Es 29 de marzo de 1985, las calles de Santiago de Chile que en esa fecha debían estar pintadas del ocre otoñal, yacen teñidas del gris de la dictadura.
Por José Valencia Periodista y diseñador gráfico
Marzo 29 de 1985, las calles de Santiago de Chile que en esa fecha debían estar pintadas del ocre otoñal, yacen teñidas del gris de la dictadura.
El mismo grisáceo oscuro que viste al alto mando del Ejército de Chile, que en esos días ejerce con total impunidad el poder al que años antes accedió con mano ajena, lejos del clamor popular y de los sueños más sentidos de la ciudadanía.
Ese 29 de marzo fueron ejecutados por el régimen militar, Eduardo y Rafael Vergara, Paulina Aguirre, Manuel Guerrero, Santiago Nattino y José Manuel Parada.
Los hermanos Vergara Toledo, cayeron víctimas del metal balístico que laceró sus cuerpos cuando interpretaban el sentir de miles de jóvenes que en esos años se opusieron de las maneras más diversas a la dictadura cívico-militar, que se organizaron, que se hicieron militantes de la juventud de un partido político cuando estos estaban proscritos y que lucharon por la libertad desde el lugar en que la historia los encontró. Que emprendieron esa batalla imbuidos de sueños, con la hermosa convicción de que el regalo no era otra cosa que recuperar la democracia que en septiembre de 1973 nos fue arrebatada por la fuerza, junto a las conquistas sociales que durante décadas fueron la causa reivindicativa de inmensos sectores de la sociedad chilena.
Desde que el crimen fue perpetrado, cada año, desde distintas perspectivas se realizan homenajes conmemorativos impulsados por organismos de defensa y promoción de los derechos humanos, por organizaciones de base y colectividades políticas, junto a la manifestación de estudiantes y pobladores que a pesar del tiempo se sienten representados y conmovidos por el sacrificio que Eduardo y Rafael Vergara Toledo realizaron, y que les significó ser ultimados a balazos en Villa Francia por agentes de Estado, cuando ninguno de los dos cumplía 20 años y sólo llevaban consigo el más sagrado de los deberes de todo revolucionario: luchar contra el imperialismo donde quiera que estés.
El sitio en que la historia ubicará a estos mártires trascenderá generaciones, así como las formas de lucha que ellos asumieron en ese momento definitivo, seguramente también encontrarán el sitial que merecen.
Pero también debiera repercutir hoy en nuestra acción política, en la delimitación del marco en que nos movemos para generar alianzas, en la forma en que pensamos Chile, en los resguardos que tomamos ahora para defender la democracia y las conquistas sociales que alcanzamos ayer, tendría que ser entonces, reflejo de las medidas que asumimos para garantizar gobernabilidad mañana entregando respuestas adecuadas a las demandas de la gente.
La ejecución política y desaparición forzada de más de 3.000 compatriotas entre 1973 y 1990, debiera tener el mejor de los homenajes: la unidad de las fuerzas políticas progresistas de nuestro país, convergiendo para impedir que el neofascismo esté nuevamente presente.






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