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A reconstruir la centroizquierda

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Christian Torres

Nuevo proceso constituyente, un acuerdo suficiente

diciembre 13, 2022 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Christian Torres Castro

Administrador público. Magíster eb Gerencia y Políticas Públicas. 

Afortunadamente, cuando parecía más difícil, la prudencia y la responsabilidad se impusieron. Para ello, la figura del presidente del Senado ha sido clave. Con un estilo alejado del conflicto y centrado en los acuerdos, con prudencia, sin cejar en mantener el diálogo abierto y sin la desesperación de transformarse en el protagonista, Elizalde sin duda se instala, en tiempos de tanta mediocridad, como una figura política de una estatura que hace años no veíamos.

Cierto buenismo ingenuo, sustentado en las declaraciones y compromisos de los partidos, previos al plebiscito, hizo pensar a muchos que el acuerdo para un nuevo proceso constitucional se alcanzaría de manera rápida. Pero estos más de tres meses se encargaron de mostrar lo contrario. El acuerdo no llegaba, mientras el interés por una nueva Constitución decaía semana a semana en una ciudadanía agobiada por tanto problema urgente.

Sin embargo, cuando este acuerdo ya parecía improbable, dos hechos del fin de semana se transformaron en el impulso que faltaba para despejar las diferencias que lo impedían. El primero fue la indignación que causó en diversos sectores la irrupción de Amarillos, el viernes recién pasado, abortando un acuerdo que se encontraba ad portas. Más allá de los descargos de su virginal presidente, lo cierto es que la relevancia que han alcanzado en el debate nacional resulta de difícil explicación.

El segundo hecho lo constituye la entrevista de José Antonio Kast en La Tercera, en que reitera su oposición a un nuevo proceso constituyente y a una nueva Constitución, colocando en una difícil posición a la derecha que se había comprometido a dar continuidad al proceso si el Rechazo resultaba vencedor en el plebiscito de salida de septiembre pasado.

De confirmarse el fracaso definitivo de las conversaciones, se confirmaba también que en la derecha la única voz que importa es la del sector más extremo y conservador. Esa derecha que nunca quiso, no quiere y probablemente nunca querrá una nueva Constitución. Un sector que, si en algún momento cedió al proceso constituyente fue por temor a que la alternativa fuera peor. El 62% de Rechazo en el plebiscito no hizo sino reforzar sus convicciones de dar por cerrado el capítulo o, cuando mucho, realizar reformas a la actual Carta Magna en el Congreso.

Este sector presionó a la derecha más moderna durante todo el proceso de diálogo. Una derecha que, aun convencida de la necesidad de una nueva Constitución, es consciente de que su electorado está mayoritariamente convencido de lo contrario. En consecuencia, tenía el temor de aparecer entregándose a la izquierda “derrotada” y concordando además una fórmula que pusiera en riesgo electoral lo que consideran su triunfo de septiembre pasado.

Por cierto, existe también un sector de izquierda, afortunadamente minoritario, que no asume la realidad del resultado del plebiscito y busca interpretaciones, más para reafirmar sus convicciones que para entender el pensamiento mayoritario. Este sector prefiere mantener una demanda permanente de cambio, que ceder a un proceso que pueda concluir en una nueva Constitución insuficiente para su ideal sociedad.

En este escenario se intentó buscar por meses un acuerdo, con un telón de fondo no sincerado y ajeno al sentido mismo que debiera tener el proceso constituyente. Se trató de una negociación “electoralizada”, condicionada por encontrar un mecanismo que les diera mediana certidumbre a los incumbentes de cuál será su resultado en la elección de los integrantes del nuevo órgano. Así, su elección fue vista en toda la negociación como una elección más, previa a las de alcaldes, gobernadores y parlamentarios. La derecha buscaba su mejor escenario y las izquierdas los suyos. Otros preferirían no medirse.

