EDITORIAL
Solo faltan dos meses para que rememoremos una vez más el Golpe de Estado, que el país vivió hace cincuenta años. Un hecho histórico que marcó nuestras vidas, la de nuestros padres y de las nuevas generaciones de chilenas y chilenos.
Cincuenta años puede ser mucho tiempo en el pasar de una persona, pero también puede ser un breve suspiro en la historia de un pueblo. Lo que llama la atención en estos días es la instalación desde los mundos conservadores y de las derechas políticas de una visión relativista sobre lo que significó el derrocamiento del gobierno constitucional del presidente Salvador Allende y la dictadura cívico militar que se instaló a sangre y fuego por diecisiete años en nuestro territorio. Lo que nos pasó como nación es algo que nunca más podemos vivir, tenemos que aprender de los errores y los horrores.
El presidente muerto, los y las compatriotas detenidos desaparecidos, los que fueron ejecutados a mansalva y los miles que sufrieron el exilio, la tortura y la persecución política son parte de las heridas que aún no sanan en un Chile que sigue sin reparar ni llevar justicia por todo el dolor vivido. En eso no puede haber dos lecturas, ni relativismo histórico, ni consideraciones a tener en cuenta.
Necesitamos aprender, aprender que nada justifica el asesinato y el exterminio de unos que piensan distinto de otros en el accionar político, nada justifica el arrojar al mar cuerpos de chilenas y chilenos amarrados a un riel de tren para nunca más saber de ellos, nada justifica el silencio cómplice de militares y civiles que cobardemente no han sido capaces de entregar verdad y consuelo a familias que aún siguen esperando por sus seres queridos. Si como sociedad no aprendemos de todo esto lo que hemos vivido en estas cinco décadas será en vano. Quedará abierta la puerta, entonces para que en el futuro aquello que dijimos nunca más, pueda volver a ocurrir.
Será nuestro fracaso, será nuestra derrota. //ELF






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