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A reconstruir la centroizquierda

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Ernesto Moreno

Hacia dónde debe ir la Democracia Cristiana

mayo 10, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Ernesto Moreno y Carlos Eduardo Mena

Camaradas DC

Los camaradas Jorge Burgos e Ignacio Walker, han recientemente dado a conocer un artículo en el que plantean algunas tesis acerca de lo que a juicio de ellos debería ser el rol y la estrategia política de la DC en los próximos tiempos.

Dentro de lo que nos parece un legítimo y deseable debate, nos hemos permitido entregar algunas consideraciones y discrepancias con dichas tesis, las que quisiéramos expresar en los siguientes puntos:

1- Los camaradas Burgos y Walker han planteado que la democracia cristiana debe perfilarse como un partido de centro reformista, en que la DC debe ser una minoría dirimente y no subordinada y todo esto, dentro de lo que ellos denominan la hora de la diversidad y no de la unidad.

Creemos que estamos en un caso evidente de voluntarismo político en que se confunden lo que nos gustaría que las cosas fueran con lo que realmente son.

En efecto, los partidos políticos se constituyen en una dinámica tensión entre aquellos que ponen el énfasis en los intereses más que en los valores y entre aquellos que están básicamente por conservar la sociedad tal cual es y los que quieren transformarla. La democracia cristiana nació a la vida política para impulsar valores y para transformar la sociedad y hacerla más democrática y justa.

En este sentido, lo planteado por Burgos y Walker en las primeras líneas del escrito en cuanto a que “cada partido tiene que aparecer frente a su electorado y al país, como lo que es realmente”, agregando que “Solo desde esa posición será posible construir caminos de convergencia desde la coherencia y no del mero oportunismo electoral”, nos parece acertada, pero, lamentablemente, dicha frase no termina por profundizarse o al menos especificarse un poco más en lo que es y/o la razón de ser de la DC. Esto nos parece esencial, ya que de ello se deriva el componente fundamental para responder a cualquier duda o deseo acerca de la” posición y clasificación” de la DC en el ámbito político.

Estamos absolutamente convencidos de que la DC chilena consta de un conjunto de valores y un cuerpo doctrinal, los que acorde con cada realidad y momento histórico, nos llevan a definir y optar por el logro de determinados objetivos en lo político, socio-cultural y económico, lo que constituye lo esencial de nuestra ideología y proyecto de sociedad.

A partir de esta matriz doctrinal e ideológica y en una perspectiva del corto y mediano plazo, los demócratas

cristianos debemos cuestionar y oponernos a un orden social que contiene flagrantes injusticias sociales como son la extrema desigualdad y una agresiva concentración de la riqueza; tenemos que comprometernos por cambiar la actual constitución y, sobre todo, proponer que en el nuevo texto constitucional los derechos sociales, económicos y culturales participen en condición de verdaderos derechos, a la vez de garantizar la propiedad pública de los recursos naturales del país; debemos también implementar un nuevo sistema previsional solidario y digno; debemos apoyar el establecimiento de una renta universal básica para que muchos chilenos pueden vivir su cuarentena y el período post-pandemia en paz; implementar una nueva política impositiva, definitiva y claramente progresiva para el porcentaje de la población de mayores ingresos.

Son precisamente estas opciones, entre otras, y las acciones que se deriven de ello y no nuestros deseos u opciones individuales, las que dilucidarán ante el país el rol que la DC jugará en los próximos meses y años, así como también lo que nos llevará a encontrar más naturalmente las posibles alianzas o unidades (unidades en la diversidad) con otras fuerzas políticas y así darle un gobierno a Chile que implemente las necesarias e impostergables transformaciones que nuestra sociedad demanda.

2- Hay una cierta tendencia mecanicista y error en parte del análisis del texto en comento, particularmente en la identificación clases sociales- partidos. La actual sociedad chilena ha alcanzado una suficiente complejidad que hace que dicha identificación entre partidos políticos y clases sociales sea algo más que discutible. Los partidos no representan necesariamente clases medias, altas o trabajadoras y actualmente se habla incluso de más de una clase media. Por lo tanto, querer patentar que la democracia cristiana representa a las clases medias y que las opciones más progresistas del partido pueden llevar a que ellas se identifiquen con la derecha, no corresponde a la realidad.

