Chile despertó. Es la afirmación rotunda que hemos oído por todas partes estas últimas dos semanas, excepto en los medios tradicionales y entre las autoridades, las que obtusamente se han aferrado a un modelo que ha mostrado ser transversalmente rechazado por la población local.
Por Hans Stange, Antoine Faure, Claudia Lagos, Claudio Salinas, René Jara y Alejandro Lagos
Autores del libro "Rabia"
El estallido social iniciado con las evasiones masivas del metro por parte de estudiantes secundarios, provenientes de estratos populares, animó una enorme ola de descontento con el estado de las cosas en Chile. Las demandas son tantas, desde tantos sectores sociales diferentes, que la impericia habitual de la clase política ha alcanzado niveles de ineptitud pocas veces visto.
De igual manera, la distancia sideral entre las elites políticas, empresariales y culturales, y el resto de la población, entre su sociedad y la nuestra, nunca había sido tan manifiesta en los últimos cincuenta años.
La manifestación es un aullido de rabia y frustración generalizada contra la miseria de los salarios y las pensiones, y el alto costo de los servicios básicos. Pero el malestar ha dado prontamente lugar a la conciencia sobre la causa de esas miserias: una política de cuatro décadas basada en la privatización de los servicios sociales, la educación y la salud, legitimada por los consensos políticos y un sistema jurídico y legal que garantiza al gran capital sus beneficios y a la población su miseria.
Así, el estallido social es, de forma profunda y elocuente, una protesta política que ha intentado ser aplacada a través del miedo, la militarización y la desmovilización mediática. El despliegue de la excepcionalidad jurídica, acompañada de los grandes relatos de justificación esparcidos por los medios de comunicación hegemónicos, han permitido un espiral de violencia del que aún hoy desconocemos su alcance.
A pesar de esta barbarie política y militar, surge una oportunidad histórica para remover los cierres del orden neoliberal en nuestro país. La manifestación violenta del descontento masivo ya los ha aflojado, pero aún no los descorre del todo; la fortaleza despótica se debilita pero aún resiste.
La conciencia clara de que todo puede ser de otro modo, y para mejor, es la herramienta más potente que poseemos para impedir que el miedo y el orden aceptado de las cosas vuelvan estériles los llamados sensatos de esta manifestación. Observamos el surgimiento de manifestaciones de una inteligencia colectiva divulgadas en las redes sociales que apuntan a una resistencia caótica y afirmativa, la que está abriendo poco a poco las suturas del régimen político actual.
La protesta
Lo que comenzó como una protesta estudiantil por el alza del pasaje del metro se transformó en el catalizador del malestar social latente por una serie de elementos estructurales que deprimen y norman la vida social.
Las imágenes de cientos de estudiantes con sus uniformes y mochilas, entre gritos y risas, saltando los torniquetes del metro, dieron paso con los días a secuencias menos alegres de enfrentamientos con los carabineros, con el resultado evidente de daños a la infraestructura del metro
y el grito en el cielo de autoridades y panelistas de televisión, los que al unísono se comportaron como un triste bloque conservador en el poder.
El alza del pasaje de metro, que afectó el bolsillo de cerca de tres millones de pasajeros en Santiago, se transmutó en un símbolo de los abusos e injusticias que, aunadas con la frustración de los conocidos casos de corrupción reciente (Caval, Pacogate, Milicogate, Penta, La Polar, SQM, etc.), nos enseñan que la justicia para algunos es muy distinta de la justicia de todos para todos los demás. Todo lo cual hizo que la bronca oculta durante décadas rasgara la superficie limpia y aséptica del relato macroeconómico neoliberal.
De alguna forma, el orden neoliberal en Chile se hizo moralmente insostenible. Las creencias implícitas y las expectativas de progreso que hacían soportable la enorme desigualdad y la tremenda injusticia ya no dieron para más.
Es así de simple: reventó la frontera de lo moral y socialmente aceptable. Los estudiantes, primero, y con ellos una buena parte de la población, se emanciparon del pacto acordado entre políticos y grandes empresarios de todo signo hace ya décadas.
La fe en el “chorreo” y el respeto por el orden tecnocrático, resultado del acuerdo tripartito entre militares, élites económicas y profesionales de la política, había producido un violento control sobre el resto de la población. Nos había enseñado una capacidad casi infinita y reactiva de soportar el malestar, de acrecentar el endeudamiento, de expiar el dolor a través del consumo.
Pero esta conciencia moral venía resquebrajándose hace un tiempo. La protesta feminista, la marcha de los pingüinos, la demanda estudiantil contra el lucro en la educación y el rechazo al sistema de AFPs, la denuncia de las zonas de sacrificio ambiental o de las postergaciones regionales avisaron de forma elocuente que el pacto neoliberal ya no era del todo aceptable.
Los pingüinos, el fin al lucro en la educación, el No + AFP, el Puntarenazo y #Ni una menos eran cantos de sirena de esta debacle, que no fueron oídos. La ruptura de la economía moral permitió entonces comprender una falsa paradoja.
Una capacidad de actuar colectivo se ha fomentado frente a la agudización de las relaciones de fuerzas que presidían
la aceptabilidad de la dominación, sin que haya horizonte de sentido, homogeneidad en los grupos movilizados o las reivindicaciones, ni siquiera un liderazgo claro.
Sólo una cosa estaba clara: Basta ya
Los movilizados conforman, de hecho, un grupo en extremo heterogéneo: estudiantes (más organizados, un actor de movilización de lo más relevante en Chile los últimos 15 años, sobre todo los secundarios); mujeres, militantes y simpatizantes de izquierda, descolgados; personas que provienen de sectores medios y bajos, los más presionados por la desigualdad, también los más cooptados por el sentido común conservador y que con seguridad constituyeron una base electoral para Piñera; también los que saquean, aquél lumpen que durante años ha sido bombardeado con imágenes de éxito de la publicidad, sistemáticamente trocadas en rencor acumulado entre aquellos que históricamente han sobrado en el territorio del consumo.
La protesta se extendió de manera sectorial en una articulación inédita, porque inorgánica: junto con los estudiantes, médicos, profesores, fiscales, trabajadores portuarios, mineros, en una suma de fuerzas, intereses y reivindicaciones que, a veces, solo parece tener como término la propia oligarquía.
El despliegue territorial también es diverso y descentralizado: en ciertos sectores del centro de la capital, pero también en otros centros constituidos al alero de la modernización, la expansión y la segregación de la ciudad: la plaza de Maipú, el paradero 14 de Vicuña Mackenna, los alrededores de la Escuela Militar, la plaza Ñuñoa... Y en apenas algunos días también Valparaíso, Concepción, Coquimbo, Temuco, Antofagasta, Copiapó, La Serena…
La protesta reproduce la táctica de focos: alternan las marchas y las concentraciones masivas con acciones esporádicas, dispersas, puntuales: las evasiones, primero, las protestas en los propios barrios y territorios, los cacerolazos, en definitiva, la movilización permanente a toda costa frente a las fuerzas represivas, el gobierno y el cerco mediático.
Las manifestaciones, las marchas y las protestas son pacíficas, por lo general, hasta que llegan a escena los efectivos policiales y militares. Uno lo observa al participar en éstas, y también lo ve en las pantallas: mientras el dispositivo de las cadenas televisivas 24/7 orienta la mirada desde el orden y la seguridad pública, paradójicamente visibiliza la agudización de la violencia de parte de las fuerzas del orden, el hervidero generado por la infiltración por la policía de los manifestantes.
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