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En la Fontana

A reconstruir la centroizquierda

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Alfredo Joignant

Las grietas de las izquierdas chilenas

julio 11, 2023 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Alfredo Joignant

La primera grieta se arrastra desde hace casi tres semanas: la llamaré una grieta moral. En la región de Antofagasta, se abre paso la noticia de que una fundación (“Democracia Viva”) estableció un millonario convenio de colaboración con el Ministerio de Vivienda y Urbanismo a través de su estructura descentralizada (la SEREMÍA de Vivienda) con escasos requisitos y, sobre todo, sin mediar concurso público ni menos una decisión colegiada de financiamiento. Pero el problema escaló políticamente ya que el presidente de dicha fundación, Daniel Andrade, era la pareja de la diputada Catalina Pérez, quien fuese hasta hace relativamente poco tiempo presidenta de una de los tres partidos del Frente Amplio (“Revolución Democrática”). A partir de allí, es todo un patrón de conducta partidaria que comienza a ser denunciado, ya que varias de las personas que se vieron involucradas en este financiamiento pertenecen a Revolución Democrática.

Tras varios días de estupefacción y mucha confusión de los dirigentes de dicho partido (partiendo por su presidente, el senador Juan Ignacio Latorre, quien inicialmente blindó a quien fuese su antecesora a la cabeza del partido), se llevó el caso al Tribunal Supremo. Resultado: dos militantes expulsados y la diputada Catalina Pérez suspendida de su militancia, enredando de paso la gestión del ministro de Vivienda socialista Carlos Montes, lo que enturbió gravemente la relación entre Revolución Democrática y el Partido Socialista.

Si se puede hablar de un grieta moral con efectos políticos considerables es porque el Frente Amplio [la coalición del presidente Gabriel Boric] fundó su necesidad desde una escala de valores superior a la de toda la clase política chilena de los últimos 30 años: “nuestra escala de valores y principios dista de la generación que nos antecedió”, pudo declarar en serio el entonces ministro secretario general de la presidencia y fundador de Revolución Democrática Giorgio Jackson, desatando una andanada de críticas de las generaciones políticas previas.

La polémica solo pudo amainar con disculpas públicas del ministro: pero el choque intergeneracional ya había producido estragos. Pues bien, con el estallido del “Caso Convenios” que se inició en Antofagasta (ya son 9 regiones investigadas por distintas situaciones de la misma índole), lo que queda en entredicho es la pulcritud moral de Revolución Democrática, en la medida en que se sospecha tráfico de influencias, negociación incompatible y fraude al Fisco. Sin embargo, hay algo más profundo en esta oleada de denuncias y que trasciende con creces al Frente Amplio: lo que realmente está en discusión es un antiguo mecanismo de financiamiento de organizaciones de la sociedad civil para acompañar al Estado en la ejecución de programas sociales y de urbanismo que cualquier gobierno, sea este de izquierdas o derechas, no puede realizar por sí mismo.

Se instala así una política de financiamiento de la sociedad civil (en principio algo muy valioso, sino virtuoso), pero a partir de elecciones discrecionales de aquellas organizaciones que merecen ser financiadas, con lo cual se distorsiona tanto la política como su trasfondo ideológico-institucional (es porque la actuación del Estado chileno está restringida por el principio de subsidiariedad que su accionar se externaliza mediante agentes privados, con o sin fines de lucro). Por el momento, la cacofonía del escándalo es tal que no hay espacio para discutir este transfondo, permitiendo que lo que prevalezca sea la grieta moral que retóricamente divide a viejas y nuevas izquierdas.