Asimismo, es evidente que las adscripciones partidistas de la sociedad cada vez son menos claras, y por tanto, no se puede hablar de centro izquierda o derecha, porque dichas categorías no necesariamente expresan la diversidad y heterogeneidad socio-política de la sociedad, lo que está demostrado con el hecho de que la votación de Michelle Bachelet no fue solamente de izquierda y tampoco fue sólo de derecha la votación de Sebastián Piñera.

Adicionalmente, hay que destacar que la representación política esta severamente cuestionada y los ciudadanos no se sienten representados ni por los partidos ni por las instituciones. Este es un fenómeno mundial y todas las encuestas así lo demuestran.

En el Chile de hoy, esta crisis de representación se deriva de muchos factores pero, los principales tienen que ver con la falta de confianza de la ciudadanía en la política de los partidos y la corrupción que ha afectado de manera generalizada a las instituciones. Si no se toma en cuenta esta situación y se cree que la política del partido podrá volver después de la pandemia como si no hubiese ocurrido nada en el país, especialmente después dl 18 de octubre, es no querer hacerse cargo de esta nueva realidad.

3- Explicar el triunfo de Piñera en la última elección presidencial por los votos que se fueron de los independientes y del centro a la derecha, además de lo ya señalado en el punto anterior, nos parece, con todo respeto, un análisis muy simplista y metodológicamente incorrecto. El tema trasciende sin dudas estas reflexiones, pero convengamos en que se trata de un típico caso de mutlicausalidad con presencia de variados factores y variables. Baste recordar la crisis transversal del mundo político por los vículos dinero-politica, en los que los partidos de gobierno aparecieron claramente comprometidos; la mala comunicación e información acerca de las significativas transformaciones del gobierno de Michelle Bachelet, más allá de sus errores; la falta de asertividad y claridad de los partidos de la coalición oficialista para apoyar algunos proyectos emblemáticos de ese gobierno, en lo que la DC no paso desapercibida desde el primer momento; el suceso Caval; el espectáculo dado por el PS y la propia DC en las nominaciones internas de sus pre-candidaturas presidenciales, en fin, por último algo que uds. deben saber en cuanto que en una votación de solo el 48% del padrón electoral, en medio de un gran desinterés por la política y con una alta volatividad del voto ciudadano, cualquier elección consta con una caja de sorpresa o una inclinación en un sentido u otro no siempre posible de estimar.

4- Se observa una contradicción fundamental del artículo que afecta a lo medular de las tesis de los autores, lo que queda de manifiesto al contrastar las dos afirmaciones más emblemáticas del texto con la conclusión del mismo. El sostener que “esta no es la hora de la unidad de la oposición, sino de la diferenciación” y la aspiración que “ la DC sea una minoría dirimente y no una minoría subordinada”, se torna confuso y claramente contradictorio al concluir con un no disimulado llamado a un proceso de convergencia, en los hechos a una posible unidad, con otras fuerzas políticas (social cristianos, social demócratas, socialistas democráticos y social liberales) ¿Qué hace la diferencia entre este grupo de partidos de oposición y otros con los que se podría converger ?; ¿A partir de qué expediente o circunstancias, salvo cierto prejuicio, la DC sería en esta agrupación una minoría dirimente y no una minoría subordinada?

5- La democracia cristiana debe promover e impulsar coaliciones estables de gobierno que tengan acuerdos programáticos claros y directamente relacionados con los cambios que son necesarios en nuestra sociedad. Ello debe plasmarse en un nuevo pacto social que tenga básicamente los siguientes componentes, algunos de los cuales ya fueron mencionados: 1) llevar a término en el corto y mediano plazo el proceso constituyente, con dos objetivos esenciales entre otros: que los derechos sociales, económicos y culturales participen en condición de verdaderos derechos, estableciéndose como disposiciones constitucionales de principio y que el nuevo texto constitucional garantice la propiedad pública de los recursos naturales del país 2- perfeccionar la democracia como forma de vida y mecanismos de solución de conflictos promoviendo una cada vez mayor interacción entre todos los actores de la sociedad para abordar problemas no solamente nacionales sino globales, impulsando políticas públicas ojalá consensuadas entre los diversos actores.

