Por Mario Peñailillo
Era septiembre, éramos niñas y niños jugando la pichanga o saltando la cuerda. Éramos familia y comunidad, familias que se reunían en fines de semanas lentos y apacibles; comunidades que se encontraban en la cancha de fútbol, la junta de vecinos o el centro de madres; en torno a la pavimentación del pasaje o la fiesta de navidad.
Así era Chile.
Sencillo, modesto, con problemas y dificultades de país subdesarrollado, con pobreza y miseria, con desigualdades e injusticias; pero con sueños y deseos que se expresaban en los Gobiernos del presidente Frei Montalva y del presidente Allende. Una sociedad que en su gran mayoría aspiraba a una patria mas digna y mas humana, donde los derechos de unos pocos fueran los derechos sociales de miles y miles de chilenos y chilenas.
Hasta que llegaron los Hawker Hunter rompiendo el cielo, los tanques recorriendo las calles, los militares ocupando las poblaciones, las empresas, las universidades.
Y vino la noche.
Y los juegos ya no pudieron ser porque el toque de queda lo prohibía.
Y las familias se partieron en viajes al exilio, en detenidos en los campos de concentración, en quienes vieron desaparecer para siempre a sus seres queridos.
Y las comunidades se quebraron por entero y las juntas de vecinos fueron intervenidas, los sindicatos eliminados y la política llevada a su exterminio.
Y los niños y niñas de ese entonces comenzamos a ver como otros niños y niñas sufrieron la aniquilación de sus hogares, como las maletas de lo urgente los llevaban fuera del país, como se quedaban sin padres ni madres que los cobijaran y los amaran. Así fue.
Y nos quedamos en silencio. Mientras las murallas eran pintadas de blanco, la incipiente televisión y la radio se volvía monotemática y la noche llegaba con los hombres de lentes oscuros y el puño de la muerte.
Y nos quedamos viendo como nuestros padres y madres fueron pasando del miedo y el silencio a la rabia y la acción. Sus ojos volvían a brillar, esta vez por el dolor y la desgracia de la patria. Dolor y desgracia que los llevarían a volver al movimiento escondido y rebelde que nos permitió volver a mirarnos a la cara y reconocernos.
Pero ese 11 de septiembre de 1973 es imborrable.
Es nuestra fractura.
Es nuestro dolor.
Son nuestros hermanos y hermanas desaparecidos, asesinados y exterminados.
Ese 11 de septiembre es nuestro y aunque pasen mil años nadie ni nada nos los podrá arrebatar.






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