Por Mario Penailillo Acevedo
Pete.
Mi muy querido y cristiano amigo, me robaron la agenda y no tengo tu dirección. Pero en términos prácticos, como hay estado, escribe hueón mal agradecido de universidad rural para saber cómo estás.
Acá la situación es difícil, a lo mejor en breve, me vas a ver en los diarios. La represión se ha concentrado en la UTE. Rechazaron las solicitudes de retiro temporal, 5 sumarios, intervención del ministerio del Interior, Rengifo requerido, Cristian lo mismo, 7 detenidos por fiscalía militar, eliminados académicamente, entrada de carabineros prácticamente día por medio, vigilancia a los dirigentes y el lunes hay una acción donde voy a estar.
La asociación académica fue desconocida con tutti. La Mónica Reyes se fue hoy domingo a Argentina a trabajar.
El Burotto y la demás gente puede ser relegada. En el centro y poblaciones queda la cagá. El miércoles tuvimos que salir a rayar y lanzar material de lectura y desinflar neumáticos con presencia militar, casi nos pescan.
Cuídate Pete (me contaron que un mitin se pegaron y ponte la pilas)».
Cuando Mario término de escribir la misiva volvió a leerla una y otra vez. Quería ser claro con su amigo Pedro en poder explicarle de la mejor forma posible como estaban las cosas en Santiago ese año 1986, pero además buscaba tener información de como el movimiento estudiantil se organizaba en Concepción para seguir enfrentando a la dictadura que encabezaba el General Augusto Pinochet.
El país vivía momentos decisivos, los sectores de mas duros de la izquierda habían definido ese año como “el decisivo” mientras que el gobierno autoritario endurecía la mano en las universidades y en las poblaciones y el joven dirigente democratacristiano de 24 años tenia absoluta claridad que se jugaban días y horas cruciales.
Su vida transcurría entre las salas de la carrera de Ingeniería industrial en la llamada Universidad de Santiago, pero que para los estudiantes de oposición seguía siendo la Universidad Técnica del Estado, aquella desde donde Victor Jara y tantos otros habían sido detenidos, torturados y eliminados a manos de los organismos de seguridad del régimen; y su rol de dirigente político y estudiantil como Secretario Ejecutivo de su federación de estudiantes y Secretario de finanzas de la incipiente Confederación de estudiantes de Chile, la CONFECH. Aun así, Mario mantenía su gusto por escribir y leer, hábitos que había conocido y aprendido al alero de su familia donde su madre, Lindaura era su máxima impulsora.
Eran tiempos difíciles y ya Mario conocía el rigor de la lucha que se daba contra la dictadura cívico militar. Durante septiembre del año 1985 ya había sido detenido al organizar y participar en una protesta y vigilia por el asesinato de Julio Santibáñez, estudiante de su misma universidad. Ante la posibilidad de ser relegado, escribió una carta a su familia por si se daban tales situaciones; en ella señalaba entre otras cosas: “Nosotros tenemos la certeza de una relegación, estamos preparando las cosas. Sería bueno que mandaran la mayor cantidad de galletas “baratieri”. Porque uno tiene que tener el paquete hecho.
Le dan cinco minutos para arreglar e irse. Lo otro es el tramite de congelamiento del semestre. Para eso saquen la tarjeta de pago y mis datos anotados en un papel. Saludos a Jorge, que se ponga a estudiar, a la Ana, la María Teresa, señora Sonia y Don Juan. A los compadres ya ustedes, papá y mamá, por supuesto. No se preocupen, estoy más que contento.” Mas que contento, así era Mario, pues pese al miedo y el horror de los asesinatos y las diarias violaciones a los derechos humanos que se producían incesantemente, el mantenía el optimismo y la fe en que las cosas cambiarían y que un nuevo amanecer llegaría a Chile.
Ese sábado 2 de agosto, salió cerca de mediodía. Tenia como objetivo devolver algunos libros a un amigo. En sus pensamientos estaba el construir la forma y el funcionamiento de los sistemas de seguridad que operaban al interior de su Universidad, sabía que ahí había un nudo que era necesario explorar y exponer a la luz pública. En estos espacios represivos funcionaban verdaderas estructuras de espionaje y de información sobre la vida de las organizaciones estudiantiles que alimentaban a los aparatos de seguridad y que posibilitaban exponer la vida de muchos de los y las dirigentes que reconstruían el tejido social y que movilizaban a estudiantes en la búsqueda de derrocar al régimen militar.
Cuando vio el vehículo con los hombres de gafas negras supo lo que venía.
Que no llegara a su hogar ese día, no fue algo que preocupara a sus padres, su vida de dirigente estudiantil hacia que en muchas ocasiones se quedara en otras casas si la noche lo pillaba. Fue recién el domingo 3 cuando las alarmas se activaron, llamados por teléfono alertaron la ausencia de Mario y comenzaron las llamadas a hospitales y comisarias en una búsqueda que cada vez fue siendo más frenética y desesperada.
El lunes 4 la urgencia de la desaparición del joven democratacristiano llego a la ex UTE y los dirigentes y estudiantes comenzaron a movilizarse de forma rauda y unitaria, el clamor era claro y fuerte: ¡¡Queremos a Mario vivo!!!
Al pasar las horas todos comenzaron a sentir el miedo bajo la oscura mano de la dictadura y su oscuro organismo de inteligencia: la Central Nacional de Informaciones. Los dirigentes de su partido hacían infructuosas diligencias en distintos niveles buscando dar con el joven de pelo frondoso y gafas, pero los esfuerzos solo se perdían en el silencio y la indiferencia.
En la extensa playa grande de las Rocas de Santo Domingo el frio calaba hasta el alma, en la orilla, entre algunos roqueríos el cuerpo de un joven sin anteojos y con una mochila azul a su lado yacía. Era un día miércoles y el calendario marcaba 6 de agosto.
Aquel sábado 9 de agosto la Iglesia Recoleta Dominica estaba repleta, miles habían llegado a la cita. Sus camaradas de siempre, los compañeros de izquierda que respetaban su liderazgo e inteligencia, jóvenes que sin militar en ninguna organización querían entregar su última oración y plegaria. Las banderas llenas de colores flameando al viento, los gritos de siempre marcados por el dolor, pero también por un profundo deseo de justicia y esperanza. En el cerro colindante las fuerzas de seguridad observaban expectantes, buscando intimidar a todos y cada uno de los asistentes.
Cuando las puertas de la iglesia se abrieron de par en par, las voces se hicieron más fuertes y claras: camarada Mario Martínez, presente ¡¡¡¡¡¡ ahora y siempre ¡¡¡¡¡¡. El sol, tibio y generoso asomo entre las nubes de esa fría mañana para también despedirse del joven dirigente.
Nosotros, los que estábamos ahí entonces asumimos que nunca olvidaríamos, que nunca dejaríamos que tu sonrisa, tus gafas y tu pelo se nos olvidara, que siempre estarían nuestras voces, nuestras risas, nuestros pensamientos y emociones para tenerte vivo aquí, más que nunca, pues ese joven militante democratacristiano llamado Mario Daniel Martinez Rodríguez se había transformado en semilla de libertad. //ELF