Esto va a requerir un perfeccionamiento de la democracia para otorgarle más poder a los ciudadanos y complementar de esta manera la democracia representativa con una democracia participativa y deliberativa, estableciendo mecanismos tales como la rendición de cuentas, plebiscitos sobre temas fundamentales, términos anticipados de mandatos etcétera.

Promover la disminución de las viejas y nuevas desigualdades en la sociedad chilena. Entre éstas nos parecen especialmente significativas las inequidades entre las regiones, y entre comunas dentro de las regiones, así como las desigualdades de vida al interior de las ciudades que tienen que ver, con la seguridad ciudadana, el acceso al transporte público y el derecho a vivir en ciudades no contaminadas //ELF

Publicado en: Columnas Etiquetado como: columna, Columnista, Coronavirus, Ernesto Moreno, Opinión, sociólogo

Mandatos políticos en tiempos de pandemia

mayo 1, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Ernesto Moreno

Sociólogo

El ser humano, este personaje del s.XXI atareado por una vorágine que parece no tener fin, asediado por tensiones existenciales y materiales, con una tendencia fuertemente individualista y en medio de un nihilismo ambiental no despreciable, contempla estupefacto como un virus recorre el mundo afectándolo no solo en lo más preciado que es su vida, sino que también en variados ámbitos y con consecuencias muchas de ellas hasta hoy desconocidas.

La ciencia, algunos de cuyos representantes aseguraban en plena modernidad que con ella se pondrían fin a las amenazas sanitarias dentro de un progreso que no tendría fin, a pesar de sus notables adelantos, constata, una vez más, que a la vuelta de cada esquina emerge una nueva amenaza para la vida humana, frente a la cual se devela como absolutamente impotente.

Hemos estado en presencia de un drama planetario que lejos de ser ajeno a la humanidad y su existencia, está en una vinculación innegable con sus formas de vida actual.

Hay que decirlo nuevamente, lo males del mundo no son castigos de los dioses, así como tampoco el bienestar constituye un premio. Somos los habitantes de este mundo, en el uso de nuestra libertad, en nuestras acciones hacia los otros y en el tratamiento de la naturaleza, los que a través de la historia, y particularmente en la era globalizada, hemos fomentado y permitido los triunfos de muchas tragedias, de numerosos males y de flagrantes injusticias. Es parte de lo que nos recuerda el filósofo Karl Jaspers cuando señala que “toda situación es un problema y una tarea para la libertad del hombre que en ella se encuentra, se desarrolla y fracasa”.

El Corona Virus, y esto ni los más conservadores pueden negarlo, se ha convertido en la interpelación planetaria más radical y telúrica en mucho tiempo. La humanidad tan orgullosa de sus logros (en muchos casos con toda razón) se ve enfrentada a realizar una transformación absolutamente copérnicana en todas las dimensiones y expresiones de la vida o bien a desplomarse progresivamente por un tobogan de autodestrucción. Sobre esto, ya se ha escrito abundantemente por personas muy brillantes.

Parte importante de lo que se ha comentado y analizado acerca de las implicancias de lo que está sucediendo, tiene que ver con la preocupación por el futuro económico de los países. De una u otra forma, cierto economicismo deja en evidencia su intención hegemónica para enfrentar este sobrecogedor episodio que hoy afecta a la humanidad. Al respecto, Chile no ha sido una excepción.