La última semana vio emerger una segunda grieta, esta vez entre las dos viejas izquierdas comunista y socialista de la cual queda fuera el Frente Amplio. La llamaré una grieta memorial, ya que enfrenta a dos maneras distintas de conmemorar los 50 años del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Tras su participación en el podcast conducido por el sociólogo Manuel Antonio Garretón, el delegado presidencial para coordinar las conmemoraciones del medio siglo desde que ocurriese la última catástrofe de Chile fue desmedidamente criticado por comunistas y decenas de agrupaciones de familiares de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos bajo los cargos -absurdos- de “negacionismo” y “relativismo”, a partir de un uso descontrolado de dos categorías que se tradujeron en cancelación y asesinato social. Es así como el delegado presidencial Patricio Fernandez sostuvo que “los historiadores y los politólogos podrán discutir” las razones de por qué se pudo desembocar en un golpe de Estado, sin dejar lugar a dudas a que las violaciones a los derechos humanos “son inaceptables en cualquier pacto civilizatorio”.

La polémica fue tal -se acusaba a Fernández de no condenar el golpe y de derivar en formas intolerables de negacionismo y relativismo- que éste tuvo que renunciar con el fin de no obstruir las conmemoraciones que ya comenzaron sobre algunas de sus estaciones intermedias (como por ejemplo el “tanquetazo”, un primer intento abortado de golpe de Estado que tuvo lugar el 29 de junio de 1973 y que prefiguraba la tragedia que tendría lugar dos meses después.

De esta forma se consumaba la derrota de una aproximación distinta a las violaciones de los Derechos Humanos ocurridas en dictadura, aquella que consistía en hablarle al 80% de los chilenos que no vivió el golpe ni sus efectos más abyectos durante los primeros tres años de la dictadura (desde la masacre de 70 campesinos y trabajadores en Paine en octubre de 1973 hasta la desaparición de la dirección clandestina del PC en 1976 (calle Conferencia), pasando por la aniquilación de la dirección clandestina socialista en 1975, sin olvidar todas aquellas ejecuciones y desapariciones que se registraron desde el primer día del golpe).

Es con esa finalidad que Patricio Fernández propuso el guión MEMORIA, DEMOCRACIA, FUTURO, cuya orientación para conmemorar era mucho más universal, con el costo inevitable de una pérdida de carga emocional para los familiares de las víctimas a cambio de comunicarse con quienes no vivieron el periodo, y a quienes lógicamente no se les puede exigir la experiencia del dolor.

Con la salida de Fernández se sella el destino del guión, más allá de si este era viable con una derecha radicalizada por Republicanos, a la que se ha sumado una ola de parlamentarios de la derecha tradicional en una mezcla de oportunismo electoral y de convicción para incursionar en una coyuntura revisionista. En términos concretos, se optó por conmemorar apelando a la subjetividad de un número cada vez más pequeño de chilenos, a quienes sí les hace sentido seguir conmemorando del mismo modo de siempre, hasta que se produzca la extinción de ese mundo. Es exactamente lo mismo que ocurrió en Europa, por ejemplo en Francia, a una distancia temporal simétrica: en 1995 me encontraba en París defendiendo mi doctorado en el año de la conmemoración del fin de la segunda guerra mundial y de sus horrores, y me llamó la atención (que terminé rápidamente por entender) ese tufillo de indiferencia popular ante tamaña tragedia. Pues bien, no se le puede pedir a todo un pueblo lo imposible: conmemorar como si el tiempo no transcurriera.

El cambio demográfico es tan cruel como inevitable, y es lo que se pasó por alto en esta disputa por enmarcar esta segunda grieta, memorial, entre la aproximación particularista y un enfoque más universalista entre las dos izquierdas viejas, comunista y socialista, la última tragedia de Chile.

Estas dos grietas ponen en evidencia distintos tipos de distancias y equidistancias entre dos coaliciones gobernantes sobre temas esenciales, respecto de los cuales la coordinación entre tantas partes y micro-partes es prácticamente imposible. Ambas grietas ocultan una tercera, una grieta de proyecto entre todas las fuerzas aliadas, que bien podría eclosionar con ocasión del ciclo electoral que se inicia en 2024. //ELF

➡️COLUMNA aparecida en El País de España. 

