Por Esteban Contador
Decir que la democracia cristiana tiene dos almas se volvió un lugar común. Tan común, que buena parte de los ciudadanos es lo único que recuerda del Partido. Muchos no saben con seguridad donde ubicarlo en los ejes tradicionales de izquierda y derecha. Tampoco saben si el Partido tiene algo “diferente” que decir ante las múltiples demandas del “Chile despierto” que se han instalado los últimos años. De vez en cuando se reconoce por hechos muy puntuales a sus próceres, pero sin salir mucho de la persona de Eduardo Frei Montalva, a quien se le alaba o se le ataca dependiendo del contexto, sin calibrar lo significativo de su figura para la historia del país y el alcance de su legado.
No se trata sólo de números de votantes que han ido a la baja, con cifras que hacen hablar de “crisis” en cada una de las intervenciones de los debates internos: se trata de un Chile que ya no sabe con exactitud qué y quienes somos.
Es en este contexto que la historia nos puso frente a un plebiscito de entrada para un proceso de nueva Constitución. Salvo algunos que ya habían hechos sus maletas y estaban conformes con la Constitución actual, la Junta Nacional decidió por unanimidad la respuesta: queremos poder escribir en democracia una nueva Constitución. Pero también en este contexto la historia nos puso ante un Plebiscito de salida en que ha tenido por resultado un borrador de nueva Constitución que será plebiscitado el 4 de septiembre. No quiero utilizar este espacio para profundizar en los argumentos por los cuales la Junta se pronunció a favor del borrador.
Una de las argumentaciones más razonables sobre el plebiscito de salida y el rol de partido fue la gestada en el seno de la Junta del Frente de la juventud del PDC, así que puedo incluso los puedo dar esos argumentos por reproducidos. Lo que quiero es ofrecer al lector las razones por las que esta decisión, así como la postura que los camaradas han adoptado ante ella, no puede ser el punto de quiebre definitivo entre las dos almas que enuncié al principio.
En primer lugar, porque la división que se produciría en este contexto marcaría una línea divisoria que se desdibujará en el tiempo. Al decir que el partido tiene “dos almas”, creo que estamos abusando de un recurso retorico que no tiene asidero alguno. El Partido no tiene dos almas y estas dos almas no se enfrentan por el plebiscito. No son “almas”, en primer lugar, porque esas divisiones teóricas profundas han ido cediendo con el tiempo a discusiones cada vez más vacías y contingentes.
No están inspiradas en las diferencias teóricas entre J. Martain y E. Mounier, no están inspiradas siquiera en el binomio E. Frei y R. Tomic que contaban los militantes de antaño, nadie está pensando en esa disputa en el ideal histórico concreto de la sociedad comunitaria o de la nueva cristiandad. Decir que las divisiones que se enfrentan hoy corresponden “almas” es un abuso, por lo difuso de las visiones en pugna. Quizás ánimas, de almas que ya han partido a algún otro lugar.
Pero tampoco podemos hablar de “dos”, porque buena parte del panorama interno en el que nos encontramos se ha dado por todo, excepto por planteamientos serios sobre el Chile del nuevo siglo. Asistimos a un momento interno más parecido a una poliarquía feudal, en que cada rey debe arreglársela para aunar fuerza con los señores feudales, que a una época de ideas en contrapunto. Han confluido en esta múltiple división egos personales, heridos por las campañas fallidas del último tiempo; han confluido disputas internas, de quienes están interesados en manejar lo poco que va quedando de un Partido tradicional y lo que pueda valer la marca; han confluido proyecciones electorales, de quienes han cambiado de amigos, enemigos y bandos dependiendo de cada elección, estando dispuestos a predicar aquello que aborrecen con tal de seguir el plan trazado.
Todos estos elementos hacen pensar razonablemente que, enfrentados a decisiones de fondo sobre el instrumento y el rol que este debe cumplir para Chile, apaciguados ya los ánimos y abajo del eterno carrusel electoral, podríamos reagruparnos de maneras distintas.
En segundo lugar, porque el texto del borrador no es una prueba de la blancura democratacristiana ni comunitaria. La ciudadanía nos puso en un rol bastante diferente al que por orgullo hemos asumido que tenemos. Tuvimos sólo un representante, que, además, esquivó constantemente el dialogo con su propio Partido, ocupándose más de sacar cuentas propias que de retratar la postura institucional. Ello no nos debe hacer eludir nuestra responsabilidad actual, es importante que nos comprometamos con la decisión que ha tomado la Junta Nacional, la que, tal como he dicho anteriormente, me parece la más razonable. Es importante porque la decisión para el país es trascendental, ya que define su destino en dos Constituciones que tienen bastantes tintes ideológicos (la actual y el borrador) y hay que decidir si quedarnos con el texto actual o el que viene. Pero no es razonable utilizar esta coyuntura para dividir de una vez el pastel interno.
No es razonable porque ninguna de las Constituciones en disputa es necesariamente nuestra Constitución. Tanto es así, que las posturas con mayor adherencia del partido eran aprobar para reformar o rechazar para reformar, no existiendo prácticamente quienes plantearan aprobar o rechazar a secas. Porque si hablamos de identidad, nos encontraremos con que hay razones desde nuestra identidad para reformar el texto actual y el texto a plebiscitar. Si reconocemos eso, malamente podemos forzar un quiebre que implique, además, aparecer como intolerantes frente a una ciudadanía que cada vez entiende nuestros comportamientos y decisiones.
Nada bueno se puede esperar de un quiebre provocado en este momento. Nadie le reconocerá un gran mérito al Partido ante el resultado del Plebiscito. No está en nuestros hombros ese peso. Continuemos haciendo aquello que debemos hacer, defendamos la decisión de la Junta, pero convenciéndonos y convenciendo a la ciudadanía de que esta es la mejor decisión para Chile. Los democratacristianos del mundo siempre han jugado un rol clave en la reconstrucción de las democracias. Aprovechemos ese acervo cultural e intelectual para despedazarnos lo menos posible hasta septiembre. Tenemos un Partido que reconstruir, tenemos un alma que recuperar. //ELF







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