Por Jorge Lindemann S.
Profesor de Estado
Militante DC
La Semana Santa es, para nosotros los golpeados y avergonzados católicos y para todos los amigos y amigas fraternales, un espacio de tiempo de reposo e introspección y la acción. Primero, el de continuar siendo agentes de cambios y testimonio de humanidad viva, no solo con los que comparto este poco prestigiado dogma de fe, sino para todas las personas de buena voluntad que son y viven con nuestro prójimo o nuestros » legítimos otros».
En este tiempo de pandemia o pestes democráticas, es tiempo que debe servir más que nunca, para hacer revisión del vivir y el actuar, siendo partícipes y promotores de grandes liberaciones del pueblo y de perversiones sociales, que según la historia son momentos de nacimiento de una gran fuerza revolucionaria, para toda la sociedad, las culturas, los dogmas petreos y nuestras conductas, como lo fueron en su época la Peste Bubónica y la Gripe Española; en que se generaron grandes y profundos cambios, radicales movimientis sociales y que permitió a la humanidad y las estructuras societarias de la época reconocer la de una vez la dignidad humana, la urgente cuestión social, la evangélica caridad, el desarrollo de vivencia más justas y consideradas frente al dolor, la condición y miserias humana y la ignorancia.
Esas plagas hicieron que la dominante y omnipotente iglesia católica pierdiera su imágen monárquica, mágica, culpadora y poderosa. El pueblo cristiano se reveló frente a la ausencia de ese Dios castigador, culpable de los signos de muerte y dolor. Los aterrorizó los jinetes del mal, el miedo a lo desconocido y al horror del fin.
Se derrumbó toda la estructura social, sus verdades absolutas, «la tierra prometida» y sus paradigmas absolutistas.
Pasaron los años y nuevamente nos sorprende la fragilidad, la insignificancia de la realidad, el dolor, el miedo y pavor de una pandemia que nos paraliza, y una sociedad que se desafía a sí misma y se muestra impávida, en que se desnuda la injusticia, la discriminación, los poderes fácticos absolutos y que termina por dejar a la iglesia católica en una vergonzosa evidencia de lo lejana que ha estado de su doctrina y por ende del ser humano.
En las antiguas pandemias la rebelión social puso todos los sistemas de gobierno y absolutismos en jaque, en desvaríos, y en una evidente desconfianza en los autodefinidos poderes protectores contra el bien y el mal, una rebeldía que sublima y desahoga en la quema de palacios, castillos y templos religiosos. Su conciencia oculta explotaba buscando el origen de las maldiciones apocalípticas. Huyen como ratas estás curas y monjes; se deconstruye el poder de lo absoluto, la colusión, el desprecio al pacto iglesia-Estado, poder y miedo fundido en un solo verbo.
El remesón de la iglesia católica fue enorme y fuerte, los Papas de los años siguientes se obligan a un proceso de inflexión culposa, de recuperar las verdades y profundidades del evangelio, leer con el alma las profesias reveladas; hasta hoy tratan de descubren lo que siempre fue La Verdad, leyeron las entrelineas de los evangelios, ven el mensaje de la doctrina que ocultaron, del compromiso social, laboral, de los derechos humanos, de la encarnación de la fe en la propuesta de Dios para la justicia, derechos, bienaventuranzas, la amigabilidad con lo natural, de los humanos como obra divina de las artes y toda la cultura, y el conocimiento humano al servicio de todos y no de algunos.
Se inicia un reencuentro con la auténtica fe, la del amor.
En chile recién en los años cincuenta nace un movimiento que recoge los grandes propósitos de está iglesia con propuestas renovadoras, junto a los cambios nace la doctrina demócrata cristiana, con una fuerza social de grandes esperanzas, proyectos liberadores y muchos sueños, en la que le me uní con convicciones que aún mantengo; pero como condición humana también, me sostengo en dudas de pertenencia. Abandonamos principios fundamentales en el camino y caimos en el » lugar común» de los tiempos, en los acomodados pensamientos post modernos, del individualismo, de una cautivadora confianza en un capitalismo desbordado y deshumanizante. Tranzamos la fe por un estado de bienestar impersonal y anónimo, nos olvidamos de la verdadera caridad, la del sermón de la montaña, el anuncio de la buena nueva en comunidad y optamos por el egoísmo del propio confort y la ceguera.
Espero que con esta nueva y no última prueba de la fragilidad del todo, con mucha humildad podamos rehacernos y recuperar nuestra doctrina e influencia clerical que aún nos traiciona.
La DC no cae en su propuesta social solo por si misma, sino que matrimoniada con la iglesia formada por humanos y sus grandes y eternas debilidades.
Nuevamente está humanidad pseudocristiana sucumbió a la atracción mágica del poder, la soberbia, el egoísmo, el legitimado y enmascarado abuso esclavizante de las personas y su vida familiar y su trabajo; en los privilegios y placeres materiales, en las complicidades con la maldad y con la injusticia.
Para los que hemos recibido el mensaje del evangelio y el estar realizando un esfuerzo por comprenderlo, escuchamos y sabemos que es “Él”, Jesús, quien nos llama siempre como obreros, nos convoca a la denuncia, la renuncia y a la acción. Nos lo dice de forma majadera permanentemente. Nos llama al compromiso de ser cristiano como militante de una verdad revolucionaria como la de muchos que nos ha dado la historia del hombre, que siendo agnósticos y ateos o de otras opciones y religiosas repiten y gritan el mismo llamado.
Sabemos que la debilidad es parte nuestra condición humana, que el uso de la fe para manipular y usar al mundo para el beneficio propio y de su elite ha nublado el humanismo.
En esta Semana Santa viviremos nuevamente la pasión, junto con hermanos y hermanas no creyentes, con la más grande fraternidad que podamos construir. Esta vez más dolorosa que otros años; recordaremos los atropellos a la dignidad humana, el calvario de la pobreza, de los presos, los cesantes, los migrantes, los enfermos, etc… Nuevamente veremos a los autonominados «cristianos», los privilegiados de los bienes y los poderes, los que se sienten escogidos a ser invitados a la mesa de Dios según F.Cabral, verán pasar, con su habitual conducta indolente a su cristo de yeso, a adorar sus muchos cristos de fantasía romántica o histórica o de dramaturgias sangrientas y penosas, lacrimosa y chocolateras. Ahora, sin viajes ni turismo, ni misas en la playa, sin banquetes marinos, sin retiros en el barrio alto salvando culpas.
Nosotros, el pueblo de Cristo, viviremos el Cristo vivo, sabemos que hay Pascua (como dicen, saldremos de esta).
No esperemos que los obispos y muchos curas se desvistan de príncipes, ni que se arrepientan de haber gastado fortunas en construir templos ahora vacíos, en vez de hogares de ancianos, ni casas para mujeres agredidas, ni policlínica en sectores populares, ni equipos salvavidas, pues ahí está el Cristo que resusitará, entre el dolor y la esperanza. No hay que esperar que los médicos «católicos» de clínicas privadas colaboren en hospitales públicos, ni que un farmacéutico » católico» no abuse con los precios. No, no será, pero nuevamente renace la ESPERANZA, con todos, nadie queda fuera, para todos y todas.
Que el miedo y la incertidumbre de ahora, el derrumbe de lo seguro, y el desnudo del sistema nos haga rescatar lo bueno. Con es cardad que nace los rincones más profundos de la voluntad humana, no esa que te sacan artificialmente con las mismas herramientas que te la apagaron, la esa » caridad de mercado», rebelate con lo hermoso y bueno que llevamos cada uno de nosotros y nosotras dentro.
¡Felices Pascuas!