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50 años: La conmemoración impensada

julio 3, 2023 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Alfredo Joignant

Este año, Chile conmemora 50 años del golpe de Estado que acabó con la democracia y puso fin a un original experimento de transformación revolucionaria por la vía legal (la Unidad Popular liderada por el presidente Salvador Allende).

Una fecha relevante cuya conmemoración ya se inició rememorando varias estaciones intermedias, como el intento de golpe de Estado un 29 de junio de 1973 (el tanquetazo) que fue abortado por el Ejército, con el general Carlos Prats a la cabeza (para entonces comandante en jefe de esa rama castrense) secundado por quien lo reemplazaría semanas después, el general Augusto Pinochet.

El tanquetazo fue un dramático episodio, un verdadero preludio de lo que sería el 11 de septiembre de 1973.

Desde el retorno a la democracia en 1990, la conmemoración del golpe de Estado de 1973 gozaba de una poderosa energía memorial, especialmente por la izquierda y la oposición democratacristiana a la dictadura, lo que se observó con especial claridad en 2003 y 2013.

Pues bien, este año 2023 es diferente, ya que se observa una energía conmemorativa declinante, por ejemplo, al recordar el tanquetazo, un suceso que, a diferencia de otros años, dejó muy indiferentes a los chilenos (pese a haber arrojado 22 muertos y decenas de heridos), en el que sobresale la muerte del camarógrafo argentino Leonardo Henrichsen, quien filmó su propio asesinato.

Bien podría ser que el silencio que rodeó a esta primera estación previa al golpe (la próxima es el asesinato del edecán naval del presidente Salvador Allende, capitán Arturo Araya, el 27 de julio de 1973) sea la prefiguración de un aniversario del golpe ya no marcado por la alegría ni por la emoción, sino por una masiva indiferencia.

En 2007 publiqué un libro sobre la historia del 11 de septiembre entendido como fecha en la que se aglutinaban los sucesos de la última catástrofe de Chile: en ese libro mostraba de qué manera el 11 pudo ser vivido por muchos chilenos como una fiesta (entre 1974 y 1977), para en seguida desembocar lentamente en una fecha triste.

Es probable que nos encontremos en presencia de una nueva mutación de la fecha, en gran medida explicable por el cambio demográfico de quienes son receptores de su conmemoración.

Qué lejos estamos, en este año 2023, de aquellas conmemoraciones en las que dominaba el dolor de quienes fueron masacrados o el orgullo del deber cumplido por quienes resultaron vencedores de una guerra que no fue, en el marco de verdaderas batallas conmemorativas sin mediar violencia: tan solo luchas en torno a rituales, símbolos e interpretaciones de la historia.

Hace un puñado de días, estalló una extraña polémica sobre lo que conmemorar quiere decir a medio siglo del golpe, a partir de opiniones emitidas por Patricio Fernández (un connotado periodista y ensayista encargado por el presidente Gabriel Boric de enmarcar las conmemoraciones de los 50 años en una clave transversal), en un podcast conducido por el sociólogo Manuel Antonio Garretón.

La controversia, desmedida por sus efectos en redes sociales, provocó duras reacciones del Partido Comunista y la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, en donde lo controversial (en una interpretación libre de lo que significa una controversia) se refiere, en un lenguaje poco preciso dado su origen verbal emanado de una conversación, a la necesidad de “acordar [qué] sucesos posteriores a ese golpe son inaceptables en cualquier pacto civilizatorio”.

A decir verdad, estas palabras de Fernández no tienen nada de controversial, ni aun menos de chocantes. El propio presidente Boric sostuvo que “se habla mucho de la Unidad Popular y yo creo que es un período a revisar”.

La pregunta es por qué las palabras de Fernández (y junto a él, del propio presidente) pudieron generar reacciones exageradas y desmedidamente agraviadas. No tengo dudas que en el origen de la controversia se encuentran las tres coordenadas conmemorativas que el Gobierno busca promover: memoria, democracia, futuro.