El aporte de la economía, que duda cabe, es muy importante, no obstante, pareciera que ante determinadas coyunturas, y concretamente en relación a lo que ha sido nuestra historia en las últimas décadas, su omnipresencia ha sesgado e imposiblitado un dianóstico y una alternativa de desarrollo más integral. Baste recordar cómo, de un tiempo a esta parte, la economía y muchos economistas, no se han caracterizado precisamente por su sutileza y prestancia humanista cuando diagnostican y proponen rutas y estrategias acerca de nuestra realidad social.

Lo que ha sucedido entre nosotros, como todos lo saben, es que la sociedad ha arrastrado un proceso acumulativo de tensión social, lo que se agudizó e hizo combustión con el movimiento social de octubre y ahora tiene su agravamiento con la crisis sanitaria.

Muchos lugares del mundo y nuestro país, han ido viviendo episodios y teniendo hitos que han puesto en evidencia que la justicia social y el bien común han sido atropellados por una ideología cuya racionalidad económica ha llevado a la “monstruosa fecundidad del dinero” (Mounier), que a su vez ha derivado en la acumulación de capital, la concentración del poder en diferentes ámbitos y el olvido y concepto de lastre para con servicios públicos que van en beneficio directo de cuestiones esenciales para una vida digna. El Corona Virus ha develado esta triste realidad “urbi et orbi”.

Es no solo legítimo sino necesario que nos preguntemos si hay que seguir esperando más constrastaciones empíricas socio-económicas y humanas para concluir que el neoliberalismo y particularmente la omniciencia del mercado, ha fracasado rotunda y dramáticamente; ¿no ha resultado claro que el axioma según el cual a mayor riquezas y a mayor capital mayor será la prosperidad y el desarrollo, ha terminado en la frustración, en la exclusión y en el abuso de muchos?.

Ante estas preguntas y a pesar del drama que ha estado viviendo la humanidad, las dudas de algunos y la definitiva ceguera de otros, llevan a concluir que en este mundo y en nuestro país pre-pandemia, el modelo económico predominante, no solo erosionó los vínculos sociales con los grupos de pertenencia y referencia en torno a los cuales las personas encontraban sus sentidos y fuente de seguridad, no solo avasalló las identidades primarias y las relaciones de solidaridad, sino que también derivó en que los ciudadanos terminaran por postrarse y rendirse ante una sociedad de mercado en que lo importante es el consumismo, la competencia y el logro.

Sobre esto último, me parece más que plausible sostener que una parte no menor del desprestigio y desvalorización de la política y los políticos en nuestro país, ha sido consecuencia de que éstos han sucumbido, mitad inercia mitad incapacidad de forjar alternativas, ante las fórmulas y recetas dictadas por el modelo hegemónico.

Es más que plausible esperar que en este contexto y con los nuevos antecedentes, la sociedad chilena termine por consolidar una crisis social, política y valórico-cultural, esto es, una crisis sistémica que muchos ciertamente querrán nuevamente tapar o negar, y ante la cual la perspectiva estructural, la identificación de las raíces de los problemas y las propuestas y acciones políticas al respecto, deben preceder a los argumentos económicos.

Aún más, es nuestra hipótesis que el conflicto que se viene cristalizando en la sociedad chilena hace ya un tiempo en relación a las visiones y proyectos de sociedad, junto con que se inicie una lenta y no menos duradera etapa post corona virus, entrará en un ciclo agudizante y con altas posibilidades de escalar.

Lo anterior como resultado de una hasta ahora obligada mantención en status-quo del movimiento de octubre y sus reivindicaciones, por las poco sustanciales y erráticas medidas tomadas por el gobierno en medio de las agravadas insuficiencias y postergaciones de la mayoría de los chilenos y porque numerosos grupos y actores de la sociedad llegarán a la conclusión que lo que pierden y dejan de obtener tiene un costo mucho mayor que su inserción en las actividades de protesta y reivindicaciones.

Chile enfrenta, ahora de manera “recargada”, la alternativa de transformarse en un país justo y solidario llevando a cabo cambios estructurales en lo inmediato o mantener, disfrazar y/o reforzar la insostenible situación actual, que ha sido diagnosticada por diversos organismos y publicaciones.

