Por En La Medalla
Desde muy pendejo el fútbol formó parte de mi vida. Desde chico quise ser futbolista, y al igual que Eduardo Galeano jugaba de maravillas, pero de noche, porque de día era un verdadero tronco. No había momento de mi infancia en que no imaginara, como cantaban los miserables en: “Hacer un gol a estadio lleno eludiendo al portero”.
Eran los años 80′. El país se caía a pedazos. Las familias lloraban a sus jóvenes, la plata escaseaba y todos simplemente sobrevivían. Ante tal desastre, jugar a la pelota y vibrar escuchando por radio los principales partidos de primera, era una especie de droga. Escuchar un partido de fútbol es una experiencia que hasta el día de hoy resulta fascinante. Obliga, sí o sí, a imaginar paso a paso lo que ocurre dentro de la cancha, entregado por completo a los grandes relatos y magia de los locutores. Hoy eb día, el «Negro Palma», Carcuro y Ernesto Díaz Correa son un ejemplo vivo de eso.
Por cada partido, por cada gol, por cada ascenso y descenso de los clubes, montones de chilenos eran detenidos y torturados. Por cada joven que se convertía en crack, había un joven universitario que perdía su carrera, porque era sumariado o era simplemente expulsado por participar en política o por ser dirigente estudiantil. Mientras el país ardía, parecía que ver a Casely a Elias Figueroa, y estar preocupado si clasificábamos o no para el mundial de España 82′, se convertía en una especie de bálsamo amnésico a la hora de enfrentar el día a día. Eduardo Sacheri decía que “el futbol tiene algo de túnel a las profundidades” ¡Vaya que cierto! O como decía un viejo entrenador de cerro, parafraseando aquella frase marxista donde la religión es el opio del pueblo, la transformaba diciendo que el fútbol es el verdadero opio del pueblo.
Cuando se juega fútbol no importa nada más. Se olvidan las penas, los problemas y lo único relevante es ganar, ocupando no solo destrezas físicas (“chispeza” diría Gary Medel), sino que además sumando planes, estrategias, trabajo en equipo y perseverancia.
Cuanto se parece a la vida…
Se aprenden códigos que te acompañan por siempre, pase lo que pase en el mundo, y da lo mismo de qué lado de la vereda te encuentras. Si usaste un chaleco amarillo para que no te saquearan o participaste en todas y en cada una de las marchas. El fútbol te acompañará por siempre y será parte de tu destino, al igual que el viejo Casale, en ese clásico cuento de Roberto Fontanarrosa, donde a pesar del abandono de la cancha y de su querido “Rosario”, termina muriendo de un infarto, pero feliz, viendo a su equipo campeonar.
A propósito de pasión y fútbol, como olvidar en la película “El secreto de tus ojos” cuando el criminal es capturado, después de muchos fracasos, mientras concurre al estadio a ver a Racing y el personaje de Ricardo Darin reflexiona diciendo que: “Un tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de dios, pero hay una cosa que no puede cambiar, no puede cambiar de pasión”, y, ¿Cual era esa? Pues su equipo de fútbol. ESO, solo lo entiende quien tiene corazón de futbolero.
Llevamos más de noventa días tratando de entender cuánta rabia acumulada existía, tratando de explicarnos cómo llegamos a construir un país donde los viejos no pueden vivir, donde se trabaja solo para poder vivir, donde la violencia policial se apodera de las calles y al igual que hace mucho tiempo jóvenes son detenidos y maltratados por el Estado, y donde estos mismos jóvenes nos gritan que seguirán y que esto no parará: “Hasta que valga la pena vivir”, tal cual lo tituló Página 12.
Noventa días en esa y sin fútbol…
Noventa días sin desconectarse, asistiendo al estadio a gritar y reclamar por un penal mal cobrado o un offside que se dejó pasar. Noventa días sin sentarse a ver el CDF matiné, vermú y noche. Noventa días sin soñar que remontamos el partido y que somos capaces de darlo vuelta, no solo dar vuelta el partido, sino simplemente remontarle a la vida.
Cuánta razón le encuentro ahora al viejo Bilardo, entrenador de Argentina campeón del 86′, cuando decía que era imposible soportar esta puta vida sin fútbol.
Hoy, más que nunca añoro volver a soñar con la pelota y olvidarme de todo.