Estas tres coordenadas son correctas ante los ojos de quienes no vivieron el golpe (el 80% de la población), a quienes no se les puede pedir ni memoria ni emoción: según la encuesta MORI publicada hace algunas semanas, el 41% de los jóvenes chilenos declara saber poco o nada de la dictadura militar de Pinochet.

Pues bien, por lo mismo, estas tres coordenadas carecen de fuerza emocional para quienes sí vivieron el golpe y sus secuelas (cuyas opiniones tienen eco en la opinión pública), lo que explica la escalada de una parte de la izquierda en la crítica. Si a esto agregamos que la polémica se inscribe en un momento revisionista en el que se intenta rehabilitar tanto el sentido liberador del golpe como a quien fuese dictador, entonces se encuentran instaladas las condiciones perfectas para una tormenta (la que aun está lejos de transformarse en una tormenta perfecta).

Durante 30 años, la conmemoración del 11 de septiembre gozó de completa unanimidad en la izquierda, especialmente en dos de sus tres secuencias: sobre lo que ocurrió el día del golpe y sobre las consecuencias nefastas que le siguieron. Con las coordenadas consensuales que están operando en 2023, se abre un debate intolerable para una parte de la izquierda sobre la primera secuencia, aquella que tiene que ver con la naturaleza del proyecto de cambio social de la Unidad Popular y su contribución al quiebre institucional.

El trecho, entonces, se vuelve mucho más corto para reivindicar públicamente el golpe como solución a una crisis de enormes proporciones y, en menor medida, para emprender el camino de la rehabilitación de la dictadura y el dictador, relativizando las masivas violaciones a los derechos humanos que tuvieron lugar entre 1973 y 1990.

No hay nada reprochable, ni menos repudiable en las palabras de Patricio Fernández: tan solo una cierta inocencia sobre los efectos inclementes de conmemorar en clave consensual una fecha tan difícil sin la complicidad activa de una derecha hegemonizada, hoy, por Republicanos, una fuerza que ejerce sin piedad su derecho a juzgar los 50 años en la más completa indiferencia por quienes sufrieron lo indecible.

Chile no está lejos, está a años luz de la posibilidad de conmemorar un quiebre institucional y sus consecuencias entre izquierdas y derechas juntas, como sí lo logró Uruguay hace pocos días. //ELF

♦️Columna publicada en El País de España: https://elpais.com/chile/2023-07-03/50-anos-la-conmemoracion-impensada.html

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Las paradojas del cambio constitucional chileno

mayo 29, 2023 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Alfredo Joignant

 Sociólogo y cientista político 

El proceso de cambio constitucional en Chile es de esos procesos, complejos y accidentados, en el que tienden a predominar las paradojas, de esas cosas impensadas y resultados improbables (efectos no deseados, consecuencias inesperadas y todo ese abanico de fenómenos políticos y sociales que no responden a un diseño intencional).

Tras un primer proceso que supuso elegir, como modo institucional de salida del estallido social de 2019, una Convención Constitucional de 155 miembros en mayo de 2021 (en el que predominaban convencionales provenientes del mundo de los independientes y de los movimientos sociales) propuso un largo texto de nueva Constitución, en el que se combinaban elementos de un programa de Gobierno, aspiraciones doctrinarias y un lenguaje woke que nombraba la realidad de un modo extraño.

Era como si lo que es críticamente analizado por Susan Neiman en su libro Left is not woke hubiese dado pie a un intento de constitucionalización de los dolores que sufren innumerables grupos sociales marginados, a modo de reparación histórica. Este texto fue rechazado por una abrumadora mayoría en el plebiscito del 4 de septiembre de 2022, cuyas consecuencias políticas y electorales aún se hacen sentir.