Es precisamente ante estas disyuntivas que hay que estar atentos a que no nos cerque y limite el mismo fantasma, esto es, el asumir como criterio por excelencia desde el que se quiere actuar, el supuesto de que la optimización de lo económico está por sobre todas las otras acciones y conductas.

En general y particularmente en una situación de crisis como la que probablemente vivirá nuestro país, la optimización de recursos está significativamente condicionada por las decisiones y acciones político-sociales. Aún más, buena parte de las expectativas sobre la conducta económica de los actores, puede tener una franja amplia de predicción, en la medida que primero se defina la ruta socio-política y se controle la dinámica y desarrollo de la misma. Se trata de nuestra convicción de que, tal cual lo ha ilustrado Piketty en sus análisis hitórico-económicos, la desigualdad e injusticia son más ideológicas y políticas que económicas o tecnológicas.

Hemos sido testigos estas semanas de cómo la manera en que el actual gobierno maneja las severas dificultades que nosamenazan, se inscriben bajo una lógica gatopardista, esto es, se implementan un conjunto de leyes y medidas rápidas, la casi totalidad de ellas económicas, que más allá de la imagen de “avalancha de soluciones” que se le quiere dar y la cansadora presencia del Presidente en cadenas nacionales, no sólo no van al fondo de los problemas, sino que, por sobre todo, ellas reafirman el estado de cosas que terminaron en el estallido social y ratifica el proyecto de sociedad que inspira al actual gobierno y sobre la cual éste no está dispuesto a transar.

La negativa sistemática a una renta universal básica y suficiente, el que en medio de la pandemia las ISAPRES anuncien alzas en sus precios para los próximos meses, el que entre tanta angustia y carencias las empresas se repartan en sus directorios cientos de millones por las utilidades, el que la Dirección del Trabajo publique un dictamen autorizando a los empleadores el no pago de remuneraciones a trabajadores en cuarentena, el favorecer que no sean los empresarios los que en consideración a las enormes ganancias de décadas “inviertan” en su gente y al contrario hagan uso del seguro de cesantía obligatorio, el obligar a los funcionarios públicos a volver a su trabajo en un momento en que según el propio gobierno el país entra al peak de la pandemia (a pesar de que ellos tenían turnos que garantizaban el funcionamiento parcial de los servicios), el constatar como algunas medidas no disimulan su conseción tributaria a los empresarios a propósito de su liquidez, entre otros ejemplos que se podrían dar, ilustran nuestra afirmación del párrafo precedente.

A lo anterior y como un componente claramente provocador y poco responsable, sectores del gobierno, sin un análisis sociológico mínimo que los llevaría a concluir lo difícil que es sostenerlo, quieren cambiar la fórmula patentada: Movimiento y Estallido Social= inicio de transformaciones fundamentales en el país, por esta otra: Corona Virus= “justificación” para un movimiento restaurador destinado a negar y mimetizar el proceso constituyente y todo cambio social.

A partir de todo lo planteado y para quienes optamos por otro proyecto de sociedad y estamos por significativas transformaciones, caben tres actitudes y/o conductas en medio de la situación que vive y vivirá nuestro país:

1-Independientemente de sus sinuosidades e incoherencias, colaborar con el gobierno en su gestión para enfrentar la pandemia y desear que sus acciones tengan un feliz término.

2-Cosa muy distinta es lo relacionado con las decisiones y direccionalidad socio-económica con que se están enfrentando las dificultades en este ámbito. Para decirlo en términos weberianos, tanto impulsados por la ética de la convicción (nuestros principios y valores) como por la ética de la responsabilidad (las consecuencias de las acciones), no podemos constituirnos en avales de una política económica que, aún en casos de extrema necesidad de mucha gente, mantiene su opción tecnocrática y, aún más, busca ratificar su modelo; esta exigencia es doble cuando las consecuencias de dichas decisiones y medidas no solucionarán la situación de los más necesitados. Aristóteles decía que un poder cuando más fuerte y legítimo se muestra, es cuando son otras fuerzas opuestas (una oposición) las que actúan, siguiendo las mismas lógicas y en beneficio de los intereses, precisamente, de dicho poder.