Cuando lo más relevante fue concordado, el marco de contenidos, parecía que el mecanismo sería cuestión de horas. Pero los meses demostraron que los contenidos no eran lo más importante. Para los partidos, lo era cómo asegurar un buen resultado en la elección, desvirtuando con esto y poniendo en riesgo todo el proceso.

La idea de los expertos fue un buen punto de fuga, pero los representantes de los partidos tienen claro que no es un tema de fondo. Bastaría que cada partido conformara buenos equipos de expertos que acompañaran el proceso y que sus representantes les hicieran caso en lo razonable.

El proceso constituyente no es ni puede ser un evento electoral más. Ese error ya se cometió en el proceso electoral constituyente recién concluido y sería irresponsable repetirlo. La única preocupación respecto del órgano constituyente debe ser su legitimidad frente a la ciudadanía. El fracaso más grande es que, en un futuro nuevo plebiscito de salida, nos encontráramos otra vez divididos entre un Apruebo y un Rechazo.

Afortunadamente, cuando parecía más difícil, la prudencia y la responsabilidad se impusieron. Para ello, la figura del presidente del Senado ha sido clave. Con un estilo alejado del conflicto y centrado en los acuerdos, con prudencia, sin cejar en mantener el diálogo abierto y sin la desesperación de transformarse en el protagonista, Elizalde sin duda se instala, en tiempos de tanta mediocridad, como una figura política de una estatura que hace años no veíamos.

Publicado en: Columnas, Notas, Politica, Slider Etiquetado como: Acuerdo, Acuerdo DC, Christian Torres, Columnas

¿Y después qué? Escenarios posplebiscito

septiembre 2, 2022 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Christian Torres Castro

Director de la Corporación de Promoción Universitaria

El Gobierno debe transformarse con rapidez en el articulador de la continuidad del proceso constituyente, con Rechazo o con Apruebo. De ser el Rechazo, debe articular una nueva fórmula que dé cauce a la construcción de una nueva propuesta constitucional. De ser el Apruebo deberá conducir, primero, las reformas a la nueva Constitución y, en paralelo y después, la legislación de bajada.

Nada de esto es posible sin un gabinete empoderado y capaz de actuar ordenadamente. Se ven tareas difíciles, más aún para un Gobierno que no ha demostrado particular destreza política ni de gestión.

Conforme se acerca el 4 de septiembre, se afianza la idea de que el resultado del plebiscito será estrecho, sin que todavía sea posible prefigurar con plena certeza ese resultado.

Aun así, es posible proyectar algunos escenarios posplebiscito:

De triunfar la opción del Rechazo, una alternativa es avanzar en reformas a la Constitución del 80. Esta idea, sin duda favorita en amplios sectores de la derecha, es lo más parecido al aquí no ha pasado nada. Pareció instalarse con la propuesta de Rincón-Walker de modificar el quórum de reformas a 4/7, pero el peso de la realidad la va enterrando cada día más. Esta opción ya no parece viable, pues generaría un alto nivel de conflicto político y social difícil de canalizar institucionalmente.

Una segunda alternativa es que el Presidente Boric convoque a una nueva elección de convencionales y defina un calendario constitucional sobre la base de la reforma que dio origen al actual proceso. Esta alternativa acotaría los tiempos. Sin embargo, más allá de los deseos del Mandatario, también parece inviable, pues sería fuertemente cuestionada, probablemente objeto de recursos ante el TC y con un Gobierno tratando de imponerla desde una posición de derrota.

La tercera alternativa, que parece la más realista, es que el Gobierno convoque a un plebiscito para resolver el mecanismo de elaboración de una nueva propuesta. Asumiendo que se da por hecho que la decisión de una nueva Constitución es caso cerrado.

Sin embargo, vale consignar que esta alternativa significa embarcarnos en un nuevo proceso desde cero y que implica al menos: plebiscito inicial, 3 a 6 meses; elección de constituyentes, 3 a 6 meses; construcción del nuevo texto, 12 a 18 meses; plebiscito de salida, 2 meses. Para los que han hecho de la incertidumbre el principal fantasma del país, este camino implica al menos casi dos años más de incertidumbre hasta contar con un nuevo texto.