Meses después se inicia un segundo proceso de cambio constitucional, completamente encapsulado por 12 bases constitucionales aprobadas por la casi totalidad de los partidos con representación parlamentaria. Es sobre esas bases, resguardadas por un comité técnico de admisibilidad (compuesto por 14 juristas), que fue establecido un comité de 24 expertos (21 juristas, un sociólogo, una economista y una periodista nombrados por los partidos) con el fin de formular una propuesta de texto constitucional sobre la cual trabajarán 50 consejeros constitucionales recientemente electos al sufragio universal (descartando la posibilidad de que fueran electos candidatos independientes en listas propias, lo que constituye la gran diferencia con la primera elección de convencionales en 2021).

Este comité de expertos ha sorprendido a moros y cristianos, ya que desde un inicio se propusieron poner por escrito aquello sobre lo cual estaban de acuerdo, y solo en seguida abordar las discrepancias. El resultado ha sido un texto constitucional minimalista, en extensión y contenidos, en el que la gran mayoría de los artículos han sido aprobados a la unanimidad.

Pues bien, es en este contexto de consensos que irrumpe una primera gran paradoja. Los expertos decidieron constitucionalizar lo que, en regla general y comparada, forma parte de lo que la ley establece y no una Constitución: los fundamentos del sistema electoral. Constataron que la enorme fragmentación de la Cámara de Diputados (21 partidos representados y 39 diputados independientes, lo que hace de esta cámara un espacio literalmente ingobernable) no sería enfrentada por quienes se han beneficiado de ella (a menos de creer en la posibilidad del suicidio colectivo a través de la elevación auto-letal de las exigencias para salir electos), los expertos optaron por fortalecer a los agentes institucionales más detestados por los chilenos: los partidos políticos. Vaya paradoja. Para alcanzar esa meta, y de ese modo entregar estabilidad al funcionamiento del Congreso bicameral chileno, los expertos propusieron elevar el umbral de acceso al escaño para todos los partidos, exigiéndoles el 5% de la votación nacional (o, en su defecto, ocho diputados y senadores electos), independientemente de si en un par de distritos el candidato del partido alcanza una votación local considerable. Esta norma permanente generaría un efecto brutal: la drástica reducción del número de partidos en la cámara baja y la eliminación de decenas de diputados elegidos con el 1% o el 2% de los votos (una votación tan escuálida que es un predictor de conductas payasescas para sobresalir y existir). La reacción de los partidos chicos no se hizo esperar y lograron que, por una sola vez, el umbral sea del 4%, además de sugerir la posibilidad de que existan federaciones de partidos (una idea que fue rechazada por los expertos, por constituir un modo desesperado y tramposo de disfrazar el enanismo partidario mediante la unión electoral de varios partidos enanos).

Una segunda paradoja es que, tras los expertos, comenzará a actuar el Consejo Constitucional recién electo, ampliamente dominado por los partidos de derecha y hegemonizado por Republicanos, un partido que mantiene semejanzas y simpatías con Vox en España. El éxito de Republicanos fue tal (35% de los votos) que ha llevado a olvidar que se trata de un partido hostil al cambio de Constitución (por considerarlo innecesario), lo que se tradujo en su no concurrencia a la adopción de las 12 bases constitucionales cuyos contenidos, de suyo evidentes, son asombrosos: Chile es una República democrática (base 1), Chile tiene tres poderes separados e independientes (base 7), exceptuando el caso controversial de la quinta base: Chile es un Estado social y democrático de derecho (aunque en esa misma base se garantiza la provisión de derechos sociales “a través de instituciones estatales y privadas”). En tal sentido, el no haber concurrido a la doxa democrática hace de Republicanos un partido ambiguo, en donde la segunda paradoja reside en su hegemonía en el Consejo Constitucional (tienen fuerza suficiente para bloquear por sí solos cualquier decisión de sus pares) y en si serán exitosos en liderar las deliberaciones en nombre de una moderación interesada para, eventualmente, ganar las elecciones presidenciales de 2025.