3-Este es un momento más que propicio para plantear y exigir al gobierno un conjunto de medidas y decisiones políticas, socio-económicas y culturales, algunas de las cuales son el inicio de cambios impostergables en nuestra sociedad. Muchas de ellas ya han sido planteadas por diferentes actores y partidos políticos, así como por organizaciones con destacados economistas como el Foro del Desarrollo Justo y Sustentable. Ellas NO IMPLICAN ni la destrucción del sistema, ni el caos, ni colocar al país al borde del abismo.
Al respecto, siete nos parecen especialmente relevantes:

-llevar a término en el corto y mediano plazo el proceso constituyente. Aquí existen entre otros, dos objetivos esenciales: que los derechos sociales, económicos y culturales participen en condición de verdaderos derechos, estableciéndose como disposiciones constitucionales de principio y que el nuevo texto constitucional garantice la propiedad pública de los recursos naturales del país.

-Implementar un sistema de salud público al alcance de todos, a partir de una inversión absolutamente prioritaria y con la creación de un seguro de salud universal.

-establecer para los próximos meses una renta única universal, en los términos planteados recientemente por los partidos de oposición.

-consolidar una reforma previsional solidaria y que garantice una pensión digna.

-implementar una nueva política impositiva, definitiva y claramente progresiva, para el porcentaje de la población de mayores ingresos.

-haciendo uso de legislación ya existente,dotar de nuevas competencias y recursos a los niveles regionales y comunales

-retomar nuevos proyectos de ley que aseguren la protección y robustecimiento del movimiento sindical, de los derechos laborales y las negociaciones colectivas.

Publicado en: Columnas, Notas Etiquetado como: columna, Columnista, Coronavirus, COVID19, Ernesto Moreno

A propósito de… El tiempo de un Acuerdo Nacional

marzo 2, 2020 by Admin Istrador Deja un comentario

 

 

 

 

 

Por Ernesto Moreno

Sociólogo de la Pontificia Universidad Católica de Chile

El reciente documento suscrito por diversos miembros de partidos y movimientos políticos, así como del mundo independiente, denominado “El tiempo de un Acuerdo Nacional”, ha dado lugar a numerosas y justificadas reacciones.

En lo particular, soy de aquellos que en un primer momento expresé mi opinión vía WhatsApp, con todas las limitaciones que supone una respuesta inmediata y por ese medio. Sin embargo, creo que esta tribuna permite explayarse algo más sobre el tema.

Más allá del legítimo derecho de todos a dar su opinión, en lo fundamental y para decirlo en una palabra, me parece un texto muy poco feliz. Esto, por varias razones.

En primer lugar y considerando las características de la mayoría de los que firman, se olvida, con atisbos de irresponsabilidad, que la significación e interpretación de un escrito público es inseparable de las circunstancias, momentos y ámbito en el que se da a conocer.

Desde Aristóteles sabemos que “la comunicación es la búsqueda por todos los medios de persuadir”, es decir, de lograr convencer a los otros de nuestra opinión. El contexto y circunstancias en que se da a conocer la carta que analizamos, refuerza aún más sus inevitables efectos y consecuencias, las que están muy lejos de ser neutras o asépticas.

Es por ello que resulta incomprensible y cuestionable que los que suscriben el texto en comento (en su casi totalidad militantes o simpatizantes de partidos de oposición) hablen “de los 14,7 millones de chilenos habilitados para votar y de que tenemos la última palabra”, sin ningún pronunciamiento y menos llamado explícito a votar por el Apruebo.

No es mera casualidad y tiene estrecha relación con lo que estamos señalando, que haya sido Andrés Allamand, opositor acérrimo y emblemático del proceso constituyente , uno de los primeros en celebrar entusiastamente este documento, seguido posteriormente por la Moneda.

En segundo lugar, y con el mayor respeto, me parece que los tres puntos que se señalan ni más ni menos como aquellos que sustentarían el Acuerdo, son sorprendentemente insuficientes.

