Por Cristian Oyaneder
Yo tenía 12 años, mi papá trabajaba en una fábrica de cuero. Siempre que llegaba en la tarde tomaba un libro y me leía una historia que me hacia viajar por muchos lugares.
Con él éramos compañeros de aventura, éramos amigos.
Una tarde gris y fría mi mamá toma el mismo libro que solía tomar mi papá y comienza a leer. No era la misma voz grave y profunda de él. A pesar de la lectura suave, pausada y dulce, me costaba imaginar un viaje con ella. De mi mamá siempre preferí su comida y caricias, más que sus lecturas. Saborear el amor de su mano en la cocina era mi momento con ella. Las aventuras de papel eran mi momento con papá.
A mamá siempre la escuché feliz cocinando, pero últimamente solo la escuchaba llorar. Las risas en la cocina se habían extinguido con el vapor de la comida caliente.
Pasaron los días y mi papá no volvía del trabajo. Mi mamá ya no sabía que esperar, pero esperaba. Pasaron meses y luego años, con ello la foto de mi papá que descansaba en el velador del dormitorio matrimonial, se transformó en una miniatura colgante en el pecho de mi mamá.
Yo crecía esperando que papá llegara, pero con los años, y en medio de las burlas de mis compañeros de colegio, entendí que él no volvería.
Mi papá pasó de ser un trabajador, a convertirse en un detenido desaparecido. Los rumores y noticias falsas comenzaron a llegar a casa, pero tal como llegaban los datos, prontamente se iban disolviendo. “Está en la playa” decía una vecina, “Lo vi en Puerto Montt” comentó un supuesto amigo de la familia. Viajamos con esperanza a varios lugares. Mi mamá no se rendía pero las pistas nos llevaron a nada.
Han pasado 50 años y sueño con volver a escuchar un cuento con su voz.
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Lee esta historia en primera persona, y pregúntate: Si tu papá de un momento a otro desapareciera ¿Lo seguirías buscando?
Esta historia tiene como fin motivar la empatía en quienes no entienden que buscar y llorar a los tuyos es un derecho que a miles se les negó, y a 50 años del golpe cívico militar tenemos el deber como país de comprender que este “nunca más”, debe estar acompañado de verdad, justicia y reparación. Probablemente la profunda herida jamás sanara, pero estamos a tiempo de contribuir con empatía al respecto y la reparación. //ELF







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