Por Mario Peñailillo Acevedo
No nos toquemos, no nos besemos, no nos abracemos, no nos sintamos. Esta es la forma de estar sanos y cuidar nuestras vidas hoy, cuando el virus del COVID19 recorre la faz de la tierra matando a miles y miles de personas cada hora, cada día.
Frente a esta nueva forma de socialización y producto de la emergencia sanitaria tenemos que recluirnos en nuestros hogares. Unos, con recursos y comodidades que les permiten enfrentar con cierta tranquilidad el presente; la gran mayoría sumidos en la incertidumbre del no tener las condiciones mínimas de subsistencia para hacer frente a esta crisis planetaria.
El capital retrocede asustado, invocando a los deprimidos Estados, que él mismo debilito; su ayuda y apoyo para seguir explotando y generando riquezas para unos pocos con el objetivo de seguir perpetuando el orden de las cosas.
El trabajo sigue precarizándose, ahora se tiene que trabajar en los hogares, colocando el propio trabajador en la gran mayoría de los casos los recursos necesarios para esa situación. Mientras otros son enviados como carne de cañón a las calles, los informales y aquellos con menos calificación, a ser infectados hoy o mañana frente a la necesidad de seguir sosteniendo un sistema que se cae a pedazos.
La humanidad se ve expuesta a una hora crítica. Pareciese que la naturaleza tiene sus formas de recordarnos que nosotros no somos dueños de ella y que aún peor, lo que nos ha prestado lo hemos malgastado, exprimido y explotado hasta un límite demasiado peligroso; por lo cual ante el principio de acción-reacción; ella, toma sus propias decisiones para recordarnos que vivimos en una casa que no es nuestra y que se encuentra demasiado deteriorada y extenuada.
Saldremos de esto. Si, claro que sí. La humanidad puede y tiene que hacerlo. El punto será hacia dónde saldremos y qué mundo querremos construir.
Está claro que el impacto del virus es profundo y amplio, en vidas humanas en primer lugar, en cambios radicales en nuestras conductas y en hacer que el mundo en unos pocos meses se vuelva más pobre y precario. Vendrán días, meses y años difíciles donde la lección tiene que ser que ya no podemos seguir viviendo como lo hacíamos hasta hace poco tiempo. Nos veremos obligados a elegir de una vez por todas: o individualismo o comunitarismo como forma de convivencia, de orden social y de formas de producción. Ese será nuestro dilema, ese será nuestro aprendizaje de este tiempo de confinamiento y de transformación.
El camino que elijamos determinará nuestro futuro, en un caso el desenlace será pronto, desastroso y perjudicial para las grandes mayorías. En el otro, la solidaridad y la convivencia justa nos permitirá volver a abrazarnos, a sentirnos, a besarnos y demostrar que podemos ser una mejor especie en estos tiempos del COVID19. //ELF






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