De imponerse el Rechazo, veremos con rapidez cómo desaparece el egótico protagonismo de algunos expersoneros de centro y centroizquierda, utilitariamente cedido por la derecha y que ingenuamente ven en ese resultado la posibilidad de capitalizar el triunfo y de conducir un nuevo proceso político. Nadie más que la derecha capitalizará un eventual triunfo del Rechazo.

De imponerse el Apruebo, creemos que se abren las siguientes alternativas. La primera, consiste en no realizar reformas al nuevo texto y comenzar inmediatamente su implementación y legislación de bajada. Esta alternativa, aunque deseada por algunos enamorados del texto, no parece tener ninguna viabilidad, dados los públicos y transversales compromisos de reforma a la propuesta.

Un segundo escenario es que se inicie un proceso desordenado de intentos de reformas a partir de iniciativas parlamentarias. Esto solo trabaría la posibilidad de hacer las reformas necesarias de manera ordenada y con acuerdos más amplios. Sin embargo, es probable que el protagonismo que algunos parlamentarios puedan buscar, los haga optar por esta alternativa.

Finalmente, la alternativa sensata consiste en que se concuerde una primera etapa de construcción de acuerdos de carácter prelegislativo que permita presentar una batería de proyectos desde el Ejecutivo o desde los propios parlamentarios (pero concordados en lo sustancial), para realizar las reformas tanto al texto permanente como transitorio.

 

Esta alternativa probablemente tenga, como consecuencias, posibles quiebres en la coalición de gobierno y división en la derecha. Por lo mismo, será una oportunidad para ver el liderazgo y la decisión del Presidente para definir finalmente la “hegemonía política” al interior del Gobierno; y al mismo tiempo la vocación que dominará en la derecha en los próximos años.

Un escenario adicional, que esperemos no se dé, es aquel en que cualquiera de las dos opciones se impusiera por un margen amplio, de más de 10 o 15 puntos. En este caso, nos encontraremos con el fortalecimiento de la tendencia más radical dentro de la opción que triunfe.

De ser el Rechazo, aquellos que no quieren un nuevo proceso ni nueva Constitución, sino solo reformas a la actual, intentarán imponer esta postura. Por el contrario, en el caso del Apruebo, serán los puritanos del nuevo texto quienes se verán fortalecidos. Ambas posibilidades apuntan a mayor polarización y conflicto.

En cualquiera de los escenarios probables de Apruebo o Rechazo, este tendrá efectos sobre el Gobierno, que probablemente deberá hacer ajustes a los pocos días del plebiscito.

Lo primero será ordenar la base de apoyo. La o las coaliciones deben concordar un diseño común, de lo contrario, desaprovecharán rápidamente el aire de un triunfo del Apruebo, o se hundirán con mayor profundidad y rapidez que el efecto propio de un triunfo del Rechazo.

En segundo lugar, deberá realizar un cambio en el gabinete, fundamentalmente en el equipo político, además de otros sectoriales evidentemente débiles. Postergar el cambio de gabinete tendrá el mismo resultado que señalamos en el punto anterior.

Finalmente, el Gobierno debe transformarse con rapidez en el articulador de la continuidad del proceso constituyente, con Rechazo o con Apruebo. De ser el Rechazo, debe articular una nueva fórmula que dé cauce a la construcción de una nueva propuesta constitucional. De ser el Apruebo, deberá conducir, primero, las reformas a la nueva Constitución y, en paralelo y después, la legislación de bajada.

Nada de esto es posible sin un gabinete empoderado y capaz de actuar ordenadamente. Se ven tareas difíciles, más aún para un Gobierno que no ha demostrado particular destreza política ni de gestión. //ELF

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