Por Esteban Contador
Miembro de la JDC
Los años que estamos viviendo en Chile ya son objeto de análisis por las ciencias sociales. Correrá bastante tinta con los hitos sociales y políticos del último tiempo. El “Chile despierto” del estallido social es sin duda uno de ellos, pues, aunque se puedan rastrear momentos similares al estallido social, tanto en nuestra propia historia como en la historia del resto del mundo, lo cierto es que este fenómeno no se da todos los días.
Como ciudadanos reaccionamos ante distintas injusticias, injusticias reales, existentes, problemas no resueltos sobre los cuales estamos en todo el derecho a manifestarnos. Sin embargo, este clamor no era uniforme, era tan múltiple como las necesidades y las visiones del pueblo que levantó la voz.
Pasó octubre, llegó noviembre, tratando de traducir el clamor ciudadano se firmó un “acuerdo por la paz social y la nueva constitución”, lo que abrió las puertas a un proceso constituyente que está por finalizar. Pero además llegó una inesperada pandemia, que trajo muertes y problemas de salud crónicos para muchos, que vino a sobrecargar un sistema de salud ya bastante complicado por las listas de espera y la falta de especialistas. Por si fuera poco, esta pandemia trajo efectos en nuestra economía, siendo necesario palear los efectos adversos mediante medidas como el ingreso familiar de emergencia y los retiros de fondos de pensiones.
Todo ello sumado a fenómenos globales, los que, en una economía abierta, encarecieron el costo de la vida para un país que, además, está estancado. Es en este contexto en el que lo quiero situar para hacer una advertencia. Es esta, a grandes rasgos, la historia reciente y la situación actual. Es esto lo que deben enfrentar los gobernantes, pero también es la realidad que debe enfrentar el pueblo en su conjunto.
Respecto de nuestros gobernantes, sabemos por la noción de república democrática que ellos pueden recibir sanciones en el evento infringir las leyes que a todos nos rigen, en virtud del principio de responsabilidad, lo que podemos entender como una responsabilidad del tipo político-jurídica. Pero también están expuestos a una responsabilidad política especial, ya que la democracia da la oportunidad a los ciudadanos de elegir a sus gobernantes, lo que se hace en elecciones periódicas, en virtud del principio de temporalidad (que también se deduce de nuestro carácter de república).
Ello se tradujo en que el pueblo decidiera desechar lo viejo y apostar por lo nuevo en la composición del órgano político que redactará la nueva constitución del país. La pregunta que cabe hacerse es ¿Qué tan bien hicimos valer esa responsabilidad política en las elecciones del último tiempo? ¿Son mejores los nuevos representantes electos en la convención, en el parlamento, en las alcaldías, en los consejos y concejalías? ¿Son acaso más representativos?
En muchos casos, por el tiempo en el cargo de las autoridades, la respuesta está aún por verse.
Pero hay casos públicos en que hemos notado lo falible que puede ser la elección ciudadana cuando atiende a criterios erróneos, sobre todo con un dialogo político tan deteriorado y la nueva arremetida de liderazgos populistas. Desatender lo público, inmersos en el contexto que señalé al inicio, es sumamente peligroso. También lo es ser cómplices del deterioro del dialogo público sobre los asuntos que a todos nos atañen, puesto que irremediablemente ello elevará las probabilidades de malas elecciones, tanto de nuestros representantes pero también, y pido especialmente atención en esto, de las causas que exijamos que nuestros representantes abracen.
Hemos convertido nuestro dialogo público en un coliseo romano. Especialmente en redes sociales estamos expuestos todo el tiempo a un espectáculo en que van y vienen vítores pidiendo el deceso del otro. Hemos simplificado los problemas sociales y su complejidad, generando categorías de enemigos, asumiendo que si los sacamos del espacio público se acaban nuestros problemas.
Las caricaturas del otro han llegado a tal punto, que bastaría con generar un listado de características, relacionadas a ciertas identidades, que haría presumir de qué lado está cada quién y qué debería opinar respecto a determinados temas. Lo peor es que también asumimos que ese “otro” no es digno de ser escuchado, ni requiero siquiera entender sus motivos o analizar con mayor detalle alguno de sus puntos: simplemente lo relegamos asumiendo en él ignorancia o maldad.
Aunque usted no lo advierta, este deterioro tiene consecuencias. El costo es que nuestro debate sobre los problemas sociales termina alimentándose de la falacia del hombre de paja, disputando en dicho dialogo público con posiciones que ese “otro” jamás ha planteado, aprovechándose de esa caricatura ya generada para asumir conclusiones. Así se hace sencillo tener una postura más “bondadosa” que el contendor, pero se hace imposible entrar en materia de las problemáticas y dificultades que realmente tienen las posturas políticas sobre nuestros problemas comunes.
Y no sólo se trata de caricaturas y hombres de paja, también de información falsa que se suele propagar a velocidades impensadas en antaño. Cuando se trata de desacreditar al enemigo, no hay miramiento alguno al crear falsedades o poner en duda hechos verificables. No es inédita ni nueva la desinformación, pero lo es la amplitud que tiene gracias a la voluntad de los propios ciudadanos que usan las redes, pues ya estén con buena o mala intención replicando, contribuyen en la extensión del problema.
Los ingredientes antes mencionados que deterioran el dialogo público se dan, además, en un país en donde, según la prueba PIACC organizada por la OCDE, el 50% es analfabeto funcional. Para que entendamos la gravedad del asunto, se ha conceptualizado ello como “persona que ante una información (o conocimiento en codificación alfabética) es incapaz de operativizarla en acciones consecuentes y, en este sentido, diremos que no posee la habilidad de procesar dicha información de una forma esperada por la sociedad a la que pertenece”. Sí, estamos hablando de personas que pueden leer textos pero que podrían ser incapaces de procesar correctamente dicha información, establecer relaciones o inferir consecuencias de ella.
No es mi intención que en usted surja el pesimismo o la desesperanza. Pero sí le pido que comencemos a tomarnos en serio la calidad de nuestro dialogo público, pensando especialmente en el contexto difícil que enfrentamos. Ante la avanzada de nuevos liderazgos populistas de diversos colores, será nuestro deber como ciudadanos inmiscuirnos y participar cada vez más, así como generar instancias en todos los niveles que permitan un intercambio de ideas sano y con altura de miras.
Debemos despojarnos de la idea del otro como enemigo al discutir nuestros problemas, o nos será imposible enriquecernos con la mirada del otro. También debemos pensar en las consecuencias negativas que puede tener abrazar causas que sólo miren el interés individual, evitando aprovechar coyunturas para obtener decisiones públicas con consecuencias negativas y más difíciles de superar en el tiempo.
Las decisiones que tomemos en lo próximo tiempo serán cruciales para el futuro. Y no dependerá sólo de nuestros gobernantes. Debemos asumir de una vez por todas que como pueblo también somos responsables. //ELF







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