En lo inmediato, es altamente probable que sea un consejero republicano quien presida el órgano (probablemente Luis Silva, un numerario de tomo y lomo del Opus Dei, con uso del cilicio “en algún momento del día”, lo que compromete al partido con el desarrollo del proceso (para bien o para mal). El texto que emanará del comité de expertos es lo suficientemente minimalista y razonable para elevar los costos (sociales y electorales) de su rechazo por el flamante Consejo Constitucional. Controversias habrán, qué duda cabe. No sería sorprendente que la hegemonía de Republicanos se traduzca en una conducta de moderación estratégica que tardó décadas en instalarse en el Frente Nacional francés (hoy Rassemblement National) de papá e hija Le Pen, y que bien podría llevar un puñado de meses en Chile. //ELF

*COLUMNA aparecida en El País de España:

https://elpais.com/chile/2023-05-29/las-paradojas-del-cambio-constitucional-chileno.html

Publicado en: Columnas, Notas, Politica, Slider Etiquetado como: Alfredo Joignant, columna, Columnista, Nueva Constitución

La tortuosa vía chilena al cambio constitucional

abril 25, 2023 by Admin Istrador Deja un comentario

Por Alfredo Joignant

Sociólogo y cientista político

Falta aún mucho para que esta original fábrica constitucional concluya. Sin embargo, dada la lógica de encapsulamiento que la caracteriza, existe el riesgo de que los chilenos la rechacen precisamente porque el texto que saldrá se puede parecer más a un producto de lujo que a un bien industrial.

El disenso constitucional en Chile se arrastra desde hace mucho tiempo: con claridad desde 1980 (año en el que la actual Constitución fue redactada y, un año más tarde, plebiscitada de modo fraudulento) y, a decir verdad, desde el golpe de Estado de 1973, momento en el cual la Constitución fue defenestrada por la fuerza (aunque, irónicamente, tanto Salvador Allende como Augusto Pinochet justificaron su actuación en nombre de la Constitución de 1925, para entonces vigente).

Sea cual sea la fecha de origen del disenso, la Constitución de 1980 ha sido siempre un problema: jamás ha gozado de adhesión ni menos de legitimidad (salvo si se entiende por legitimidad ese apego conductual a las normas constitucionales por inercia y facticidad). Pero de patriotismo constitucional a la Habermas o de orgullo, nada.

En su segundo mandato, entre 2014 y 2018, la presidenta Michelle Bachelet ensayó un proceso de cambio constitucional mediante consultas ciudadanas: más de 200.000 personas se involucraron en cabildos y encuentros auto convocados, un bello ejercicio deliberativo gatillado desde arriba que no tuvo consecuencias (salvo la propuesta de borrador de nueva Constitución que la presidenta Bachelet ingresó, como un gesto de compromiso personal, al Congreso finalizando su mandato).

Pocos años más tarde, al calor de las movilizaciones estudiantiles de 2011-2012, las reivindicaciones del movimiento escalaron hasta llegar a un reclamo por una nueva Constitución, pero dicho reclamo no tuvo eco político en la derecha que gobernaba en aquel entonces. Las cosas cambiaron drásticamente con ocasión del estallido social de octubre de 2019, un fenómeno de masiva protesta social que llevó al mundo político a concordar en un itinerario de cambio constitucional, entendido como vía de salida de la crisis. En dicho acuerdo, concurrieron todos los partidos, salvo el Partido Comunista y Convergencia Social (el partido del hoy presidente Gabriel Boric, quien fue sancionado por adherir a título personal a dicho acuerdo).

Ese itinerario se iniciaba con un plebiscito de entrada en octubre de 2020, el que arrojó un categórico 78,28% de aprobación al cambio de Constitución (consignemos que la mitad del electorado no concurrió a votar) y un similar apoyo a una convención constitucional. Tras ese plebiscito, en mayo de 2021 tuvo lugar la elección de convencionales, cuya función sería redactar un nuevo texto: votó tan solo el 43% de los electores, eligiendo a un gran contingente de convencionales independientes provenientes de los movimientos sociales y de la sociedad civil. Dada la elevada abstención de esta elección, varios intelectuales y académicos alertaron sobre los riesgos de sobre-interpretación de los resultados, en un contexto de crítica feroz de los convencionales independientes al imperio derrotado de los partidos (de allí la importancia del eslogan el pueblo unido avanza sin partidos).