Para establecer un acuerdo, no basta solamente señalar las malas condiciones económicas y sociales de los sectores vulnerables, los abusos, las demandas sociales insatisfechas y hacer mención al pasar de un par de reformas.

Es imprescindible hablar e identificar las causas estructurales de estas situaciones las que están directamente relacionadas con un modelo socio-económico provisto de una lógica empresarial, propietarista y meritocrática (esta última engañadora y frustrante), a lo que se añade la hegemonía cultural neo-liberal.

Es este modelo el que ha llevado a Chile a los niveles agresivos de desigualdad y concentración de la riqueza que nos han hecho “famosos” en el mundo.

Sobre estas consideraciones, nada relevante ni concreto dice el documento, lo que metodológicamente es preocupante, porque si este diagnóstico no está claro, las propuestas muy probablemente tendrán un sabor a “gatopardismo”.

Asimismo, volver a la majadería de que el crecimiento económico y la solidez de la economía, como tales, nos darán mayor bienestar y seguridad social, implica desconocer lo que ha ocurrido en nuestro país las últimas décadas y no considerar lo que está pasando en el mundo con la desigualdad entre países y dentro de los países, como resultado de la depredación de la política por parte de la economía capitalista.

Recientemente, Thomas Piketttty, después de una investigación histórica acerca de la desigualdad en el mundo, ha concluido que ésta no es principalmente económica, sino ideológica y política.

Detrás de cada visión y opción por tal o cual economía, rol del mercado, del Estado, del capital, de la propiedad y/o de la justicia, hay relaciones de poder ideológicas y políticas entre los diferentes grupos y discursos.

Muchos en Chile han querido taparlo o negarlo, pero esto ha estado presente en nuestra sociedad desde hace ya algún tiempo.

Lo cierto es que no habrá paz en el país, si no transformamos profundamente el sistema socio-económico actual por uno más equitativo y ecológicamente amigable.

En tercer lugar, es indiscutible que no solo los firmantes sino más del 90% de los chilenos han rechazado en las encuestas o a través de declaraciones, la violencia desproporcionada que pequeños grupos han desatado, perjudicando severamente a trabajadores y familias, que por lo demás están con el movimiento social.

No obstante, quedarse solo con la estigmatización de la violencia, sin intentar entender sus motivaciones y causas, equivale a no haber asumido suficientemente la profundidad y radicalidad de lo que estamos viviendo. Hace ya más de 50 años que los obispos latinoamericanos en Medellín hablaron y denunciaron la violencia institucionalizada, la que ellos vinculaban con la injusticia social. Esto no ha sido ajeno a nuestra realidad en pleno siglo XXI.

Pero, lo más llamativo en este punto es que, a propósito del lugar central que se le da a la violencia en el escrito, paradojal y curiosamente no se hace mención alguna y de manera explícita, a la responsabilidad que le cabe al gobierno, dada su ineptitud, frente a la crisis del Estado de derecho. Asimismo, el texto evidencia un tratamiento más que tibio sobre las violaciones a los derechos humanos que han tenido lugar.

Es muy triste y lamentable constatar cómo, en los hechos y expresándolo inequívocamente a comienzos del punto 2, el documento se suma a la tesis del terror del gobierno, según la cual, la violencia “podría complotar” contra el plebiscito.

Finalmente, es preciso tener presente que los momentos y la situación del Chile 2020 son muy diferentes al de fines de los 80 y al mismo tiempo reafirmar que los consensos son tolerables hasta que uno no hipoteca o transa valores fundamentales en los que cree y/o no termina por adaptarse a situaciones de franca injusticia social.

Los signos de los tiempos nos impelen, no a manipular o negar las diferencias sobre los proyectos de país, sino a objetivarlas y a solventarlas a través de una democracia participativa y transparente.

En esto, el aprobar una nueva Constitución y con la opción convención constitucional, es un paso imprescindible.

Publicado en: Columnas, Notas Etiquetado como: #NuevaConstitucionParaChile, Acuerdo nacional, columna, Columnista, Ernesto Moreno

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