa, de recuperar las verdades y profundidades del evangelio, leer con el alma las profesias reveladas; hasta hoy tratan de descubren lo que siempre fue La Verdad, leyeron las entrelineas de los evangelios, ven el mensaje de la doctrina que ocultaron, del compromiso social, laboral, de los derechos humanos, de la encarnación de la fe en la propuesta de Dios para la justicia, derechos, bienaventuranzas, la amigabilidad con lo natural, de los humanos como obra divina de las artes y toda la cultura, y el conocimiento humano al servicio de todos y no de algunos.

Se inicia un reencuentro con la auténtica fe, la del amor.

En chile recién en los años cincuenta nace un movimiento que recoge los grandes propósitos de está iglesia con propuestas renovadoras, junto a los cambios nace la doctrina demócrata cristiana, con una fuerza social de grandes esperanzas, proyectos liberadores y muchos sueños, en la que le me uní con convicciones que aún mantengo; pero como condición humana también, me sostengo en dudas de pertenencia. Abandonamos principios fundamentales en el camino y caimos en el » lugar común» de los tiempos, en los acomodados pensamientos post modernos, del individualismo, de una cautivadora confianza en un capitalismo desbordado y deshumanizante. Tranzamos la fe por un estado de bienestar impersonal y anónimo, nos olvidamos de la verdadera caridad, la del sermón de la montaña, el anuncio de la buena nueva en comunidad y optamos por el egoísmo del propio confort y la ceguera.

Espero que con esta nueva y no última prueba de la fragilidad del todo, con mucha humildad podamos rehacernos y recuperar nuestra doctrina e influencia clerical que aún nos traiciona.
La DC no cae en su propuesta social solo por si misma, sino que matrimoniada con la iglesia formada por humanos y sus grandes y eternas debilidades.

Nuevamente está humanidad pseudocristiana sucumbió a la atracción mágica del poder, la soberbia, el egoísmo, el legitimado y enmascarado abuso esclavizante de las personas y su vida familiar y su trabajo; en los privilegios y placeres materiales, en las complicidades con la maldad y con la injusticia.

Para los que hemos recibido el mensaje del evangelio y el estar realizando un esfuerzo por comprenderlo, escuchamos y sabemos que es “Él”, Jesús, quien nos llama siempre como obreros, nos convoca a la denuncia, la renuncia y a la acción. Nos lo dice de forma majadera permanentemente. Nos llama al compromiso de ser cristiano como militante de una verdad revolucionaria como la de muchos que nos ha dado la historia del hombre, que siendo agnósticos y ateos o de otras opciones y religiosas repiten y gritan el mismo llamado.

Sabemos que la debilidad es parte nuestra condición humana, que el uso de la fe para manipular y usar al mundo para el beneficio propio y de su elite ha nublado el humanismo.
En esta Semana Santa viviremos nuevamente la pasión, junto con hermanos y hermanas no creyentes, con la más grande fraternidad que podamos construir. Esta vez más dolorosa que otros años; recordaremos los atropellos a la dignidad humana, el calvario de la pobreza, de los presos, los cesantes, los migrantes, los enfermos, etc… Nuevamente veremos a los autonominados «cristianos», los privilegiados de los bienes y los poderes, los que se sienten escogidos a ser invitados a la mesa de Dios según F.Cabral, verán pasar, con su habitual conducta indolente a su cristo de yeso, a adorar sus muchos cristos de fantasía romántica o histórica o de dramaturgias sangrientas y penosas, lacrimosa y chocolateras. Ahora, sin viajes ni turismo, ni misas en la playa, sin banquetes marinos, sin retiros en el barrio alto salvando culpas.

Nosotros, el pueblo de Cristo, viviremos el Cristo vivo, sabemos que hay Pascua (como dicen, saldremos de esta).

No esperemos que los obispos y muchos curas se desvistan de príncipes, ni que se arrepientan de haber gastado fortunas en construir templos ahora vacíos, en vez de hogares de ancianos, ni casas para mujeres agredidas, ni policlínica en sectores populares, ni equipos salvavidas, pues ahí está el Cristo que resusitará, entre el dolor y la esperanza. No hay que esperar que los médicos «católicos» de clínicas privadas colaboren en hospitales públicos, ni que un farmacéutico » católico» no abuse con los precios. No, no será, pero nuevamente renace la ESPERANZA, con todos, nadie queda fuera, para todos y todas.

Que el miedo y la incertidumbre de ahora, el derrumbe de lo seguro, y el desnudo del sistema nos haga rescatar lo bueno. Con es cardad que nace los rincones más profundos de la voluntad humana, no esa que te sacan artificialmente con las mismas herramientas que te la apagaron, la esa » caridad de mercado», rebelate con lo hermoso y bueno que llevamos cada uno de nosotros y nosotras dentro.

¡Felices Pascuas!

Publicado en: Columnas, Notas, Politica Etiquetado como: artículo, columna, Columnista, Jorge Lindemann, Opinión, profesor

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