Al cabo de un año de trabajo y de un sinnúmero de performances que se movían entre lo identitario y formas excéntricas de charivari, el pueblo de Chile rechazó de modo categórico la propuesta de Constitución (61,89%-38,11%), con una masiva participación (85,7%) derivada de la implementación del voto obligatorio. El resultado fue indiscutible, aplastante.

Tras la derrota del texto de nueva Constitución, el Congreso tomó el control de lo que era cada vez más un problema y aprobó un alambicado proceso de fabricación constitucional, el que consta de tres órganos. El primero es una comisión experta, conformada por 24 miembros de confianza de los partidos con representación parlamentaria (22 juristas, un sociólogo y una periodista), cuya misión es generar una propuesta de nueva Constitución a ser discutida por 50 consejeros constitucionales (quienes serán elegidos al sufragio universal el próximo 7 de mayo). Se suma a estos dos órganos un comité técnico de admisibilidad, cuyos integrantes (14) tiene como función resguardar el respeto de 12 bases constitucionales que fueron concordadas por los partidos con representación parlamentaria.

Como es fácil advertir, se trata de un proceso absolutamente encapsulado, con escasas posibilidades de desbordar los acuerdos previos, aun cuando los 50 consejeros constitucionales elegidos por sufragio universal pueden reivindicar el poder constituyente originario, en la medida en que solo ellos provienen de la voluntad del pueblo para redactar una nueva Constitución. Este último punto pone en potencial tensión el poder constituyente originario con los acuerdos que fueron alcanzados por quienes encarnan el poder constituyente derivado (el Congreso). Desde un punto de vista tanto lógico como doctrinario, el poder constituyente originario no debiese experimentar restricciones a su desempeño. De allí la importancia de conocer a quienes serán los consejeros constitucionales electos el próximo 7 de mayo y cuánta afinidad ellos sostendrán con la propuesta de texto constitucional emanada de los expertos.

En todos los casos, lo que caracteriza el proceso de cambio constitucional chileno es su vía tortuosa. Esta vía describe un problema de fondo: ¿cómo llegar a una norma común en la que quepan todos? ¿Cómo dejar atrás la Constitución pinochetista de 1980 (la que lleva la firma del presidente Ricardo Lagos en la última ronda de reformas de 2005, cuyo error fue probablemente no haber llevado aquel texto reformado a un plebiscito ratificatorio)? Probablemente, la nueva Constitución será corta, minimalista: es esa posibilidad que sobresale de la primera fase de la comisión experta, cuyos integrantes decidieron generar textos preliminares a través de la regla de la unanimidad en las cuatro comisiones que organizan su desempeño. Esta es una regla original e inteligente, pero que prefigura un texto excesivamente minimalista, en la medida en que en la segunda fase de indicaciones (las que serán aprobadas mediante tres quintos de sus miembros) la unanimidad de origen puede ser alterada por mayorías sustanciales.

Falta aun mucho para que esta original fábrica constitucional concluya. Sin embargo, dada la lógica de encapsulamiento que la caracteriza, existe el riesgo de que los chilenos la rechacen precisamente porque el texto que saldrá de esa fábrica se parezca más a un producto de lujo que a un bien industrial. Puede ser. Pero también puede ser que el texto propuesto concite apoyo en el plebiscito de salida, en la medida en que la inmensa mayoría de los partidos y todo su elenco de senadores y diputados lo respalden. De ser así, se verificaría la ironía de la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas. //ELF

Fuente de donde fue públicada esta columna: El País de España.

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