Por Jorge Lindemann
Profesor de Estado y militante DC
Con el tiempo me he ido narrando mi propia visión del apocalipsis, pero uno universal. Ahora, me construyo el criollo.
Sólo tengo una ensalada de factores que tengo que ordenar y procesar.
Una pandemia que ni en mi más perversa imaginación pensé que viviría.
Una de forma de vida feudal que le llaman democracia.
Un confinamiento físico y mental en mi propio espacio.
Un entorno social en qué todos son potenciales enemigos mortales, y yo para los demás.
Mi conexión al mundo es con una TV estandarizada y monoteista de verdades absolutas y en coro, conductistas y generadora de miedos y terrores, como el Gran Hermano.
Miedo al hambre, al desamparo, a la soledad y a sentirse desechado.
Pueblos que se aislan y rechazan como leprosos y de asco.
Naciones poderosas que confinan su tecnología y posiones mágicas porque son elegidos por los Dioses y merecen la salvación eterna.
Criminales sanguinarios que saldrán de las cárceles como soldados de Satanás y motivar a sus incondicionales soldados la venganza.
El faraón que traslada su trono de la crueldad revelada a los altares de los Dioses de la Dignidad.
Mercantileros amasando oro extraído de la vísceras de los ancianos cesantes y pobres.
Clérigos, Pastotyes y monjas escondidos en cuevas sin su Dios olvidado ni vergüenza.
Senadores del César, jugando al corre el anillo.
Bufones y saltinbanquis danzándole al rey.
Una sequía de lucha y batallas nobles.
Ahora tengo que hacer conclusión, pero de algo estoy seguro, que la tierra es redonda y pasaremos después por la misma esquina, por el mismo Apocalipsis; pero siempre habrá un buen vino tinto y sopaipillas como brebaje para reír y digerir la realidad. //ELF






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